"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

viernes, 27 de mayo de 2011

El Alma de todo Apostolado


5ª—Respuesta a la primera objeción: ¿La Vida interior es ociosa?

Este volumen está dedicado principalmente a los hombres de obras animados de un ardiente deseo de ser apóstoles, pero expuestos, por la omisión de los procedimientos necesarios, a que su actividad sea infecunda para las almas y un disolvente de la propia vida interior.

Estimular a los sacerdotes que son amantes del ocio y reposo, galvanizar las almas que engañadas por el egoísmo dicen que la ociosidad es medio de favorecer la piedad, sacudir la indiferencia de estos indolentes, de estos adormecidos que, con la esperanza de algunas ventajas u honores, aceptaran ciertas obras con tal que no turben su quietud y su ideal de tranquilidad; no es tal nuestro fin. Esta tarea exigiría una obra especial.

Dejando por tanto a otros el cuidado y empresa de hacer comprender a esta clase de sacerdotes apáticos las responsabilidades de una existencia que Dios la quiere activa, y que el demonio, en conformidad con la naturaleza, la hace infecunda por falta de actividad y defecto de celo, volvamos a los queridos y venerados hermanos a quienes estas páginas están dedicadas.

No es posible que comparación alguna pueda darnos idea aproximada de la intensidad infinita, de la actividad que existe en el seno de Dios. La vida interior del Padre es tal que ella engendra una persona divina.

De la vida interior del Padre y del Hijo procede el Espíritu-Santo. La vida interior comunicada a los Apóstoles en el Cenáculo inflamo súbitamente su celo. Para toda persona instruida que no se esfuerce en desfigurarla, es aquella un principio de Apostolado por la oración y abnegación.

Pero aunque las manifestaciones externas no manifestaran la fecundidad de la vida interior, la vida de oración es de suyo y por naturaleza, una fuente de actividad a ninguna otra comparable. Nada mas falto de fundamento y lejos de la verdad, que el ver en ella una especie de oasis donde una persona se refugia para pasar tranquilamente su existencia. bástanos considerar que es el camino que nos conduce mas derechamente al reino de los cielos para que el texto: Regnun¹ coelorum vim patitur, et violenti rapiunt illud le deba ser aplicado.

Dom Sebastiam Wyart, que había experimentado tanto los trabajos de asceta, como las fatigas de militar, el trabajo del estudio y los cuidados inherentes al cargo de superior, gustaba repetir que existen tres clases de trabajos:

1. El Trabajo casi exclusivamente físico de los que ejercen una profesión manual, v.gr. labrador, artesano, soldado.

2. El trabajo intelectual, del sabio, del pensador en busca de la verdad tan frecuente ingrata, v.g., el profesor, el publicista, que ponen todas sus fuerzas sin dejar traza que no tienen ni diligencia que rehúyan, según su posible, para hacer penetrar en los demás las luces que poseen sus inteligencias. Esta labor de suyo es más fuerte y pesada y merece la primacía y preferencia sobre la primera.

3. El trabajo de la vida interior. De los tres, sin duda ninguna, este tercero es el que más molesta, sujeta y supone mayores esfuerzos. Verdad es que también ofrece mayores consolaciones.

La labor de estar dominándose a sí mismo, y todo cuanto nos rodea para no buscar en todo más que la gloria de Dios, es el ideal del hombre decidido a adquirir la vida interior. Para realizarlo fuerza es, en todas las ocasiones, tener la vista fija en el fin último y mirarlo todo a la luz del Evangelio Quo vadam et ad quid, dice con San Ignacio. De un principio depende todo. Todo está informado por ese principio: inteligencia, voluntad, memoria, sensibilidad, imaginación, sentidos.

Pero ¿con qué trabajos se llega a este resultado?

En los ratos de descanso permitido, como en los consagrados a la mortificación; en los de recreo necesario, como en los de trabajo; en los momentos de paz, como de lucha en los sentimientos de esperanza, como en los de temor, de tristeza o de alegría, en todos los acontecimientos, estados del alma, del cuerpo y cosas, procura mantener con tesón y constancia el timón en la dirección que marca la Voluntad divina.

En la oración, cerca de la Eucaristía, principalmente, se aísla mas completamente de los objetos visibles con el propósito deliberado de acercarse a tratar con Dios invisible como si lo viese; y aun en el curso de sus trabajos se esmera en realizar, a semejanza de Moisés, este ideal.

Adversidades de la vida, tormentas levantadas por las pasiones, nada es capaz de hacerle desviar de la línea de conducta que se ha trazado. Por otra parte, si siente algún decaimiento, será pasajero; porque luego se rehará y vuelve a tomar su marcha con más vigor, recibiendo, a vueltas de estos trabajos, consuelos especiales con que Dios recompensa los esfuerzos que esta labor exige.

