"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

martes, 13 de octubre de 2009

Jesus Rey del Amor por el R.P. Mateo Crawley-Boevey


GRAN ESPIRITU DE FE

¡Señor, haz que yo vea!

Si tú conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le hubieras pedido a Él y El te hubiera dado agua viva (1)


¡Si tú supieras! Sabe una vez por todas. ¡Jesús quiere que sepas, que veas claro, ya que debes guiar a otros... Abre los ojos del alma, bebe a torrentes la luz, ve!


Nos es indispensable vivir de plena luz para vivir de amor. ¿Qué cosa es la vida sino un vaivén, un fluctuar continuo? De ahí que necesitemos una roca como base de nuestra paz, un centro alrededor del cual gravite con seguridad nuestra vida de agitación constante y de cambio perpetuo. Ese centro no puede ni debe ser otro sino Jesucristo, pero Jesucristo perfectamente conocido.


No ha más sabiduría que al de conocerle a El, ni hay mas dicha verdadera que la de intimar con El... ¡Jesús nos basta! ¡Oh!, qué grande, qué consolador, qué seguro es vivir de esta convicción de fe...En la medida en que ésta sea un alma divina, de nuestra alma, Dios realizará en nosotros y mediante nosotros sus designios de misericordia.


Pero la condición previa, indispensable, es siempre ésta: ¿Creéis que puedo curaros? - dice a los ciegos.


- Sí, señor lo creemos -, responden (2), y en el acto se opera el milagro.


-¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?... ¿Y vosotros, quién decís que soy yo?- pregunta a sus Apóstoles.


Tomando la palabra Simón Pedro, dijo:
-Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (3). Y cada vez que se acude a su Corazón y a su omnipotencia, el Señor replica: Si puedes creer, todo es posible al que cree. (4).


Este lenguaje evangélico no cambia en Parayle-Monial. Cuando yo le presentaba, dice Margarita María, mis pequeñas peticiones sobre cosas difíciles de obtener, me parecía oír siempre estas palabras: ¿Crees tú que puedo Yo hacerlas?... Porque si crees, verás el Poder de mi Corazón en la magnificencia de mi amor (5).


Una vez más, pues, se manifiesta claramente que la fe, como es la base de toda santidad, lo es también de todo apostolado.


La mayoría de los santos vivieron ciertamente como nosotros una vida aparentemente ordinaria, corriente y vulgar en la forma; pero llevaban por dentro un sol que los iluminaba maravillosamente; éste no era otro sino Jesús. Vivieron de la visión intima de Jesús y Jesús fue su luz interior, indefectible.


De ahí que aunque sujetos como nosotros a los vaivenes naturales de la vida, parecían, y en realidad estaban, fijados en una paz inalterable, en una confianza más fuerte que todas sus crisis internas.


¿Cómo pudieron bogar tan serenamente en la barca frágil de su naturaleza, endeble y pobre como la nuestra? ¿Cómo les fue dado gozar de tanta paz? ¿De dónde sacaban aquella intima quietud e inalterable certidumbre que jamás los abandono?


¿de dónde? ¡Ah! El mundo los creyó locos, pero su locura era el santo y maravilloso desvarío de un inmensa luz, luz inmarcesible, luz que vivía y se ahondaba en ellos como una alma celestial. Y porque los santos son los locos de una fe maravillosa, son, por excelencia, los seres todo luz y todo paz.


El mundo, que vive de tinieblas y odia la luz no quiso ni pudo jamás comprenderlos. Ved si no qué poco cree aun aquel mundo que se dice y es en cierto grado cristiano, qué poco cree, repito, en el amor de Jesús. ¿Por qué esto? porque en el amor de Jesús hay algo de una misteriosa sinrazón, de una divina locura y que sólo una fe muy viva, la del santo, puede penetrar y comprender.


Y cosa curiosa: en la medida en que una criatura cualquiera, y especialmente un apóstol, enloquece en esta luz y se chifla por Jesús , y cree ciegamente en su Amor, en esa misma medida el apóstol cuenta con una verdadera omnipotencia y es capaz de trastornar y conquistar un mundo y ciento.


¡Oh Jesús! dadnos la omnipotencia de aquellos santos, sobre todo de aquellos que creyeron con fe ciega en la locura de vuestro amor, para rendir como ellos el mundo a vuestros pies sangrentados.


¡Oh! ¡Pedidle en estos días la fe de los santos! Tenéis fe ciertamente, pero ¿es de veras una fe viva, ardorosa, fe que pueda ser raíz y alma de empresas salvadoras?


Porque creer no es solamente aquella fe, corriente y general, en un Dios, con frecuencia vago, lejano e impersonal; creer es, sobre todo abalanzarse a Jesús, la revelación suprema del padre, darse a Él, vivir en El luz descendida del cielo para mostrarnos el camino que a él conduce.


Y no basta creer realmente que se quedó y que vive entre nosotros y por nosotros. En resumen, creer en Jesús significa establecer una estrecha y divina fraternidad entre Él y nosotros. y puesto que, en calidad de apóstoles, estáis llamados a dar la luz al mundo, buscadla en Aquél que se llama y es la luz del mundo (6). ¡Oh!, sí, que lo sea sobre todo en la rutina y mentira de la vida de tantos desgraciados, que se haga la luz en ellos.


En cuanto a nosotros, repitamos a saciedad la frase tan hermosa del ciego, pero con una ligera variante que centuplica su valor. El ciego gritaba: ¡Señor, haz que yo vea! (7)


Nosotros digamos, repitamos hasta cansar, si fuera posible, a Jesús : "Señor, haz que te vea,, Verte, Jesús; penetrar en tu Corazón; verte, saborear y vivir tu doctrina de amor; verte, asimilarme tu espíritu y tu voluntad; verte a Ti y quedarme ciego, si quieres, para no ver ni las flores, ni las estrellas, ni las criaturas.


