"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

viernes, 12 de julio de 2013

 

ADVERTENCIA A LOS PADRES

Por San Alfonso Ligorio (1696-1787)
San Alfonso, fue el fundador de la Orden de los Redentoristas. El Obispo y Doctor de la Iglesia habla sobre los privilegios y las responsabilidades de los padres como una vocación especial de Dios. La sabiduría de este santo ha guiado y fortalecido a los católicos por más de 200 años. 
 
El Evangelio nos dice que, un buen árbol no produce mal fruto, y que un árbol malo no puede producir fruto bueno. Lo que aprendemos de esto, es que un buen padre cría hijos buenos. Pero que si los padres son débiles, ¿cómo pueden ser sus hijos virtuosos? ¿Acaso, dice Nuestro Señor, en el mismo Evangelio, se recogen uvas de los espinos, e higos de los abrojos? (San Mateo 7:16). Así es imposible, o de hecho muy difícil, encontrar hijos virtuosos, quienes hayan sido criados por padres inmorales. Padres, estad atentos a este sermón, de gran importancia para la salvación eterna de vosotros y de vuestros hijos. Estad atentos, jóvenes, hombres y mujeres que no habéis elegido aún vuestro estado de vida. Si deseáis casarse, aprended las obligaciones que se adquieren en la observancia de la formación de vuestros hijos, y aprended también, que si vosotros no las llenáis, traeréis sobre vosotros y sobre vuestros hijos la condenación. Dividiremos esto en dos puntos. En el primero, mostraremos lo importante que es formar en los hijos hábitos de virtud; y en el segundo mostraremos con qué cuidado y diligencia un padre debe trabajar para que crezcan bien.
Un padre tiene dos obligaciones para con sus hijos; está obligado a proveerlos de sus necesidades corporales y de educarles en la virtud. No es necesario extendernos sobre la primera obligación, más que existen algunos padres que son más crueles que las más feroces bestias salvajes; aquellos que malgastan toda su fortuna o bienes en comer, beber y placeres y permiten que sus hijos mueran de hambre. Pero, discutamos sobre la formación que es la materia de nuestro artículo.
Ciertamente que la futura buena o mala conducta de un hijo depende si se ha criado bien o pobremente. La naturaleza por si misma enseña a cada padre atender la educación de su descendencia. Dios le da hijos a los padres, no para que pueden asistir a la familia, sino para que crezcan en el temor de Dios, y sean conducidos en el camino de la salvación eterna. “Tenemos, dice San Juan Crisóstomo, un gran depósito en los niños, atendámosles con gran cuidado”. Los hijos no han sido otorgados a los padres como un regalo, del que se pueda disponer a placer. Los hijos han sido confiados, por esta confianza, si se pierden por negligencia, los padres deberán rendir cuentas a Dios.
Un gran Padre de la Iglesia dijo, que en el día del juicio, los padres tendrán que rendir cuentas por todos los pecados de sus hijos. Así que aquel que enseña a su hijo a vivir en el bien, tendrá una feliz y tranquila muerte. El que instruye a su hijo ... cuando llegue la muerte no sentirá pena, Porque deja a los suyos un defensor frente a sus enemigos. (Eclesiástico 30:3,5) Y podrá salvar su alma por medio de sus hijos, es decir, por la formación virtuosa que les dio. Se salvará mediante su maternidad.. (I Tim. 2:15)
Por otro lado, una difícil y triste muerte tendrán aquellos quienes solamente trabajaron para incrementar sus posesiones o multiplicar los honores familiares, o aquellos quienes vieron solo por dejar a sus hijos comodidad y placeres y no les procuraron valores morales. San Pablo dice que aquellos padres son peores que infieles. Quien no se preocupa de lo suyo, principalmente de los de su casa, ha renegado de la Fe, y es peor que un infiel. (I Tim.5:8)
Aquellos padres que prefirieron llevar una vida de piedad y continua oración, de comunicación diaria, debieron condenarse si por negligencia descuidaron a sus hijos.