Ociosos, concluida Dom Sebastiam, ociosos los verdaderos religiosos, los sacerdotes y seglares interiores y celosos ¡Válgame Dios!

vengan los que sienten hipo de mostrarse en público, al retiro de nuestros claustros, a pasar tres días con nosotros: no vean sus espíritus más que a través de los resplandores de la fe: sus corazones olviden todo, poniendo al descubierto las enfermedades del alma, aspirando solo a Jesús y su vida: y si esta perspectiva, este cuadro paréceles horroroso y si un purgatorio de tres días pone espanto en sus ánimos ¿que dirán ante la idea de una vida interior? La experiencia nos manifiesta que algunas personas, a quienes encalabrina la vida activa, prefieren largas horas de ocupación fatigosa a media hora de oración, devota asistencia a una Misa o pausada recitación de un Oficio y que, como dice D. Festiguiere, encuentran alivio cuando suena la hora de la acción.

Sin duda en este trabajo de desprendimiento, la gracia se lleva el mayor peso y hace el yugo suave y la carga ligera; pero cuanto ha contribuido el alma con sus esfuerzos para ponerse en este camino derecho y llegar al conversatio nostra incoelis est,² no es para dicho.

Santo Tomas explica esto a maravilla: «El hombre está colocado entre las cosas mundanas y espirituales, en la que reside la bienaventuranza eterna; cuanto más se adhiere a unas, tanto más se aparta de las otras y viceversa». En una balanza si uno de los platillos baja, el otro se eleva otro tanto.

Ahora bien, la catástrofe del pecado original, habiendo trastornado la economía de nuestro ser, ha hecho este doble movimiento de adhesión y alejamiento difícil de realizar.

Para restablecer y guardar por la vida interior el orden y equilibrio en este «pequeño mundo» que es el hombre, son indispensables desde entonces penalidades y sacrificios.

Hay un edificio hundido, desplomado que es preciso reconstruir y después preservarlo de una nueva ruina.

Resistir a los deseos del corazón totalmente apegado a la tierra y pesado, gravi corde, a las inclinaciones naturales, a los sentidos, a la sensualidad, al amor propio con la mortificación y vigilancia; reformar el carácter especialmente en aquello en que discuerde a las claras del espíritu de Cristo; ahogar el espíritu de disipación, arrebatos, complacencias en su persona o criaturas, manifestaciones de orgullo, o sea, el espíritu de naturalismo, la dureza, falta de bondad; resistir al cebo de los placeres presentes y sensibles por la esperanza de una felicidad espiritual que no ha de gozar hasta después de un largo esperar y padecer; desprenderse de todo lo que pueda sernos agradable aquí abajo; hacer del conjunto de criaturas, deseos, concupiscencias, codicias, bienes exteriores, voluntad y juicio propio, un holocausto sin reserva...¡qué tarea!

Y esto después de todo no es más que la parte negativa de la vida interior. Después de esta lucha de cuerpo a cuerpo que hacia gemir a San Pablo³ y que el P. Ravignan expresaba en esta frase: Ustedes preguntan lo que hice yo durante mi noviciado. «Éramos dos, arroje uno por la ventana y quede solo» después de este combate sin tregua contra un enemigo pronto a renacer, es menester que no torne a ser invadido del naturalismo un corazón que, purificado por la penitencia, esta sediento de reparar los ultrajes inferidos a Dios y desarrollar toda su energía empleándola únicamente en adquirir el espíritu y virtudes de Jesucristo: establecer el reino de Cristo en mi corazón, juzgando todo según las máximas de Jesús, viviendo con las virtudes de Cristo contante y habitualmente, siendo el móvil, medio, fin e ideal único de todas mis operaciones: esto es el lado positivo de la vida interior. ¿Quién no antevé el campo ilimitado del trabajo que se nos presenta?

Trabajo intimo, asiduo, poderoso. No obstante este trabajo, nuestro espíritu apostólico no recogerá velas sino que los trabajos más arduos espolearan nuestra alma; la vida interior posee este secreto.

Nos asombran y pasman las obras, al cabo llevadas, con tanta perfección, y a pesar de su precaria salud, por un San Agustín, Juan Crisóstomo, Bernardo, Tomas de Aquino, San Vicente de Paul; pero aun crece nuestra admiración, cuando vemos que estos hombres, a pesar de sus trabajos casi incesantes, se mantuvieron en una unión estrechísima con Dios.

Acercándose al principio de la Vida en grado mas próximo que los demás, recibirán fuerzas, vigor y eran, por esto, capaces de realizar los mayores prodigios.

Esto expresaba uno de nuestros grandes Obispos, sobrecargado de labores , aun hombre de estado abrumado también de trabajos que le pedía el secreto de su serenidad constante y de los admirables resultados de sus obras.

«A vuestras ocupaciones, querido amigo, agregad media hora de meditación por la mañana y obtendréis facilidad en la resolución de vuestros asuntos y tiempo desocupado todavía para la realización de algunas mas» contesto el Obispo.