¿No es verdad que una vida semejante seria el preludio, el vestíbulo del cielo? ¿En qué consiste propiamente éste sino en la visión beatifica de Dios? Y en El, en esa luz indefectible verlo y saberlo todo. Si, pues, por virtud de un gran espíritu de fe anticipamos en cierto sentido, aunque sea tras de velos y nubes, aquella visión inefable, por el hecho mismo anticipamos una gota de dicha que nos reserva el Paraíso.


No hay, ni jamás hubo otra dicha en la tierra sino ésta, dicha honda, viva, duradera , la dicha de los santos.


Tal fue, ciertamente, el rincón del cielo que llamamos Nazaret. Ved, si no: para todos los vecinos de la maravillosa vivienda del Rey de reyes, el Niño Jesús , y después el adolescente, el joven y el obrero, no era sino un cualquiera, uno de tantos...¡Ah!, pero para María y José que, al través de esa carne, veían sin ver al Verbo; para ellos que, al través de esa persona mortal, adoraban al Hijo del Dios vivo, ya imagináis los goces inefables, las delicias indecibles, el cielo anticipado que llevaban en el secreto de sus almas...


Meditemos esa convivencia en el secreto de sus almas... de Nazaret, y hagámosla nuestra por un gran espíritu de fe... Como María y José aprendamos a trabajar, sufrir, luchar, saboreando siempre a Aquél que, como en Nazaret, sigue conviviendo nuestra vida... La distancia no viene de su parte, la distancia la abre nuestra falta de fe... la meditación de la autobiografía de Santa Teresita nos será utilísima para comprender esta lección, y nos abrirá horizontes nuevos al respecto. Alguien ha dicho, y con razón, que después de San José jamás ningún santo supo realizar mejor, más íntima y sencillamente la vida de Nazaret que Teresita... Consultad la nena-doctora, que os dé la mano en este camino tan propio de vuestra vocación y de la suya.



***************


Pero ¿cómo llegar a ver a Jesús en todo, cómo cogerle en nuestras redes y llegar a incrustarle en nuestra vida cotidiana, y que llegue a ser, en nuestra mente y en nuestro corazón, la Obsesión de nuestra vida, El, Jesús, sólo El?


Porque claro está que no tratamos aquí de aquella visión vaga, desteñida de su Persona Divina, aquel recordarle de vez en cuando, una vez que otra, como un rayo de sol que rasga el nublado del alma, no. Que El os comente esta lección.


Vedle donde está, es decir, no solamente en el cielo y en el Sagrario, sino en vosotros mismos... Encontradle, pues, en los acontecimientos ordinarios de la vida cotidiana, en las pruebas que permite con sabiduría y en las alegrías que os manda con amor. Vedle en las gracias conque os colma moralmente y materialmente, y al sentirle que pasa, bendiciendo, agradecedlo, porque la gratitud atrae un diluvio de gracias.


Vedle en vuestras oraciones, tanto en las que hacéis en la Iglesia como en aquellas más secretas y familiares de vuestra habitación... Vedle inspirando, El mismo, vuestra oración, enseñándoos a orar, acogiendo vuestros homenajes y peticiones y respondiendo con misericordia y fecundidad.
Vedle en vuestras labores sencillas, en los trabajos y menesteres de la vida diaria; vedle acompañándoos en la fatiga que El mismo conoció por experiencia... Ved cómo, mientras nuestras manos trabajan, su Corazón está al mismo tiempo realizando otra tarea mucho más hermosa la labor íntima de santificaros, en la medida en que cooperáis con vuestra fe.


Vedle compartiendo vuestra mesa, sentado con vosotros en el hogar querido, como en Belén y Nazaret... ¡Ah!, pero comprended sobre todo su hambre y su sed, y dale el pan del corazón, dadle el vino generoso de la voluntad, y El, en cambio, se dará a vosotros.


Vedle en las horas de descanso, al disponeros para el sueño... Aprended a descansar a lo Juan, sobre su Corazón, y durmiendo y todo , que cada latido del Corazón le diga, porque así lo habéis pensado y ofrecido: Te amo, Jesús. Así dormirán los ojos y velará el corazón...


Vedle en la hora del sacrifico, y éste se presenta, lo sabéis, a cada paso. La visión de Jesús Crucificado será un aliento divino y una recompensa. ¡Oh!, no perdáis una sola astilla de la cruz cotidiana, sabed mezclar vuestra sangre con la sangre de Jesús.


Vedle en las horas de angustia intima y secreta, en aquellas penas que no se cuentan a nadie, porque nadie las comprendería, horas de Getsemaní... Ni busquéis un Cirineo, ni llaméis entonces a un ángel, os bastará Jesús; a El sí, llamadle, vedle a vuestro lado, vedle en la tortura que provoca la decepción de las criaturas, de las buenas y las mejores... Cuando sintáis que so saben amar como imaginasteis, cuando apoyándoos demasiado en ellas se quebraron como la caña y os lastimaron, ¡Oh!, ved entonces a Jesús, vedle endulzando esa llaga, y oídle... que con esa pena, como pocas saludables, os está enseñando a despegaros de las criaturas y os está predicando, a voz en cuello, que sólo El es fiel y bueno, y que sólo El os basta... Vedle a El, invisible, vedle en aquellas horas de fatiga moral, de abatimiento y desaliento, cuando la naturaleza parece crujir toda entera y quebrarse, cuando sentís, más que de ordinario, el peso abrumador de vuestra ruindad y miseria. ¡Oh! entonces, vedle de cerca y exclamad con el corazón en los labios: ¡Creo en vuestro amor, Jesús, sí creo! Y en aquellas horas de racha y de tormenta, horas de tentación desencadenada y cuando, al propio tiempo que sentís crujir el huracán, sentís por dentro el desmayo y la muerte...¡Oh! en esa hora angustiosa sabed encontrar, sobre las ondas agitadas, a Jesús que os invita a entrar en la barca de su corazón... y si a veces creéis, como Pedro, que el naufragio es inminente, y que le Maestro duerme, no temáis con exceso, que naufragar con Jesús sería encontrar en los abismos... ¡el cielo!... ¡El calmará en hora oportuna a tempestad, fiaos en esa hora negra, fiaos de su Corazón!