Si todos los padres cumplieran con su deber de vigilar la formación de sus hijos, tendríamos muy pocos crímenes. Por la mala educación que los padres dan a su descendencia, causan que sus hijos, dice San Juan Crisóstomo, caigan en graves vicios; y los entregan así al verdugo. Así sucedió en un pueblo: un padre quien fuera la causa de todas las irregularidades de su hijo, fue justamente castigado por sus crímenes con gran severidad, más aún que sus hijos. Gran infortunio es para los hijos tener padres viciosos, incapaces de inculcar en sus hijos el temor a Dios, aquellos que ven a sus hijos con malas compañías y en riñas, y en lugar de corregirles y castigarles, les toman compasión y dicen: “¿Qué puedo hacer? Son jóvenes, esperemos que cuando maduren se alejen de ello”. ¡Qué palabras tan débiles, qué educación tan cruel! ¿En verdad, esperan que cuando los hijos maduren lleguen a ser santos? Escuchad lo que Salomón dice: Mostrad al niño el camino que debe seguir, y se mantendrá en él aun en la vejez. (Prov. 22:6) Sus huesos, dice el santo Job, se llenarán con los vicios de su juventud, y dormirán con él en el polvo. (Job.20:11) Cuando una persona joven ha vivido con malos hábitos, los llevará a la tumba. Las impurezas, blasfemias y odios, a los que se acostumbró en su juventud, lo acompañarán hasta la tumba, y dormirán con él hasta que sus huesos sean reducidos a cenizas. Corrige a tu hijo mientras haya esperanza; sino, tu serás el responsable de su muerte (Prov. 19:18) Es muy sencillo, cuando son pequeños, entrenar a los hijos en la virtud, pero cuando llegan a la madurez, es igual de difícil corregirles, si han aprendido los hábitos del vicio.
Vayamos al segundo punto, que es, sobre los medios para formar a los hijos en la práctica de la virtud. Os ruego, padres de familia, que recordéis os lo que ahora digo, de la formación depende la salvación eterna de vuestras propias almas y de las almas de vuestros hijos.
San Pablo nos enseña en pocas palabras, en lo que consiste la educación correcta de los hijos. Nos dice que ésta consiste en la disciplina y corrección. Y vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino educadles en la disciplina y corrección del Señor.(Efesios 5:4) Disciplina es igual a regulación religiosa de la moral en los niños, implica una obligación de educarles en hábitos de virtud, por medio de la palabra y el ejemplo. Primero, por las palabras un buen padre debe inculcar a su hijo el santo temor de Dios. Esta fue la manera en que Tobías educó a su pequeño hijo. El padre le enseñó desde su infancia a temer a Dios y a alejarse del pecado. (Tobías 1:10) El sabio dice, que un hijo bien educado es el soporte y consuelo de su padre. Instruye a tu hijo, y él será tu descanso, y dará alegría a tu alma. (Prov 29:17) Así como un hijo bien formado es la alegría para el alma de su padre, un hijo ignorante es fuente de tristeza para el corazón de su padre, la ignorancia de sus obligaciones como cristiano siempre acompañarán a una mala vida.
Se cuenta que en el año 1248, a un sacerdote ignorante le fue ordenado, durante cierto sínodo, hacer un discurso. El sacerdote estaba muy agitado por la orden y el diablo se le apareció y le dijo: “Los rectores de la oscuridad infernal saludan al rector de los parroquianos, y le agradecen su negligencia en la instrucción de la gente; ya que de la ignorancia proceden las faltas y la condenación de muchos”.
La misma verdad es para los padres negligentes. Un padre tiene la obligación de instruir a sus hijos en las verdades de la Fe, y particularmente en los cuatro misterios principales. Primero, que hay Un Dios, el Creador y Señor de todas las cosas; segundo, que este Dios es Juez, Quien, en la otra vida, recompensará a los buenos con la gloria eterna del Paraíso, y que castigará a los débiles por siempre en los tormentos del Infierno; tercero, el Misterio de la Santísima Trinidad, esto es, que en Dios hay Tres Personas, Uno en Esencia y Trino en Personas; cuarto, el Misterio de la Encarnación del Divino Verbo, el Hijo de Dios, Dios Verdadero, que se hizo hombre en el vientre purísimo de la Virgen María, y que sufrió y murió para nuestra salvación.
¿Podría ser admitida la excusa de un padre o una madre, que diga: “Yo mismo no sé estos misterios? ¿Puede un pecado justificar otro? Si sois ignorantes, entonces tenéis la obligación de aprenderlos, y enseguida enseñárselos a vuestros hijos. Al menos enviad a vuestros hijos con un catequista digno. Que cosa tan miserable es ver a los padres y a las madres, incapaces de instruir a sus hijos e hijas en la doctrina Cristiana, empleándose en ocupaciones de poca monta, y cuando ellos crecen, no saben el significado de pecado mortal, de Infierno o de eternidad. No saben siquiera el Credo, el Padre Nuestro, o el Ave María, los cuales todo cristiano está obligado a aprender bajo pena de pecado mortal.