1. El Reino de los cielos se alcanza a viva fuerza y los que se la hacen a sí mismos son los que lo arrebatan. (Mateo 11,12)

2. Pero nosotros vivimos como ciudadanos del cielo. (Filip III,20).

3. De aquí que me complazco en la ley de Dios según el hombre interior; mas al mismo tiempo hecho de ver otra ley de mi espíritu y me sojuzga a la ley del pecado que está en los miembros de mi cuerpo. ¡Oh que hombre tan infeliz soy yo! ¡quién me libertara de este cuerpo de muerte oh mortífera concupiscencia! San Pablo a los Romanos 8,22,23Y24

sábado, 14 de mayo de 2011

Pontificia Comisión Eccesia Dei

PONTIFICIA COMISIÓN «ECCESIA DEI»

INSTRUCCIÓN
sobre la aplicación de la carta apostólica
motu proprio data «Summorum Pontificum»
de Su Santidad Benedicto XVI

I.
Introducción

1. La carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» del Sumo Pontífice Benedicto XVI, del 7 de julio de 2007, que entró en vigor el 14 de septiembre de 2007, ha hecho más accesible a la Iglesia universal la riqueza de la Liturgia romana.

2. Con tal motu proprio el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha promulgado una ley universal para la Iglesia, con la intención de dar una nueva reglamentación para el uso de la Liturgia romana vigente en 1962.

3. El Santo Padre, después de haber recordado la solicitud que los Sumos Pontífices han demostrado en el cuidado de la Sagrada Liturgia y la aprobación de los libros litúrgicos, reafirma el principio tradicional, reconocido desde tiempo inmemorial, y que se ha de conservar en el porvenir, según el cual «cada Iglesia particular debe concordar con la Iglesia universal, no solo en cuanto a la doctrina de la fe y a los signos sacramentales, sino también respecto a los usos universalmente aceptados de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben observarse no solo para evitar errores, sino también para transmitir la integridad de la fe, para que la ley de la oración de la Iglesia corresponda a su ley de fe»1.

4. El Santo Padre ha hecho memoria, además, de los Romanos Pontífices que, de modo particular, se han comprometido en esta tarea, especialmente de san Gregorio Magno y san Pío v. El Papa subraya asimismo que, entre los sagrados libros litúrgicos, el Missale Romanum ha tenido un relieve histórico particular, y a lo largo de los años ha sido objeto de distintas actualizaciones hasta el pontificado del beato Juan XXIII. Con la reforma litúrgica que siguió al concilio Vaticano II, en 1970 el Papa Pablo VI aprobó un nuevo Misal para la Iglesia de rito latino, traducido posteriormente en distintas lenguas. En el año 2000 el Papa Juan Pablo II promulgó la tercera edición del mismo.

5. Muchos fieles, formados en el espíritu de las formas litúrgicas anteriores al concilio Vaticano II, han expresado el vivo deseo de conservar la tradición antigua. Por este motivo, el Papa Juan Pablo II, con el indulto especial Quattuor abhinc annos, emanado en 1984 por la Sagrada Congregación para el culto divino, concedió, bajo determinadas condiciones, la facultad de volver a usar el Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII. Además, Juan Pablo II, con el motu proprio Ecclesia Dei, de 1988, exhortó a los obispos a que fueran generosos en conceder dicha facultad a todos los fieles que la pidieran. El Papa Benedicto XVI ha seguido la misma línea a través del motu proprio Summorum Pontificum, en el cual se indican algunos criterios esenciales para el usus antiquior del Rito Romano, que conviene recordar aquí.

6. Los textos del Misal Romano del Papa Pablo VI y del Misal que se remonta a la última edición del Papa Juan XXIII, son dos formas de la Liturgia romana, definidas respectivamente ordinaria y extraordinaria: son dos usos del único Rito romano, que se colocan uno al lado del otro. Ambas formas son expresión de la misma lex orandi de la Iglesia. Por su uso venerable y antiguo, la forma extraordinaria debe conservarse con el honor debido.

7. El motu proprio Summorum Pontificum está acompañado por una carta del Santo Padre a los obispos, que lleva la misma fecha del motu proprio (7 de julio de 2007). Con ella se ofrecen ulteriores aclaraciones sobre la oportunidad y necesidad del mismo motu proprio; es decir, se trataba de colmar una laguna, dando una nueva normativa para el uso de la Liturgia romana vigente en 1962. Tal normativa se hacía especialmente necesaria por el hecho de que, en el momento de la introducción del nuevo Misal, no pareció necesario emanar disposiciones que reglamentaran el uso de la Liturgia vigente desde 1962. Debido al aumento de los que piden poder usar la forma extraordinaria, se ha hecho necesario dar algunas normas al respecto.