Vedle... en vuestra caída; para eso quiso caer El en la Vía dolorosa, para alentarnos con su propia flaqueza, ¡ah!, que si todas las criaturas se escandalizan, El jamás...


Nadie comprende como El la debilita de la cual quiso revestirse (8) para llamarse y ser en realidad Hermano nuestro... Caídos y todo, no le temáis el mismo bajará al profundo del abismo, El, la Misericordia del Padre, la Compasión divina... Le costamos tan caro, ¡oh! tanto, que no se resigna fácilmente a perder uno solo de los que le confío el Padre (9)


Recordad con qué maestría divina se pintó a Sí mismo en aquel Samaritano (10) que recoge en el polvo, entre sus brazos, al infeliz sorprendido, más que por los ladrones, por su propia flaqueza. ¿Quién no conoce por deliciosa experiencia las ternuras y delicadezas de este adorable Samaritano? Ya podéis ser cien veces culpables y mil veces leprosos; ahí está El, resuelto a trocar vuestro ropaje de lepra en belleza soberana, en púrpura de gloria.


¡Qué elocuencia en aquella mirada de Jesús a San Pedro (11) mirada en que el Señor, traicionado, conquista con tristeza y amor al apóstol ingrato!


Qué bien sabe luchar y vencer el que sabe escuchar, en esas horas difíciles, la voz del Rey del Amor que parece decirle: Paz, no te agites. Entre tus preocupaciones y zozobras y tu alma, estoy Yo..., Y entre tú y Yo, nadie, absolutamente nadie...¡Paz, vencerás conmigo!


Vedle a ese Jesús, Dios de luz en aquellas horas en que os creéis en un piélago de tinieblas... Y no veis, ni sentís, y en cambio vivís con la sensación matadora de una completa soledad, de un total aislamiento de todo y de todos... Que os envuelvan en buena hora todas las tinieblas, pero llevad por dentro a Jesús... Vedle a él, seguidle a ojos cerrados, creed como nunca en su amor, y la victoria será vuestra. ¡Qué importa que caiga la noche y os envuelva, si lleváis dentro del pecho el Sol de amor!...


Y en fin, oídme, apóstoles del Corazón de Jesús: Vedle a Él, y sólo a Él en las mil y una dificultades del apostolado.


Queréis volar y os cortarán las alas... Esperabais aliento y aprobación de almas buenas y éstas se os opondrán como barreras inesperadas... Dios lo sabe por qué permite los vendales de la derecha, las oposiciones y... persecuciones de los buenos. Así prepara Jesús grandes victorias... Acordaos, entre otros, de San Alfonso de Ligorio y de San José de Calasanz.


El Señor jamás ha cambiado su sistema providencial, jamás. Si queremos, pues de veras la obra de su gloria, sepamos ver a Jesús, creamos en su sabiduría y en su amor, precisamente en los momentos en que la oposición de los mejores pudiese desorientar a los apóstoles.


Lleguemos a vivir de la obsesión de Jesús verle a Él, sólo a Él, en todo a Él.
¿Qué cosa fue la vida terrena del Señor sino la obsesión del hombre en la mente de Jesús? Y ahora mismo, ¿no se diría que sigue aquejando de la misma obsesión nuestra?


Ved cómo nos sigue y nos persigue resuelto a sacar su gloria y nuestro bien de todo, de nuestra virtud y de nuestros pecados mismos, de nuestras cualidades y defectos.


Se hablaba un día delante de Santa Teresita del poder de ciertas personas de magnetizar a otras, de apoderarse, por decirlo así, de sus facultades: ¡Ah! exclama ella en el acto, ¡cómo quisiera que Jesús me magnetizase, con qué inmenso gusto le cedería mi voluntad! (12)


Y en realidad Teresita quiso y se dejó magnetizar por el Corazón de Jesús, y de ahí la maravilla d fe que es su vida.


¿Por qué no podría Jesús la única realidad indefectible, ejercer sobre el alma la fuerza de atracción que, por otro lado, vemos que ejercen magnetizadores muy humanos, como son un marido, un amigo, el novio y el hijo?


¡Cuántos son los chiflados de las bellezas humanas! ¡Qué pocos son los chiflados de la Belleza divina!


Ahí está, por ejemplo, el hombre de ciencia: le ha dado por ser sabio y por coronarse con esta aureola ante los hombres... Ved cómo lo sacrifica todo esa chifladura...


¡Y el artista, apasionado de veras por su arte, es casi un loco!...


Apóstoles del Rey de gloria, Jesucristo, Hermosura increada, Creador de todo lo que admiramos en artes y ciencias, El, cuya sola mirada extasía a los ángeles y es la exaltación eterna de un Paraíso..., Jesucristo, ¿no llegará a imantar y apoderarse de todo nuestro ser, de tal modo que digamos y sea verdad lo de San Francisco de Asís: Mi Dios y mi todo?


¡Oh! Que ese Sol de justicia nos deslumbre y alumbre... Vuélvete, ¡oh Jesús!, la obsesión divina y única de tus apóstoles..., que éstos no puedan saborear otro bien fuera de Ti (13).