Los padres religiosos no solamente pueden instruir a sus hijos en estas cosas, que son las más importantes, sino también pueden enseñarles lo que se debe hacer cada mañana al amanecer. Enseñarles primeramente agradecer a Dios por haber preservado su vida durante la noche, en segundo lugar ofrecerle a Dios todas las buenas acciones que harán y todos los sufrimientos que pasarán diariamente, también implorar a Jesucristo y a Nuestra Santa Madre María que los preserve de todo pecado durante el día. Enseñarles, al anochecer hacer un examen de conciencia y un acto de contrición. También les deben enseñar actos de Fe, Esperanza y Caridad, a rezar el Rosario, y visitar al Santísimo Sacramento. Algunos buenos padres de familia tienen cuidado en obtener un libro de meditaciones para leerlo y tener oración mental comunitariamente media hora al día. Esto es a lo que el Espíritu Santo nos exhorta a practicar. ¿Tenéis hijos? Instruirles la mente desde su niñez. (Ecl. 7:25) Entrenadles estos hábitos religiosos desde la infancia y cuando crezcan ellos perseverarán en ellos. Acostumbradlos a la confesión y comunión semanal.
Muy útil también es infundir en los infantes buenas máximas en sus mentes. ¡Cuan ruin es que un niño sea educado por las peores máximas de sus padres! “Debes, dicen algunos padres a sus hijos, buscar el aplauso y la estima de todo mundo. Dios es misericordioso, El tendrá compasión de ciertos pecados” ¡Qué miserable es el joven que peca por obedecer tales máximas! Los buenos padres les enseñan máximas muy distintas a sus hijos. La Reina Blanche, madre de San Luis Rey de Francia, acostumbraba a decirle a su hijo: “Hijo mío, preferiría verte morir en mis brazos, antes que en pecado”. Por lo tanto, que sea vuestra práctica, la que también infunda en vuestros hijos ciertas máximas de salvación, porque, ¿De que serviría ganar el mundo entero si perdemos nuestras propias almas? Todo en este mundo tiene un final, mas la eternidad nunca termina. Una de estas máximas bien impresas en la mente de una persona joven, la preservará siempre en Gracia de Dios.
Sin embargo, los padres están obligados a instruir a sus hijos en la práctica de la virtud, no solamente por medio de palabras, sino, también con el ejemplo. Si dais a vuestros hijos mal ejemplo, ¿cómo esperáis que sigan una vida correcta? Cuando un joven disoluto es corregido por una falta, su respuesta será: “¿Por qué me censuras, si mi padre hace cosas peores?" Los hijos reprocharán a su padre impío porque por su culpa quedaron en deshonra. (Eccl. 41:10) ¿Es posible para un hijo ser religioso y moral cuando ha tenido por ejemplo el de su padre de blasfemias y obscenidades, cuando pasa el día entero en los bares, casas de juego, cuando frecuenta casas de mala fama, y defrauda a su vecino ¿Esperáis que vuestro hijo frecuente la confesión, cuando vosotros mismos se aproximáis al confesionario una vez al año?
Una fábula nos relata, que había un cangrejo que reprendía a sus hijos por caminar torcidamente, estos replicaron, “padre, veamos como caminas.” El padre caminó delante de ellos, aún más torcidamente que sus vástagos. Esto sucede cuando un padre da mal ejemplo. Por esto no tendrá el valor de corregir los pecados de los suyos cuando él mismo los comete.
De acuerdo con Santo Tomás, los padres escandalosos obligan, de cierta manera a sus hijos a llevar una mala vida. Dice San Bernardo: “No son padres, sino asesinos, no de cuerpos, sino de las almas de sus hijos”. Es muy común oír a los decir: “ Mis hijos tienen por nacimiento mala disposición.” Esto no es verdad, Séneca decía: “Te equivocas si piensas que los vicios nacen con nosotros; éstos se injertan.” Los vicios no nacen con vuestros hijos, sino que son comunicados por medio del mal ejemplo de los padres. Si hubierais dado buen ejemplo a vuestros hijos, no serían lo viciosos que son. Así pues, padres, frecuentad los Sacramentos, aprended de los sermones, rezad el Rosario todos los días, abstenedse del leguaje obsceno, de la detracción, de los pleitos y verás que vuestros hijos siguen vuestro ejemplo. Es de particular necesidad que forméis a los niños en la virtud desde la infancia, Instruidles la mente desde la niñez, para cuando ellos crezcan, y contraigan malos hábitos, será muy difícil para vosotros enmendar sus vidas por medio de palabras.