Entre otras cosas el Papa Benedicto XVI afirma: «No hay ninguna contradicción entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna ruptura. Lo que para las generaciones anteriores era sagrado, también para nosotros permanece sagrado y grande y no puede ser de improviso totalmente prohibido o incluso perjudicial»2.

8. El motu proprio Summorum Pontificum constituye una relevante expresión del magisterio del Romano Pontífice y del munus que le es propio, es decir, regular y ordenar la Sagrada Liturgia de la Iglesia3, y manifiesta su preocupación como Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia universal4. El documento tiene como objetivo:

a) ofrecer a todos los fieles la Liturgia romana en el usus antiquior, considerada como un tesoro precioso que hay que conservar;

b) garantizar y asegurar realmente el uso de la forma extraordinaria a quienes lo pidan, considerando que el uso la Liturgia romana que entró en vigor en 1962 es una facultad concedida para el bien de los fieles y, por lo tanto, debe interpretarse en sentido favorable a los fieles, que son sus principales destinatarios;

c) favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia.

II.
Tareas de la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei»

9. El Sumo Pontífice ha conferido a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei potestad ordinaria vicaria para la materia de su competencia, especialmente para supervisar la observancia y aplicación de las disposiciones del motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 12).

10. § 1. La Pontificia Comisión ejerce tal potestad a través de las facultades precedentemente concedidas por el Papa Juan Pablo II y confirmadas por el Papa Benedicto XVI (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 11-12), y también a través del poder de decidir sobre los recursos que legítimamente se le presenten, como superior jerárquico, contra una eventual medida administrativa del Ordinario que parezca contraria al motu proprio.

2. Los decretos con los que la Pontificia Comisión decide sobre los recursos podrán ser impugnados ad normam iuris ante el Tribunal supremo de la Signatura apostólica.

11. Compete a la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, previa aprobación de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, la tarea de ocuparse de la eventual edición de los textos litúrgicos relacionados con la forma extraordinaria del Rito romano.

III.
Normas específicas

12. Esta Pontificia Comisión, en virtud de la autoridad que le ha sido atribuida y de las facultades de las que goza, después de la consulta realizada entre los obispos de todo el mundo, para garantizar la correcta interpretación y la recta aplicación del motu proprio «Summorum Pontificum», emana la siguiente Instrucción, a tenor del can. 34 del Código de derecho canónico.

La competencia de los obispos diocesanos

13. Los obispos diocesanos, según el Código de derecho canónico, deben vigilar en materia litúrgica en atención al bien común y para que todo se desarrolle dignamente, en paz y serenidad en sus diócesis5, de acuerdo siempre con la mens del Romano Pontífice, claramente expresada en el motu proprio Summorum Pontificum6. En caso de controversias o dudas fundadas acerca de la celebración en la forma extraordinaria, decidirá la Pontificia Comisión Ecclesia Dei.

14. Es tarea del obispo diocesano adoptar las medidas necesarias para garantizar el respeto de la forma extraordinaria del Rito Romano, a tenor del motu proprio Summorum Pontificum.

El «coetus fidelium» (cf. motu proprio «Summorum Pontificum», art. 5 § 1)

15. Un coetus fidelium se puede definir stabiliter existens, a tenor el art. 5 § 1 del motu proprio Summorum Pontificum, cuando esté constituido por algunas personas de una determinada parroquia que, incluso después de la publicación del motu proprio, se hayan unido a causa de la veneración por la Liturgia según el usus antiquior, las cuales solicitan que esta se celebre en la iglesia parroquial o en un oratorio o capilla; tal coetus puede estar también compuesto por personas que provengan de diferentes parroquias o diócesis y que, para tal fin, se reúnan en una determinada parroquia o en un oratorio o capilla.

16. En caso de que un sacerdote se presente ocasionalmente con algunas personas en una iglesia parroquial o en un oratorio, con la intención de celebrar según la forma extraordinaria, como está previsto en los art. 2 y 4 del motu proprio Summorum Pontificum, el párroco o el rector de una iglesia o el sacerdote responsable admitan tal celebración, respetando las exigencias de horarios de las celebraciones litúrgicas de la misma iglesia.

17. § 1. Con el fin de decidir en cada caso, el párroco, el rector o el sacerdote responsable de una iglesia se comportará según su prudencia, dejándose guiar por el celo pastoral y un espíritu de generosa hospitalidad.

§ 2. En los casos de grupos numéricamente menos consistentes, habrá que dirigirse al Ordinario del lugar para encontrar una iglesia en la que dichos fieles puedan reunirse para asistir a tales celebraciones y garantizar así una participación más fácil y una celebración más digna de la santa misa.

18. También en los santuarios y lugares de peregrinación se ofrezca la posibilidad de celebrar en la forma extraordinaria a los grupos de peregrinos que lo requieran (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 5 § 3), si hay un sacerdote idóneo.