(1) Juan., IV, 10.
(2) Mateo., IX,27.
(3) Mateo., XVI 13,15,16.
(4) Marcos., IX,22
(5) Vida y obas, t.II Pag.426
(6)Juan., VIII,12.
(7) Marcos., X,51.
(8) Filipenses., II,5.
(9)Juan., XVII,12,24.
(10) Lucas., X,30,37.
(11) Lucas., XXII, 61.
(12) Consejos y recuerdos (Santa Teresita).
(13) Santa Margarita María, hablando de una gracia que el Señor le concedía todos los primeros viernes del mes se expresa así: Se me presentó este Divino Corazón como un sol resplandeciente, cuyos rasgos ardentísimos caían a plomo sobre mi corazón y este se sintió abrazado de un fuego tan ardiente, que parecía iba reducirse a cenizas. (Vida y obras, t.II, pag. 71)

martes, 6 de octubre de 2009

Jesus Rey del Amor por el R.P. Mateo Crawley-Boevey


VIDA DE FE

Señor, creo, pero aumenta mi fe (1)
Necesidad de la fe.
Esta es una base indispensable.
La fe es el fundamento de toda vida espiritual y apostólica. En efecto, no es posible persuadir sin estar persuadido, ni convencer sin estar convencido.

Y ¿dónde encontrar dicha persuasión y convicción sino en una fe vivísima?
¿Quién llevará a las almas esa convicción profunda, victoriosa?

Aquel y solo aquel que se acerca a Jesucristo, y a quien Jesucristo instruye e ilumina, aquel y solo aquel que, acercándose con sencillez e intimidad a Jesucristo, llega a conocerle, y no de una manera vulgar y superficial, sino con un conocimiento sobrenatural, con verdadera profundidad; aquel y solo aquel que, en esa dichosa intimidad, anhelada y buscada, ha recibido, como don del sagrado corazón, la revelación de su amor y de sus secretos.

El único convencido es aquel que vive de aquella luz, que es el Maestro mismo, que dijo: "Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina a oscuras, sino que tendrá la luz de la vida "(2)
La luz sustancial es El, porque sólo El es la sabiduría de Dios.

Lo que llamamos sabiduría las criaturas, ¡ay! no es sino locura y tinieblas, a no ser que, como en los Santos, dicha sabiduría sea luz prendida en el Sol divino, que es Cristo-Jesús.
Por desgracia, no es esta, ordinariamente, nuestra sabiduría, sino la de la tierra. ¡de ahí que seamos calculadores, razonadores con exceso en lo que no deberíamos serlo! En el orden sobrenatural, ¡a cuántos nos sobra la cabeza y nos falta el sentido divino, luminoso de las cosas celestiales!

No olvidemos jamás: la sabiduría sublime y única es la de nuestra fe. Nadie más clarividente y mejor iluminado que el Santo, que lo ve todo y lo comprende todo en Dios, luz indefectible.
A la verdad, nos sobran pensadores según el mundo: ¡ah!, no serán éstos los que nos den las soluciones graves, urgentes que la sociedad actual reclama. Tenemos plétora de esta casta que se cree culta y se llama intelectual, pero cuya fe es lánguida...; por esto son falaces sus pensamientos, huecas y vacías de virtud sus teorías, infecundas sus obras.

¿Sabes lo que nos falta para despertar al mundo moderno a una vida más sana más feliz? No tantos hombres de universidad, ni de academia, sino almas potentes en la fe, almas santas, impregnadas en la verdadera luz, creyentes de fe sencilla y robusta, verdaderos gigantes del espíritu y de la vida sobrenatural.

Un cura de Ars y una Teresita del Niño Jesús han hecho más bien a la Humanidad que todos los intelectuales y genios de todos los siglos. Y ¿sabes por qué? Porque los santos, al participar íntimamente de la luz de Dios, que es Jesucristo, lo irradian en forma maravillosa. Y fuera de Jesucristo no ha sino error, tinieblas y mentira con todas sus fatales consecuencias.

Es esta mi intima convicción, y de ahí mi estilo, tan sencillo como afirmativo. En este orden no discuto, afirmo categóricamente, apoyándome sobre Jesucristo, piedra angular (3), verdad suprema.

Insisto: Nos hace falta más vida de fe, pero de fe ardorosa y práctica, fe traducida en obras.
Y más: El apóstol, sobre todo, debe no sólo cultivar su fe, sino vivir de un gran espíritu de fe. Con él se ve a Dios y se le conoce, porque nos lo revela Jesucristo mismo, según aquella su palabra: Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo habrá querido revelarlo (4).

Nos es indispensable este espíritu de fe para penetrar en el Corazón de Jesús, en su verdadera intimidad. Cuántas almas, detenidas en el dintel de este abismo divino, que no conocen al Jesús auténtico del Evangelio ni las magnificencias de su Amor sólo por falta de fe viva, clave de este santuario, El Santo de los Santos... Si como lo lanza de Longinos hemos rasgado el pecho adorable, reparemos ahora nuestro desacato, penetrado por una fe vivísima en las profundidades de esa herida, Sol de fuego y de luz.

Apóstoles del Rey de Amor, hagamos grande y feliz el mundo, arrojándolo, conquistado y convertido, a sus plantas divinas. "Servirle, dijo San Pablo, es reinar "(5) Y yo añado, más que reinar.

Pero antes de conquistar la tierra, tendremos nosotros que conquistar el Corazón del Maestro, adueñarnos de sus tesoros, y esto no será jamás una realidad sino en la medida en que avancemos por este camino, la fe ira transformando nuestra vida.

Que distinta es ésta desde el momento en que no queremos ver en ella sino a Dios, y en Dios todo lo demás: sufrimientos, acontecimientos, vaivenes... Por el hecho mismo, el enigma penoso de la vida se desvanece en esta gran luz, y anegados en ella, todo lo vemos claro, preciso, divinamente ordenado... De ahí nuestra paz, inalterable.