Para formar a los hijos en la disciplina del Señor, es también necesario alejarles de la ocasión de hacer mal. Un padre debe prohibir a sus hijos salir por las noches, o a una casa en la que su virtud está en peligro, o tener malas compañías. Despide, dijo Sara a Abraham, a esa esclava y a su hijo. (Gen. 21:10). Sara deseaba que Ismael, el hijo de Agar la concubina, fuera apartado de su casa, para que su hijo Isacc no aprendiera los vicios de aquel. Las malas compañías son la ruina de los jóvenes. Un padre debe no solamente alejar de sus hijos el mal del cual es testigo, sino que debe prevenir la conducta de sus hijos e informarse sobre las familias y los lugares que frecuentan, vigilar sus ocupaciones y compañías. Un padre debe prohibir a sus hijos que lleven a casa objetos robados. Cuando Tobías escuchó balar a una cabra en su casa, dijo, Tengan cuidado, quizá es robada, anden y devuélvanla a sus dueños. (Tob. 2:21)
Los padres deben prohibir a sus hijos toda clase de juegos que traigan destrucción a las familias y a sus almas, también los bailes, los entretenimientos sugestivos, las conversaciones peligrosas y fiestas de placer. Los padres deben quitar de sus casas las novelas de romance que pervierten a los jóvenes y todos los malos libros que contengan máximas perniciosas, cuentos obscenos, o de amor profano. El padre no debe permitir que sus hijas estén a solas con hombres, ya sean jóvenes o viejos. Alguno dirá: “Este hombre quien cuida de mi hija, es un santo”. Los santos están en el Cielo, porque los santos que están en la tierra son carne y si están próximos a las ocasiones, pueden convertirse en demonios.
Otra obligación de los padres es corregir las faltas de la familia. “Formadles en la disciplina y corrección del Señor”. Existen padres que cuando son testigos de las faltas que se comenten en la familia, permanecen en silencio. Por temor de desagradar a sus hijos algunos padres rehúsan a corregirles, pero, si veis a un hijo en una piscina y en peligro de ahogarse, ¿no sería cruel tomarle de los cabellos y salvarle la vida? El que no usa la vara odia a su hijo, el que lo ama, no demora en corregirlo. (Prov. 13:24) Si amáis a vuestros hijos, corregidles, mientras crecen castigadles, hasta con la vara, tan seguido como sea necesario.
He dicho con la vara y no con un palo, debéis corregirles como un padre y no como un carcelero. Debéis tener cuidado de no golpearles con pasión, porque entonces vosotros estaréis en peligro y la corrección quedará sin fruto si se les golpea con mucha severidad y ellos creerán que el castigo es el efecto de la ira y no el deseo de vuestra parte por enmendar sus vidas. Tenemos algo más que agregar, que vosotros debéis corregirles mientras están creciendo, para que cuando ellos alcancen la madurez, vuestra corrección será poca. Debéis de abstenerse de corregirles con la mano, de otro modo, se harán perversos y perderán el respeto hacia vosotros. ¿Qué tan correcto es usar injurias y imprecaciones al corregir a los hijos? Privadles de algún alimento, de algunos artículos del vestido, o enviadles a su cuarto. Hemos dicho suficiente. La conclusión de este discurso, es que aquel que haya formado mal a sus hijos, deberá de ser severamente castigado y aquel que los haya formado en la virtud, recibirá una gran recompensa.
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Usted ha tenido el valor de leer este artículo, que más que una valiosa advertencia, es la exigencia que necesita permanecer profundamente en la mente de los padres. Si usted hace copias de este artículo y lo distribuye a muchos padres, será agradable a Dios y usted acumulará tesoros en el cielo, ya que este tipo de instrucción es la que todos los padres de familia necesitan en la difícil tarea de criar a sus hijos.