19. Los fieles que piden la celebración en la forma extraordinaria no deben sostener o pertenecer de ninguna manera a grupos que se manifiesten contrarios a la validez o legitimidad de la santa misa o de los sacramentos celebrados en la forma ordinaria o al Romano Pontífice como Pastor supremo de la Iglesia universal.

El «sacerdos idoneus» (cf. motu proprio «Summorum Pontificum», art. 5 § 4)

20. Sobre los requisitos necesarios para que un sacerdote sea considerado idóneo para celebrar en la forma extraordinaria, se establece cuanto sigue:

a) cualquier sacerdote que no esté impedido a tenor del Derecho Canónico se considera sacerdote idóneo para celebrar la santa misa en la forma extraordinaria7;

b) en relación al uso de la lengua latina, es necesario un conocimiento suficiente que permita pronunciar correctamente las palabras y entender su significado;

c) en lo que respecta al conocimiento del desarrollo del rito, se presumen idóneos los sacerdotes que se presenten espontáneamente para celebrar en la forma extraordinaria y la hayan usado anteriormente.

21. Se exhorta a los Ordinarios a que ofrezcan al clero la posibilidad de adquirir una preparación adecuada para las celebraciones en la forma extraordinaria. Esto vale también para los seminarios, donde se deberá proveer a que los futuros sacerdotes tengan una formación conveniente en el estudio del latín8 y, según las exigencias pastorales, ofrecer la oportunidad de aprender la forma extraordinaria del rito.

22. En las diócesis donde no haya sacerdotes idóneos, los obispos diocesanos pueden solicitar la colaboración de los sacerdotes de los institutos erigidos por la Pontificia Comisión Ecclesia Dei o de quienes conozcan la forma extraordinaria del rito, tanto para su celebración como para su eventual aprendizaje.

23. La facultad para celebrar la misa sine populo (o con la participación del solo ministro) en la forma extraordinaria del Rito Romano es concedida por el motu proprio a todos los sacerdotes diocesanos y religiosos (cf. motu proprio Summorum Pontificum, art. 2). Por lo tanto, en tales celebraciones, los sacerdotes, en conformidad con el motu proprio Summorum Pontificum, no necesitan ningún permiso especial de sus Ordinarios o superiores.

La disciplina litúrgica y eclesiástica

24. Los libros litúrgicos de la forma extraordinaria han de usarse tal como son. Todos aquellos que deseen celebrar según la forma extraordinaria del Rito Romano deben conocer las correspondientes rúbricas y están obligados a observarlas correctamente en las celebraciones.

25. En el Misal de 1962 se podrán y deberán insertar nuevos santos y algunos de los nuevos prefacios9, según la normativa que se indicará más adelante.

26. Como prevé el art. 6 del motu proprio Summorum Pontificum, se precisa que las lecturas de la santa misa del Misal de 1962 pueden ser proclamadas exclusivamente en lengua latina, o bien en lengua latina seguida de la traducción en lengua vernácula o, en las misas leídas, también sólo en lengua vernácula.

27. Con respecto a las normas disciplinarias relativas a la celebración, se aplica la disciplina eclesiástica contenida en el Código de derecho canónico de 1983.

28. Además, en virtud de su carácter de ley especial, dentro de su ámbito propio, el motu proprio Summorum Pontificum deroga aquellas medidas legislativas inherentes a los ritos sagrados, promulgadas a partir de 1962, que sean incompatibles con las rúbricas de los libros litúrgicos vigentes en 1962.

Confirmación y Orden sagrado

29. La concesión de utilizar la antigua fórmula para el rito de la Confirmación fue confirmada por el motu proprio Summorum Pontificum (cf. art. 9 § 2). Por lo tanto, no es necesario utilizar para la forma extraordinaria la fórmula renovada del Ritual de la Confirmación promulgado por el Papa Pablo VI.

30. Con respecto a la tonsura, órdenes menores y subdiaconado, el motu proprio Summorum Pontificum no introduce ningún cambio en la disciplina del Código de derecho canónico de 1983; por lo tanto, en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el profeso con votos perpetuos en un instituto religioso o incorporado definitivamente a una sociedad clerical de vida apostólica, al recibir el diaconado queda incardinado como clérigo en ese instituto o sociedad (cf. can. 266 § 2 del Código de derecho canónico).

31. Sólo en los institutos de vida consagrada y en las sociedades de vida apostólica que dependen de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y en aquellos donde se mantiene el uso de los libros litúrgicos de la forma extraordinaria se permite el uso del Pontificale Romanum de 1962 para conferir las órdenes menores y mayores.

Breviarium Romanum

32. Se concede a los clérigos la facultad de usar el Breviarium Romanum en vigor en 1962, según el art. 9 § 3 del motu proprio Summorum Pontificum. El mismo se recita integralmente en lengua latina.