Esta revelación de Dios y del misterio de la vida, nos la hace Jesucristo a medida que nos transforma en El la oración. El que sabe orar, sabe, seguramente, mas en el orden divino, aunque sea un niño sencillo campesino, que el letrado entre los letrados. Ignorara aquél los secretos de la electricidad, pero conocerá con maravillosa penetración los secretos de Dios y de las almas, lo que es infinitamente más.

Oigo un día en Lourdes a un pobre campesino no hacer el comentario de un sermón mío sobre el Rey de Amor y el Amigo de Betania... Diserta con una solidez de doctrina, con una penetración y con una elocuencia avasalladoras, como jamás he oído a ningún maestro en teología. Y es un campesino... Ahí esta calzado con unos burdos zuecos, vestido con una blusa; pero insisto: es todo un doctor en dogma... Le oigo disertar sobre la Persona adorable de Nuestro Señor, durante varias horas, con profundidad dogmatica, con pleno domino de la materia, como si fuera un gran maestro. Mas que asombrado, atónito, quiero cogerle en una trampa: ¿no he de poder conservar por escrito tan maravillosa disertación?

Como quien no quiere, pues sigo su amistad, y para conservarla deseo establecer una relación epistolar con el; le pido, le ruego que me escriba con frecuencia y muy largo, pero que sus cartas no traten mas asunto que del Rey de Amor y del Amigo del hogar. Y como con mi insistencia quiero arrancarle la promesa formal de que lo hará rompe en una carcajada, y me dice: ¿Yo escribiré , Padre, Yo?... ¡Si yo no sé leer ni escribir!

Y como me ve perplejo y aun desconfiado, oíd su razonamiento: ¿Que de donde he aprendido, Padre, todo esto?... Pues se lo dice en el acto. Si usted celebra la santa Misa cada mañana, yo comulgo también todos los días... Ya ve usted, Padre: los dos tenemos el mismo Sol, el mismo Maestro: ¡Jesús! Si, pues, yo veo y usted no ve la culpa no es del Sol y de Maestro, ¡sino suya!
¿Oye? Tenemos todos el Sol a un paso, el Maestro divino a la mano; si ese pobrecito analfabeto sabe, ve, conoce, y nosotros, tan cultos y educados, no vemos ni penetramos en l Corazón de Jesús..., la culpa no es del Sol, sino de nuestra falta de intimidad con el Maestro.

¿Quien le conoce a Este? ¿El famoso doctor, el notable pensador, el gran bibliotecario, erudito y sabio? ¡No siempre! ¿Quien le conoce? Su amigo intimo, aquel a quien Jesús mismo, hablándole en secreto, le ha dicho lo que todos los doctores y lo que todas las bibliotecas no podrían jamás decir...

Pero ¿Cómo orar en forma tal que arrebatemos sus secretos al Rey del Sagrario? ¿Cómo se ora, dices? pues, ¡como se ama! ¿Cómo habla el niño con su madre? ¿Con grandes razonamientos? No, con el corazón en los labios. Jesús no quiere ni puede ser menos accesible, menos llano y tierno que una madre.

No lo olvides: la oración es el secreto de la gran luz que debe iluminar al apóstol; pero recordad que ese orar debe ser necesariamente fácil, sencillo, al alcance de todos: ¡se ora como se ama! Y la ciencia de amar la poseen por instinto así el niño como el doctor.

Y aquí una observación interesante, siempre a propósito del conocimiento por medio de la fe viva y del acercamiento a Jesús.

¿Quién se conoce a si mismo? y nota que es indispensable, en la vía de la santificación, llegar a un cierto grado de conocimiento personal... Insisto: ¿quién se conoce en sus cualidades y en sus miserias, quién se conoce sin orgullo y sin desaliento? Sólo aquel que se ha visto tal cual es en los ojos del Maestro, en aquel espejo limpidisimo de verdad y de luz, y nadie más.

Tenemos todos buenas y ricas partidas, cualidades que el Señor nos ha dado para utilizarlas en la obra de su gloria. Es preciso conocer estos tesoros con humildad y es indispensable saberlos explotar sobrenaturalmente. ¿Quién nos enseñara esta ciencia delicada? ¡Sólo Jesús!
Tengo mis defectos mis ruindades. ¿Quién las hará conocer sin quebrar la caña rajada, sin desanimar esta voluntad, ya tan débil, tornadiza y pesimista? ¡Sólo Jesús!

Pero, sobre todo, para desempeñar cumplidamente nuestra misión de apóstoles, ¡cuánto importa esta vida de fe sin la cual el apóstol no será sino campana que resuena(1) y voz en el desierto!... Desde luego, la comprensión y aprecio de nuestra vocación sublime y la energía santa e indomable para llevarla a cabo, no obstante mil y mil dificultades, debe venirnos exclusivamente de un espíritu de fe a toda prueba.

¡Oh, sí! Para ser apóstoles en realidad de verdad, vivamos de fe y no diremos entonces: "Yo trabajaría si tuviese salud, y si tuviese influencia y dinero". Que esos son razonamientos humanos que estropean con frecuencia los planes del Señor.

Cuando Jesús quiso conquistarla tierra, ¿razonó, por ventura así? Su sistema fué siempre servirse de pequeños, de pobres e ignorantes, y con estos instrumentos de incapacidad conquistó la tierra. Qué hermosa palabra la de San pablo al respecto: "Plugo a Dios escoger las cosas que no eran nada, para confundir las que son..., y convencer de fatua la sabiduría de este mundo por medio de la locura de la predicación de un Dios crucificado"(6)

A la luz de la fe, esta es una verdad no sólo clara, sino esplendorosa. Y sobre esta base se debe apoyar exclusivamente el apóstol.
Por otra parte, cuando tales instrumentos de impotencia y vileza glorifican al Señor, ¿qué pueden atribuirse a sí mismos? Y así estalla en forma evidente y magnifica la obra, no del instrumento, sino del Artífice divino.
Por ejemplo, la conversión de las almas, ¿obra de quién puede ser? ¡Ah!, este milagro es la hechura exclusiva de la gracia del Señor misericordioso y omnipotente.
Ve, si no , cuantas son las bibliotecas en el mundo, y dime: ¿cuántos son los convertidos por dichas bibliotecas? ¡Ni uno sólo!