lunes, 8 de julio de 2013

 
A JESUS CRUCIFICADO
 
No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
Muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar por que te quiera;
Porque aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.

domingo, 7 de octubre de 2012

LA VIDA DE ORACION San Pedro Julián de Eymard


Ego cibo invisibeei el potu qui ab hominibus videri non potes¡, utor.
"Me alimento de un pan y una bebida invisibles a los hombres". (TOB., XII, 19).

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Hay en el hombre dos vidas: la del cuerpo y la del alma; una y otra siguen, en su orden, las mismas leyes.
La del cuerpo depende, en primer lugar, de la alimentación; cual es la comida, tal la salud; depende en segundo lugar del ejercicio que desarrolla y da fuerzas, y, por último, del descanso, donde se rehacen las fuerzas cansadas con el ejercicio. Todo exceso en una de estas leyes es, en mayor o menor grado, principio de enfermedad o de muerte.
Las leyes del alma en el orden sobrenatural son las mismas, de las cuales no debe apartarse, como tampoco el cuerpo de las suyas.
Ahora bien: la comida, el manjar del alma, así como su vida, es Dios. Acá abajo, Dios conocido, amado y servido por la fe; en el cielo, Dios visto, poseído y amado sin nubes. Siempre Dios. El alma se alimenta de Dios meditando su palabra, con la gracia, con la súplica, que es el fondo de la oración y el único medio de obtener la divina gracia.
De la misma manera que en la naturaleza cada temperamento necesita alimentación diferente según la edad, los trabajos y las fuerzas que gasta, así también cada alma necesita una dosis particular de oración. Notad que no es la virtud la que sostiene la vida divina, sino la oración, pues la virtud es un sacrificio y resta fuerzas en lugar de alimentar. En cambio, quien sabe orar según sus necesidades cumple con su ley de vida, que no es igual para todos, pues unos no necesitan de mucha oración para sostenerse en estado de gracia, en tanto que otros necesitan larga. Esta observación es absolutamente segura: es un dato de la experiencia.
Mirad un alma que se conserva bien en estado de gracia con poca oración; no tiene necesidad de más; pero no volará muy alto.
A otra, al contrario, le cuesta mucho conservarse en él con mucha oración y siente que le es necesario darse de lleno a ella. ¡Ore esa alma, que ore siempre, pues se parece a esas naturalezas más flacas que necesitan comer con mayor frecuencia, so pena de caer enfermas!
Mas hay oraciones de estado que son obligatorias. El sacerdote tiene que rezar el oficio y el religioso sus oraciones de regla. Estas nunca es lícito omitirlas ni disminuirlas por sí mismo, de propia autoridad.
La piedad hace que uno sea religioso en medio del mundo. A estas almas la gracia de Dios pide más oraciones que las de la mañana y de la tarde. La condición esencial para conservarse en la piedad es orar más. Es imposible de otro modo.
Sabéis muy bien que hay dos clases de oración; la vocal, de la que hemos venido hablando, y la mental, que es el alma de la primera. Cuando uno no ora, cuando la intención no se ocupa en Dios al orar verbalmente, las palabras nada producen: la única virtud que tienen se la presta la intención, el corazón.
¿Será necesaria la oración mental considerada en su acepción más restringida de meditación, de oración? Es, cuando menos, muy útil, puesto que todos los santos la han practicado y recomendado; es muy útil, porque es difícil llegar sin ella a la santidad.
Esto me conduce como de la mano a decir que hay una oración de necesidad, una oración de consejo y una oración de perfección.
¡Sí; estáis estrictamente obligados, bajo pena de condenación, a orar! Abrid el evangelio y al punto veréis el precepto de la oración. Claro que no está indicada la medida, porque ésta tiene que ser proporcionada a la necesidad de cada uno. Debéis, sin embargo, orar lo bastante para manfeneros en estado de gracia, lo suficiente para estar a la altura de vuestros deberes.
Si no, os parecéis a un nadador que no mueve bastante los brazos; seguro que va a perderse. Que redoble sus esfuerzos, que si no su propio peso le arrastrará al abismo. Si os sentís demasiado apurados por las tentaciones, doblad las oraciones. Es lo que hacéis en otras cosas; cada cual se arregla según sus necesidades. ¡Oh! Es algo muy serio esto de proporcionar la oración a nuestras necesidades. ¡En ello va nuestra salvación! ¿Faltáis fácilmente a vuestros deberes de estado? Es que no oráis bastante. ¡Pero si os condenáis! Clamad a Dios. Moveos. La humana miseria ha disminuído vuestra marcha y acabará de echaros completamente por tierra, si no resistís fuertemente. Orad, por consiguiente, cuanto os haga falta para ser cristianos cabales.