El Triduo pascual

33. El coetus fidelium que sigue la tradición litúrgica anterior, si hubiese un sacerdote idóneo, puede celebrar también el Triduo pascual en la forma extraordinaria. Donde no haya una iglesia u oratorio previstos exclusivamente para estas celebraciones, el párroco o el Ordinario, de acuerdo con el sacerdote idóneo, dispongan para ellas las modalidades más favorables, sin excluir la posibilidad de una repetición de las celebraciones del Triduo pascual en la misma iglesia.

Los Ritos de las Órdenes religiosas

34. Se permite el uso de los libros litúrgicos propios de las Órdenes religiosas vigente en 1962.

Pontificale Romanum y Rituale Romanum

35. Se permite el uso del Pontificale Romanum y del Rituale Romanum, así como del Caeremoniale Episcoporum vigente en 1962, a tenor del n. 28 de esta Instrucción, quedando en vigor lo dispuesto en el n. 31 de la misma.

El Sumo Pontífice Benedicto XVI, en la audiencia del día 8 de abril de 2011, concedida al suscrito cardenal presidente de la Pontificia Comisión «Ecclesia Dei», ha aprobado la presente Instrucción y ha ordenado su publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, el 30 de abril de 2011, memoria de san Pío V.

William Cardenal Levada
Presidente

Monseñor Guido Pozzo
Secretario


1 Benedicto XVI, Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum», I, en AAS 99 (2007) 777; cf. Instrucción general del Misal Romano, tercera edición, 2002, n. 397.

2 Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 798.

3 Cf. Código de derecho canónico, can. 838 § 1 y § 2.

4 Cf. Código de derecho canónico, can 331.

5 Cf. Código de derecho canónico, cann. 223 § 2; 838 § 1 y § 4.

6 Cf. Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 799.

7 Cf. Código de derecho canónico, can. 900 § 2.

8 Cf. Código de derecho canónico, can. 249; cf. concilio Vaticano II, constitución Sacrosanctum Concilium, n. 36; declaración Optatam totius, n. 13.

9 Cf. Benedicto XVI, Carta a los obispos que acompaña la Carta apostólica motu proprio data «Summorum Pontificum» sobre el uso de la Liturgia romana anterior a la reforma efectuada en 1970, en AAS 99 (2007) 797.

Fuente: Vaticano


martes, 5 de abril de 2011

El Alma de todo Apostolado


PRIMERA PARTE

Las obras y la vida interior.

4ª—Cuán desconocida es la vida interior

San Gregorio el Grande, en quien aparecen íntimamente vinculadas la vida activa y contemplativa, caracteriza y pinta en una palabra el estado del alma de San Benito, que ponía en Subiaco el fundamento y base de su regla, que había de constituir una de las más poderosas palancas del Apostolado de que Dios se ha servido sobre la tierra; y esta frase en que retrata de cuerpo entero al patriarca citado es: Secum vivebat

Es diametralmente opuesto a lo que, será triste, pero es necesario confesar, sucede a la gran mayoría de nuestros contemporáneos. Vivir consigo, en sí, querer gobernarse a sí mismo y no dejarse gobernar por lo de fuera. Este es el ideal de los hombres de mundo.

Reducir la imaginación, la sensibilidad y aun la inteligencia y la memoria al oficio de sirvientes de la voluntad: conformar sin cesar y continuamente esta voluntad humana a la divina, es un programa, una bandera que a duras penas tiene adeptos en un siglo de agitación como este que ha visto nacer un ideal nuevo, un programa desconocido que no aparecía en la bandera de Cristo: «el amor de la acción por la acción»

Para justificar la indisciplina de las facultades y potencias que integran nuestra personalidad todos los pretextos se han juzgado buenos: negocios, cuidados de familia, higiene, el crédito, el amor de la patria, buen nombre de la corporación, la gloria de Dios, se invocan con frecuencia y a porfía para impedir que vivamos en nosotros mismos. Esta suerte de éxtasis de la vida de fuera de sí mismo llega hasta ejercer sobre nosotros una atracción irresistible.

¿Nos asombraremos por consiguiente de que la vida interior sea desconocida?

Desconocida, es muy poco decir: es frecuentemente despreciada y ridiculizada aun por aquellos que debieran mas apreciar sus ventajas y su necesidad. Necesaria fue una carta memorable dirigida por León XIII al cardenal Gibbons, obispo de Baltimore, protestando contra las consecuencias peligrosas de una admiración exclusiva por las obras.

Con el propósito de evitar la labor que trae aparejada el cultivo de la vida interior, el cristiano moderno llega a desconocer la excelencia de la vida con Jesús, en Jesús, por Jesús; a olvidar que en el plan de la Redención hánse establecido con bases y fundamentos tanto la vida eucarística como la roca de Pedro. El sistema de los modernos espiritualistas que relegar se empeñan a segundo lugar lo que es primario, esencial, se designa con la palabra «americanismo». Para los partidarios de esta escuela, la Iglesia no es todavía un templo protestante ni el sagrario, un desierto; pero la eucaristía, según estos modernistas, no puede adaptarse ni llegar las exigencias de las civilización moderna; y la vida interior, que mana y procede forzosamente e la vida eucarística, pasó para no volver más.