En nuestra ignorancia de las cosas sobrenaturales, atribuimos, por ejemplo, el éxito de gracia al instrumento sensible, al predicador, a su elocuencia... Sin negar que éste, por voluntad de lo alto, puede tener su parte, y aun debe tenerla, en el plan de redención, que grave error el detenernos principalmente en el instrumento y en atribuirle una virtud que el Señor se reservó siempre: la de tocar los corazones.

¡Con suma frecuencia - si el apóstol no es un cura de Ars - las maravillas de gracia son el fruto rico , sazonado de una Santa Teresita oculta, desconocida, cuyas inmolaciones de amor están produciendo, a la vista sólo del Señor, aquellas grandes transformaciones de gracia que el vulgo atribuye a erudiciones y elocuencias humanas!

Escucha, al efecto, un relato estupendo. En lecho de agonía hacia su primera Comunión un gran convertido, y con él comulgaban también, por primera vez, su esposa y sus tres hijos. ¡Era, pues, la resurrección de todo un cementerio! Terminado el acto cantaron los cinco convertidos, llorando de amor, un himno de acción de gracias al Sangrado Corazón, triunfador en su misericordia. Concluido este, se acerca al enfermo una pobrecita, una anciana que sollozaba, pero con evidente exultación y jubilo de su alma. Patrón, le dice, ¿permite usted en esta hora de cielo, permite usted a su vieja cocinera el abrazarle? y cuando el señor le tiende los brazos conmovido, ella, siempre llorando de alegría, exclama: Hace veinticinco y mas años que le sirvo, señor, pero créame que durante tantos años no me he contentado con ser la humilde cocinera. ¡Oh, no! Hace veinticinco años que oro, que sufro, que comulgo, a diario, como apóstol del Sagrado Corazón, pidiéndole una sola gracia, una sola: la de no morir, la de no gozar del cielo antes de haber visto al Señor del cielo triunfante, victorioso en esta casa!... ¡ya le veo, ya me ha concedido el Sagrado Corazón el gran milagro; ahora si que puedo ya morir..., mi misión de apóstol ha concluido!...
¿No es maravilloso y sublime el Nunc dimittis de esta cocinera-apóstol? Pero ya ve que todo mi razonamiento de apóstol, hablando a apóstoles, es casi de... locura, la locura de la cruz (7), la de una fe que debe ser la clave única y la solución acertada en todas nuestras dificultades, por cierto inevitables...

¡Que de montañas encontraras en tu camino, apóstoles del Sagrado Corazón! ¿Quién las removerá, quién? Sólo tu fe, pero una fe de santos.

¡Oh! Cree en Aquél que dijo: Yo he vencido al mundo (8), y ustedes, los apóstoles , lo vencerán por El y con El. Pero sólo en la medida en que creas en Aquél que los envía.

Cuántos apóstoles creen únicamente, pero en la hora del éxito, con fe fácil y un poquitín humana.
Hay que creer con fe robusta, inamovible, cabalmente en la hora de las derrotas aparentes... y digo aparentes porque, con frecuencia, una derrota de forma es una victoria en el fondo, si no para nosotros, para Jesús. ¡Creyendo con fe viva en la hora amarga de prueba, aseguras al Corazón de Jesús una gran victoria, la de su amor!

¡Oh! pídele en estos días que haga caer las escamas de tus ojos, de tal modo que comiences a sentir, aunque sin sentir, la omnipotencia de su Corazón, a experimentarla en tu vida interior... ¡Ve en El, sólo en El, tu mirada, y... adelante, que reine!...

(1) Marcos., IX,23.
(2) Juan VIII, 12.
(3) Mateo XXI,42 - I. P., II,6.
(4) Mateo XI, 27.
(5) Postcomunión de la Misa por la paz.
(6) 1 Corintios XIII,1.
(7) 1 Corintios I, 28,21.
(8) 1 Corintios 15,11

martes, 29 de septiembre de 2009

LA PACIENCIA POR SAN ANTONIO MA. CLARET


Cristiano en este valle de lagrimas y penas, eres un desterrado; he aquí por que la paciencia te es tan esencial como el pan de que te alimentas. ¿La quieres de veras? Yo te la prometo con tal que practiques los avisos siguientes:

1.º Estando enfadado, calla. Ninguna acción has de hacer, ni proferir palabra arrebatado de ira, porque después no solo te pesaría de ello, sino que quizá, serian ya irremediables los males que con tus arrebatos hubieses causado.

2.º Acuérdate que si Dios te hubiera quitado la vida cuando pecaste la primera vez, ahora arderías ya en los infiernos, padeciendo allí mucho más que ahora aquí y si te dieran a escoger entre lo que ahora padeces y lo que allí padecieras, ¿no preferirías esto a lo del infierno? Pues entonces, hazte cargo de que Dios conmuta en estas penas las que allí deberías padecer.

3.º Levanta tu consideración al cielo y mira cuanta es la gloria que allí te aguarda si sufres con paciencia; no pueden compararse las penas de esta vida con la gloria y galardón que por ellas te dará Dios después; y has de saber que, como dice San Gregorio, nadie puede llegar a los grandes premios del cielo sino por el camino de grandes trabajos; y estos trabajos han de sufrirse con paciencia y en gracia; de lo contrario nada sirven para ir al cielo.

4.º Piensa que nadie será coronado de gloria sin haber sufrido con paciencia y gracia de suerte que San Juan vio que todos los Santos del cielo llevaban palmas, que son el símbolo del martirio o paciencia con que habían sufrido las penas de esta vida. Lee las vidas de los Santos y Santas, las de Jesús y María, y veras con que paciencia sufrieron las calumnias, persecuciones, privaciones y toda clase de tormentos, a pesar de ser inocentes; y tu miserable pecador, que años ha deberías arder en los infiernos, ¿no sufrirás?