La segunda oración es aquella con que el alma quiere unirse con Dios y entrar en su cenáculo. Aquí hace falta orar mucho, porque las obligaciones de este estado son muy estrechas. Así como en una amistad más íntima son más frecuentes las visitas y las conversaciones, así también quien quiera vivir en la intimidad con Jesús debe visitarle más a menudo y orar más. ¿Queréis seguir al Salvador? Harto mayores combates tendréis que sostener, y por lo mismo os hacen falta mayores gracias; pedidlas para alcanzarlas.
La tercera oración, o sea de perfección, es la del alma que quiere vivir de Jesús, que en todas las cosas toma por única regla de conducta la voluntad de Dios. Entra en familiaridad con nuestro Señor y ha de vivir de Dios y para Dios. Así es la vida religiosa, vida de perfección para quienes la comprenden, en la cual nos damos a Dios para que El sea nuestra ley, fin, centro y felicidad. Todo el contento de semejante alma consiste en la oración. Ni hay nada de extraño en ello; porque si corta alas a la imaginación y sujeta al entendimiento. Dios en retorno derrama en su corazón abundancia de dulces consuelos. Son raras tan bellas almas; pero las hay, sin embargo. Y ¿qué no pueden hacer en este estado? Orando convertían los santos países enteros. ¿Rezaban acaso más que ningún otro en el mundo? No siempre. Pero oraban mejor, con todas sus facultades. Sí, todo el poder de los santos estaba en su oración; ¡ y vaya si era grande, Dios mío!
¿Cómo sabré en la práctica que oro lo bastante para mi estado?-Os basta la oración que hacéis, si adelantáis en la virtud. Se llega a conocer que la alimentación es suficiente,
cuando se ve que se digiere fácilmente y que nos proporciona salud tenaz y robusta.
¿Os mantiene vuestra oración en la gracia de vuestro estado y os hace crecer? Señal que digerís bien. Si las alas de la oración os remontan muy alto, la alimentación es suficiente e iréis subiendo cada vez más.
Si, al contrario, vuestras oraciones vocales y vuestra meditación os hacen volar a ras de tierra y con el peligro de dejaros caer a cada momento, señal que no basta para dominar las miserias del hombre viejo. Eso prueba que oráis mal e insuficientemente. Merecéis este reproche del Salvador: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (1).
¿Qué sucederá? Una tremenda desdicha: ¡que nos moriremos de hambre ante la regia mesa del Salvador! Estamos ya enfermos y muy cerca de la muerte. El pan de vida ha venido a ser para nosotros alimento de muerte, y el buen vino un veneno mortal. ¿Qué queda para volvernos al estado anterior? Quitad al cuerpo el alimento, y muere. Quitad a un alma su oración, a un adorador su adoración, y se acabó: ¡cae para la eternidad!
¿Será esto posible? Sí, y aun cierto. Ni la confesión será capaz de levantaros. Porque, a la verdad, ¿para qué sirve una confesión sin contrición? Y ¿qué otra cosa que una oración más perfecta es la contrición? Tampoco os servirá la Comunión. ¿Qué puede obrar la Comunión en un cadáver, que no sabe hacer otra cosa que abrir unos ojos atontados?
Y aun caso que Dios quiera obrar un milagro de misericordia, cuanto pueda hacer se reducirá a inspiraros de nuevo afición a la oración.
El que ha perdido la vocación y abandonado la vida piadosa, comenzó por abandonar la oración. Como le arremetieron tentaciones más violentas y le atacaron con más furia los enemigos, y como, por otra parte, había arrojado las armas, no pudo por menos de ser derrotado. ¡Ojo a esto, que es de suma importancia! Por eso nos intima la Iglesia que nos guardaremos de descuidarnos en la oración, y nos exhorta a orar lo más a menudo que podamos. La oración nos guía: es nuestra vida espiritual; sin ella tropezaríamos a cada paso.
Esto supuesto, ¿sentís necesidad de orar? ¿Vais a la oración, a la adoración, como a la mesa? ¿Sí? Está muy bien. ¿Trabajáis por obrar mejor y en corregiros de vuestros defectos? Pues es muy buena señal. Eso demuestra que os sentís con fuerzas para trabajar.
Mas si, al contrario, os fastidiáis en la oración y veis con agrado que llega el momento de salir de la iglesia, ¡ah!, ¡entonces es que estáis enfermos, y os compadezco!
Dícese que, a fuerza de alimentarse bien, acaba uno por perder el gusto de las mejores cosas, que se vuelven insípidas y no nos inspiran más que asco y provocan náuseas.
He aquí lo que hemos de evitar a toda costa en el servicio de Dios y en la mesa del rey de los reyes. No nos dejemos nunca atolondrar por la costumbre, sino tengamos siempre un nuevo sentimiento que nos conmueva, nos recoja, nos caliente y nos haga orar. ¡Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia! Siempre hay que tener apetito, excitarse a tener hambre, tomar buen cuidado para no perder el gusto espiritual. Porque, lo repito, nunca podrá Dios salvarnos sin hacernos orar.
Vigilemos, pues, sobre nuestras oraciones.