Para este linaje de personas que, por desgracia, forman legión, imbuidas en estas teorías, la comunión ha perdido el verdadero sentido y gusto que tenia para los primeros cristianos; no dejan de creer en la Eucaristía, mas no ven en ella un elemento necesario de vida.

Es superfluo tratar de sorprender a estos hombres hablando con Jesús Sacramentado a solas; la vida interior no la consideran más que como un recuerdo de los siglos bárbaros.

Si tenemos paciencia para escuchar a estos hombres de obras, cuando hablan de sus hazañas, parece que Dios, creador de cielos y tierra, ante quien el universo es polvo y nada, no puede pasar sin el concurso y colaboración de ellos. Muchos fieles y aun sacerdotes y religiosos han llegado a constituir y elevar a la categoría de dogma el culto a la acción , en el que inspiran sus actos y les hace entregarse sin freno a la vida de fuera de sí. La Iglesia, la diócesis, la parroquia, la congregación, la obra tienen necesidad de mí. Soy mas útil necesario a Dios, dijeran con satisfacción si esas frases que suenan a vanidad y osadía no fueran manifestadoras de fatuidad reprobadas por cualquier hombre que este en sus cabales. No obstante, viven latentes en fondo del corazón tanto la presunción, que es la base, causa y origen de ella, como la debilidad de fe que la engendró.

Se ordena con frecuencia al neurasténico que se abstenga de todo trabajo. Remedio insoportable para el pobrecito, porque precisamente la enfermedad le pone en una excitación febril que constituyendo para él una segunda naturaleza, le obliga a nuevos gastos de energías y emociones que agravan su mal.

No de otra suerte acaece al hombre de obras con relación a la vida interior: la mira con tanto más desdén, ¿qué digo? la tiene tanta mas repugnancia cuanto que sólo en su práctica encontrar puede su curación.

El navío marcha a todo vapor, y mientras el que lo dirige esta admirado y entusiasmado de la celeridad de la marcha, Dios juzga que por falta de un piloto sagaz, el buque corre a la ventura y riesgo de ir a pique.

El americanista se figura, al ver, a lo menos, las apariencias y brillo de resultados aparatosos, que su labor aporta a la gloria de Dios no pequeñas ventajas y beneficios; pero el análisis sobre las obras de los adoradores de Dios en espíritu y verdad hecho por Jesucristo, revela negativos resultados.

Este estado de cosas y espíritus, este ambiente y atmosfera naturalista, explica cómo en nuestros días, si bien todavía tienen estima las escuelas, misiones, hospitales, etc., el sacrificio, la inmolación por la penitencia y oración son cada día menos comprendidos.

El americanista, no sabiendo los tesoros que están encerrados en la inmolación oculta, no se quedara satisfecho, dando el calificativo de cobardes, inactivos e iluminados a los que se dedican a ella en la soledad y silencio del Claustro, sin que por esto les lleven la palma en pro de la salvación de las almas, los misioneros mas infatigables, sinó que pasando más adelante, ridiculizara a las personas de obras que juzgan indispensable retirarse algunos instantes para purificarse y animar su celo cerca del Tabernáculo y alcanzar de Jesús Sacramentado mejores resultados para sus obras.

domingo, 6 de marzo de 2011

Intimidad Divina P. Gabriel de Sta. M. Magdalena, O.C.D.


EL ANUNCIO DE LA PASION

DOMINGO DE QUINCUAGESIMA

Presencia de Dios.- ¡Oh Jesús! Dame

luz para comprender el ministerio

del sufrimiento y su valor

PUNTO PRIMERO.- Ante la proximidad de la Cuaresma, tiempo penetrado totalmente por el recuerdo de los padecimientos de Jesús, el evangelio de hoy (Lc. 18, 31-43) nos anuncia ya su Pasión.

La predicción es bien clara. «El hijo del hombre será entregado a los gentiles y escarnecido e insultado y escupido, y después de haberle azotado le quitaran la vida, y al tercer día resucitará»; pero, igual que otras veces, los apóstoles «no entendían nada de esto, eras cosas inteligibles para ellos». No entendían porque creían que la misión de Jesús era la de un conquistador terreno que venía a establecer de nuevo el reino de Israel; por eso no soñaban más que en triunfos y, al estar preocupados solamente por ocupar los primeros puestos en el nuevo reino, cualquiera alusión a la Pasión los asustaba y escandalizaba.