5.º ¿No bastan estos ejemplos para aquietarte? Pues voy a poner otro delante de tus ojos que Creo te moverá: ven conmigo, vamos al Calvario... ¿Ves aquellos dos que están al lado de Jesús? Pues son dos ladrones: ambos padecen una misma clase de penas; ambos están allí ajusticiados; pero, ¡qué fin tan distinto el de uno y otro! El un pasa del suplicio al paraíso, y el otro de la cruz al infierno; ¿y por qué? Porque este se desespera impaciente, al paso que el otro sufre su condena con paciencia. Entiende, pues, que todos los hombres llevan su cruz en este mundo, pero con esta diferencia: que el que la lleva con paciencia, gracia y humildad, persuadido que por sus pecados merece aquello y mucho mas ira al cielo con el buen ladrón; mas el que la lleve blasfemando y desesperando, ira con el mal ladrón por una eternidad a los infiernos.

6.º La virtud de la paciencia la alcanzaras pidiéndola con humildad a Jesús y a María Santísima, rezándoles a este fin todos los días por la mañana un Padrenuestro y tres Avemarías. En los trabajos dirás con frecuencia: Jesús mío, asistidme; Virgen santísima, ayudadme; sea por amor de Dios, sea en descuento y satisfacción de mis pecados. A la noche examina si has faltado entre día, y , si hallas haber faltado, di tantas Avemarías cuantas fueren las faltas.

martes, 22 de septiembre de 2009

LA MORTIFICACIÓN DEL AMOR PROPIO Y DE LA PROPIA VOLUNTAD POR SAN ANTONIO MA. CLARET


Hablando el venerable Blosio de la mortificación de la voluntad, dice que a Dios no se le puede ofrecer sacrificio más agradable que el de la propia voluntad; y en otra parte dice que quien mortifica la propia voluntad para hacer la de otros, para la gloria o por amor de Dios, agrada mas al Señor que si ayunase mucho tiempo a pan y agua y que si rigurosamente se macerase con disciplinas. Y, al contrario, es tanto el mal que causa al alma la propia voluntad no mortificada, que dice San Bernardo que no habría infierno si no hubiese voluntad propia.

La mortificación de la propia voluntad se ha de ejercitar en los casos siguientes:

1.º Averiguar o poner gran cuidado en saber cual sea la voluntad de Dios en cada obra que se ha de hacer.

2.º Pedir a Dios esta mortificación, desconfiando de si poniendo en El la confianza pensando que todo se puede con su santa gracia.

3.º Decir con frecuencia estas jaculatorias u otras semejantes: Dios mío, ¿que quieres que haga? Enséñame, Señor, a negar mi propia voluntad y hacer la tuya. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. No quiero, Dios mío, sino lo que tú quieres. Haz en mi señor lo que te plazca.

4.º Procurar hacer la voluntad de los otros, más bien que la propia, en aquellas cosas indiferentes que pueden hacerse o dejarse de hacer lícitamente, o hacerse de este o del otro modo, sujetándose a todos por amor de Dios. Esta santa practica es de gran provecho, por ir acompañados los actos de propia sujeción de las otras virtudes, y si con cuidado se aprovechan las ocasiones que muy a menudo se nos presentan, se agradara mucho a Dios y se correrá muy velozmente por el camino de la perfección. En esto faltan muchas personas que son reputadas por espirituales y amantes de la perfección, y en realidad lo son muy poco; excelentes y muy buenas mientras puedan hacer lo que quieran y del modo que quieran, sin la menor sujeción o contradicción; pero hacedles un poco de resistencia, contraria su voluntad, y vereislas al momento echar chispas de fuego, palabras picantes, manifestar con ceño su enojo, dispuestas a los arrebatos, y mas fáciles de encenderse en cólera al primer encuentro que un fosforo al roce de un objeto áspero. A estos puede aplicárseles aquel dicho que tanto les cuadra: santos en plaza y diablos en casa; porque son inaguantables, por donde se ganan ni por donde se pierden. ¡Infelices!

5.º Ejercitarse en hacer muchos actos contrarios a la propia voluntad, no solo en aquellas cosas a que viciosamente se halla inclinada la voluntad o se desean, sino también en las indiferentes a que se tiene alguna afición, y esto, con toda propiedad, es negarse a sí mismo.

6.º Procurar en todo ponerse por modelo a Jesucristo, fijando dentro de su Corazón un gran deseo de ser humillado y despreciado de todos, y, por lo mismo, huir de los oficios de autoridad y honra, y abrazar los despreciables y viles. No referir jamás cosa alguna que ceda en propia alabanza, a no obligar a ello la gloria de Dios y provecho del prójimo. Al ser reprendido, aun cuando se halle inocente, callar y no excusarse, ofreciendo todo a Dios, y considerando que los pecados propios, actuales o pasados, merecen esto y mucho mas, y en todo ello no apetecer ser tenido por humilde y virtuoso, sino por culpado e imperfecto.

7.º Tener una voluntad pronta y determinada para hacer, no solo lo que los superiores mandan, sino también lo que se conozca que quieren, sin esperar que lo manifiesten o lo manden.