lunes, 24 de septiembre de 2012

La inquietud

La inquietud no es una simple tentación, sino una fuente de la cual y por la cual vienen muchas tentaciones: diremos, pues, algo acerca de ella. La tristeza no es otra cosa que el dolor del espíritu a causa del mal que se encuentra en nosotros contra nuestra voluntad; ya sea exterior, como pobreza, enfermedad, desprecio, ya interior, como ignorancia, sequedad, repugnancia, tentación. Luego, cuando el alma siente que padece algún mal, se disgusta de tenerlo, y he aquí la tristeza, y, enseguida desea verse libre de él y poseer los medios para echarlo de sí. Hasta este momento tiene razón, porque todos, naturalmente, deseamos el bien y huimos de lo que creemos que es un mal.

Si el alma busca, por amor de Dios, los medios para librarse del mal, los buscará con paciencia, dulzura, humildad y tranquilidad, y esperará su liberación más de la bondad y providencia de Dios que de su industria y diligencia; si busca su liberación por amor propio, se inquietará y acalorará en pos de los medios, como si este bien dependiese más de ella que de Dios. No digo que así lo piense, sino que se afanará como si así lo pensase.

Si no encuentra enseguida lo que desea, caerá en inquietud y en impaciencia, las cuales, lejos de librarla del mal presente, lo empeorarán, y el alma quedará sumida en una angustia y una tristeza, y en una falta de aliento y de fuerzas tal, que le parecerá que su mal no tiene ya remedio. He aquí, pues, cómo la tristeza, que al principio es justa, engendra la inquietud, y ésta le produce un aumento de tristeza, que es mala sobre toda medida.

La inquietud es el mayor mal que puede sobrevenir a un alma, fuera del pecado; porque, así como las sediciones y revueltas intestinas de una nación la arruinan enteramente, e impiden que pueda resistir al extranjero, de la misma manera nuestro corazón, cuando está interiormente perturbado e inquieto, pierde la fuerza para conservar las virtudes que había adquirido, y también la manera de resistir las tentaciones del enemigo, el cual hace entonces toda clase de esfuerzos para pescar a río revuelto, como suele decirse.

La inquietud proviene del deseo desordenado de librarse del mal que se siente o de adquirir el bien que se espera, y, sin embargo, nada hay que empeore más el mal y que aleje tanto el bien como la inquietud y el ansia. Los pájaros quedan prisioneros en las redes y en las trampas porque, al verse cogidos en ellas, comienzan a agitarse y revolverse convulsivamente para poder salir, lo cual es causa de que, a cada momento, se enreden más. Luego, cuando te apremie el deseo de verte libre de algún mal o de poseer algún bien, ante todo es menester procurar el reposo y la tranquilidad del espíritu y el sosiego del entendimiento y de la voluntad, y después, suave y dulcemente, perseguir el logro de los deseos, empleando, con orden, los medios convenientes; y cuando digo suavemente, no quiero decir con negligencia, sino sin precipitación, turbación e inquietud; de lo contrario, en lugar de conseguir el objeto de tus deseos, lo echarás todo a perder y te enredarás cada vez más.