Para los que sólo piensan en la prosperidad y en la gloria terrena, el lenguaje de la cruz es incomprensible. Para los que tienen una visión material de las cosas resulta muy duro el entender su significado espiritual y aun mas difícil comprender el significado del sufrimiento. Ya San Pablo decía que Cristo crucificado era «escándalo para los judíos y locura para los gentiles» (1 Cor. 1,23). Y cuando San Pedro, ante el primer anuncio de la Pasión, exclamo: «No quiera Dios, Señor, que esto suceda», Jesús le reprendió diciéndole sin más: «Vete de ahí, quítateme de delante, Satanás..., pues tus miras no son las de Dios, sino las de los hombres» (Mt. 16,22-23). Para la sabiduría de los hombres el sufrimiento es locura incomprensible, es cosa que desconcierta, hasta hacerles perder su confianza en Dios e inducirles a murmurar de la divina Providencia. Por el contrario, para la sabiduría según Dios, el sufrimiento es un medio de salvación y de redención. Y así como fue «necesario que el Mesías padeciese para entrar en su gloria» (lc. 24,26), del mismo modo es necesario que el cristiano pase por el crisol del sufrimiento y del dolor para llegar a la santidad y a la vida eterna.

"¡Oh Hijo del Padre Eterno, Jesucristo, Señor Nuestro, Rey Verdadero de todo! ¿Qué dejasteis en el mundo, que pudimos heredar de Vos vuestros descendientes? ¿Qué poseísteis, Señor mío, sino trabajos y dolores y deshonras, y aun no tuvisteis sino un madero en que pasar el trabajoso trago de la muerte? En fin, Dios mío, que los que quisiéremos ser vuestros hijos verdaderos y no renunciar la herencia no nos conviene huir del padecer. Vuestras armas son cinco llagas. Ea, pues, hijas mías, esta ha de ser nuestra divisa, si hemos de heredar su reino; no con descansos, no con regalos, no con honras, no con riquezas se ha de ganar lo que El compró con tanta sangra. ¡Oh, gente ilustre, abrid por amor de Dios los ojos; mirad que los verdaderos caballeros de Jesucristo y los príncipes de su Iglesia , un San Pedro y San Pablo no llevaban el camino que lleváis! ¿Pensáis por ventura que ha de haber nuevo camino para vosotros? No lo creáis" (TJ. Fd. 10,11)

PUNTO SEGUNDO.- Sólo después de la venida del Espíritu Santo comprendieron plenamente los apóstoles el significado de la Pasión de Jesús, y, antes que escandalizarse de ella, tuvieron como la mayor honra el seguir y predicar a Cristo Crucificado.

El ojo humano no tiene potencia para comprender el valor de la cruz; es necesaria una nueva luz, la luz del Espíritu Santo. No sin razón, pues, a continuación de la profecía de la Pasión, se narra el Evangelio de hoy la curación del ciego de Jericó. Frente al misterio del dolor todos somos algo ciegos: Cuando el sufrimiento nos toca en lo que para nosotros es más querido e intimo, es fácil desorientarse y titubear en la incertidumbre y en las tinieblas, como ciegos. Por eso hoy la Iglesia nos invita a renovar la oración confiada del ciego: «¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mi¡».

El mundo se maravilla frecuentemente de los sufrimientos de los buenos y, en vez de animarlos cuando recurren a Dios, procuran alejarlos de El infundiéndoles desconfianza y falsos temores. Nuestras mismas pasiones y nuestra tendencia innata a gozar gritan dentro de nosotros y, con los más variados pretextos, quisieran impedirnos el seguir a Cristo crucificado. Permanezcamos firmes en nuestra fe, como el pobre ciego que, sin preocuparse de la muchedumbre que le impedía acercarse a Jesús, sin rendirse a los reproches de los discípulos que querían hacerlo callar, «gritaba cada vez mas fuerte» repitiendo su oración.

Álcese hasta el Señor desde el fondo de nuestros corazones el grito de nuestra oración: «De profundis clamavi ad te, Domine: Domine exaudi vocem meam¡» (Sal. 129). No pidamos al Señor que nos libre del sufrimiento, sino mas bien que nos haga comprender su valor: «¡Señor, que vea!» Apenas el ciego recupero la vista corrió en pos de Jesús «glorificando a Dios». La luz sobrenatural que pedimos al Señor nos dará la fuerza para seguir en pos de Él llevando nuestra cruz.

¡Oh Jesús mío! Siendo la cruz tu divisa, sería vergonzoso que yo pidiera verme libre de ella. De un solo mal te suplico ardientemente que me libres: de cualquier pecado deliberado. Por mínimo que sea: aléjalo siempre de mi, por los meritos de tu Pasión. Por lo que se refiere a otros males: padecimientos del cuerpo y del espíritu, dolores físicos y morales, solo te pido luz y fuerza: luz para comprender el significado misterioso que tiene en los planes de la divina Providencia, luz para creer firmemente que cualquier prueba o amargura , cualquier pesar o trastorno, todas son cosas dispuestas por ti para mayor bien mío; fuerza para que no me impresionen las falsas máximas del mundo ni me extravíen los vanos espejismos de felicidad terrena, fuerza para abrazar con valentía y amor todo género de sufrimientos.