8.º Arrancar del corazón toda afición a las cosas criadas, de suerte que no se ame sino a Dios o por Dios. Este desprendimiento de las cosas criadas es utilísimo para adelantar en la perfección. Por lo tanto, se ha de poner gran cuidado en no aficionarse a cosa alguna por pequeña y vil que sea, porque a veces estas cosas ocupan el corazón tanto más que las grandes y que las de mucho precio, brillo y raras. De aquí se sigue que, al momento de sentirse uno aficionado a tales cosillas o pequeñeces, es indispensable privarse de ellas antes que se le pegue el corazón, porque toda afición desordenada a las criaturas cierra la puerta al amor de Dios y la abre al amor propio; teniendo entendido que cuanto se posee o usa en este mundo, se ha de tener sin afición o apego, estando siempre dispuestos a dejarlo todo cuando siempre dispuestos a dejarlo todo cuando se estime conveniente, y no apreciar nada sino en cuanto es útil para servir a Dios.

9.º Abrazar los trabajos, penas, injurias, afrentas y oprobios con entera resignación a la voluntad de Dios, y caminar a la perfección, lo cual se ha de hacer de las cuatro maneras siguientes:

1) Sufrir con paciencia las cosas, por arduras y difíciles que sean, conforme a lo de san Pablo, que dice: in tribulatione patientes ( sufridos en la tribulación)

2)Sufrir no solo con paciencia, sino dando gracias al Señor por el beneficio que nos dispensa haciéndonos gustar el cáliz que El se reservo para Sí y para sus mas escogidos amigos.

3) Sufrir no solo con paciencia y hacimiento de gracias, sino también con alegría, a imitación de los Apóstoles, de quienes se lee que salían alegres de la presencia de los tribunales, por haber tenido la dicha de padecer desprecios por el nombre de Jesús.

4)Sufrir no solo con paciencia, hacimiento de gracias y alegría, sino también con deseos de padecer mas y mas por amor de Jesucristo, a imitación suya; el cual, estando clavado en la Cruz, con tantas amarguras, desprecios y penas de muerte, aun se abrasaba en sed de padecer mas. Y en los que con toda la verdad aman a Dios, a proporción de lo vivo que es el amor es también vehemente el deseo de padecer, reputando por glorias las adversidades, como de si mismo asegura San Pablo: lejos de mi gloriarme en otra cosa que en la Cruz de mi Señor Jesucristo.

Aquí tienes, ¡Oh cristiano muy amado! lo que has de hacer si quieres seguir a Jesucristo; te has de negar a ti mismo, tomar la Cruz e ir en pos de Él; quien esto no practique, jamás será perfecto. Aun cuando nuestra naturaleza lo repugne, es indispensable resolverse a ello. Pero ¡que dolor!, todo se hace menos esto. Jesucristo tiene muchos que le siguen al Tabor; pero al Calvario, ¡cuán raros! Quiero decir, que cuando envía prosperidad y glorias, todos son amigos de Dios; pero enviando enfermedades, desgracias u otros males, entonces le vuelven la espalda. No seas tú del numero de estos, sino toma lo que te de Si te envía prosperidad, dale continuamente gracias, admirando su bondad; y si te prueba con desgracias, confórmate con su voluntad, creyendo que esto te conviene y que El padeció mas aun por ti sin merecerlo, y de esta suerte podrás llegar por fin a la gloria celestial, que de veras te deseo. Amén.

martes, 8 de septiembre de 2009

MORTIFICACIÓN DE LA MEMORIA POR SAN ANTONIO MA. CLARET


La memoria hace de mortificar en las cosas siguientes:

1ª Refrenar los pensamientos viciosos y procurar olvidar los agravios que nos haya hecho nuestro prójimo; hacer lo mismo con las cosas lascivas que se hayan visto u oído, y cualquier otra cosa mala que venga a la memoria.

2ª Cerrar la puerta a todos los pensamientos vanos e inútiles, que llenan el alma de imaginaciones e impiden la atención en la oración.

3ª No dar lugar a los pensamientos, por buenos que sean, si vienen fuera de tiempo, como, por ejemplo, en la oración, Misa y demás devociones, si no son conformes a estas mismas obras. Y para que la memoria este bien ocupada constantemente, no hay como ejercitarse en estar siempre en la presencia de Dios.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

MORTIFICACIÓN DEL ENTENDIMIENTO POR SAN ANTONIO MA. CLARET


Es el entendimiento la raíz de cuanto bueno y malo hay en el hombre. Grande Sacrificio hace a Dios el que le rinde su propio entendimiento o Juicio, con especialidad en los casos siguientes:

1.º En apartar o vencer la desidia o negligencia, en saber las cosas de su obligación, las que cada uno debe saber perfectamente para no incurrir en la indignación y reprobación de Dios, según dice el Apóstol con estas palabras: El que ignora, será ignorado.

2.º En Sujetar el propio parecer o juicio al de los superiores, juzgando acertado lo que ellos mandan, y obedeciendo siempre, si lo mandado no es contra la ley de Dios.

3.º En Sujetar el propio juicio o parecer al de otro, aun cuando este no sea tan sabio ni superior, a no ser en cosas malas, porque en este caso ni puede ni debe sujetarlo; pero fuera de este caso, procurar no disputar ni porfiar, sino condescender, porque la condescendencia, como dice san Francisco de Sales, es hija de la caridad, y engendra y nutre la paz y el amor en las familias y entre los demás prójimos.

4.º En mortificar los deseos de saber cosas dañosas e inútiles, ora sea de lo que enseñan los libros prohibidos, ora de lo que hablan las personas murmuradoras que tienen gusto de contar vidas ajenas o lo que pasa en las casas o en la población.

5.º No juzgar las obras ni palabras ajenas, a no ser qué a ello obligue el oficio de superior, porque este debe velar o sospechar sobre lo que dicen, hacen o pueden hacer las personas que le están sujetas, o para corregirlas si han hecho o hablado mal, o para prevenir el mal e impedirlo; pero en cuanto a los demás, juzgar siempre de ellos lo mejor que se pueda, y en las cosas evidentemente malas, juzgar siempre con piedad, pensando que nosotros hartos defectos tenemos, y que, si nos hallásemos en el caso del prójimo y Dios no nos detuviese, seriamos peores que el.