"Mi alma-decía David-siempre está puesta, ¡oh Señor!, en mis manos, y no puedo olvidar tu santa ley." Examina, pues, una vez al día a lo menos, o por la noche y por la mañana, si tienes tu alma en tus manos, o si alguna pasión o inquietud te la ha robado: considera si tienes tu corazón bajo tu dominio, o bien si ha huido de tus manos, para enredarse en alguna pasión des ordenada de amor, de aborrecimiento, de envidia, de deseo, de temor, de enojo, de alegría. Y, si se ha extraviado, procura, ante todo, buscarlo y conducirlo a la presencia de Dios, poniendo todos tus afectos y deseos bajo la obediencia y la dirección de su divina voluntad. Porque, así como los que temen perder alguna cosa que les agrada mucho, la tienen bien cogida de la mano, así también, a imitación de aquel gran rey, hemos de decir siempre: "¡Oh Dios mío!, mi alma está en peligro; por esto la tengo siempre en mis manos, y, de esta manera, no he olvidado tu santa ley."

No permitas que tus deseos te inquieten, por pequeños y por poco importantes que sean; porque, después de los pequeños, los grandes y los más importantes encontrarán tu corazón más dispuesto a la turbación y al desorden. Cuando sientas que llega la inquietud, encomiéndate a Dios y resuelve no hacer nada de lo que tu deseo reclama hasta que aquélla haya totalmente pasado, a no ser que se trate de alguna cosa que no se pueda diferir; en este caso, es menester refrenar la corriente del deseo, con un suave y tranquilo esfuerzo, templándola y moderándola en la medida de lo posible, y hecho esto, poner manos a la obra, no según los deseos, sino según razón.

Si puedes manifestar la inquietud al director de tu alma, o, a lo menos, a algún confidente y devoto amigo, no dudes de que enseguida te sentirás sosegada; porque la comunicación de los dolores del corazón hace en el alma el mismo efecto que la sangría en el cuerpo que siempre está calenturiento: es el remedio de los remedios. Por este motivo, dio san Luis este aviso a su hijo: "Si sientes en tu corazón algún malestar, dilo enseguida a tu confesor o a alguna buena persona, y así podrás sobrellevar suavemente tu mal, por el consuelo que sentirás."

sábado, 28 de julio de 2012

LA CONFIANZA EN LA PROVIDENCIA



La voluntad del hombre es por extremo suspicaz, de suerte que por regla general sólo se fía de sí mismo y teme siempre, por lo que atañe a sí propio, del poder y de la voluntad de otro. Lo que se posee de más precioso, fortuna, honor, reputación, salud, la vida misma, jamás se depósita en manos de otro, a menos de tener una gran confianza en él. Para el ejercicio de la caridad y del santo abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.
La sabiduría del hombre es muy limitada en sus horizontes; su voluntad es débil, mudable y sujeta a mil desfallecimientos y, por consiguiente, en vez de tener confianza en nuestras propias luces y de desconfiar de todos, incluso de Dios, debiéramos suplicarle, importunarle para que se haga su voluntad y no la nuestra, porque su voluntad es buena, buena en sí misma, benéfica para nosotros, buena como lo es Dios y forzosamente benéfica.
¿Quién es aquel que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Dios bueno. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma, y, en este sentido, "nadie es bueno sino Dios”. Santos ha habido que han participado maravillosamente de esta bondad divina, y, sin embargo, los mejores de entre los hombres no han tenido sino un riachuelo, un arroyo o a lo más un río de bondad, mientras que Dios es el océano de bondad, una bondad inagotable y sin límites. Después que haya derramado sobre nosotros beneficios casi innumerables, no hemos de suponerle ni fatigado por su expansión ni empobrecido por sus dones; quédale aún bondad hasta lo infinito para poder gastarla. A decir verdad, cuanto más da, más se enriquece, pues consigue ser mejor conocido, amado y servido, al menos por los corazones nobles. Es bueno para todos: "hace brillar su sol sobre los buenos y los malos, hace caer la lluvia sobre los justos y los pecadores" (Profeta Miqueas). No se cansa de ser bueno, y a la multitud de nuestras faltas opone "la multitud de sus misericordias" para conquistarnos a fuerza de bondades. Es necesario que castigue, porque es infinitamente justo como es infinitamente bueno; mas, "en su misma vida no olvida la misericordia" (Profeta Habacuc).
Este Dios tan bueno es "nuestro Padre que está en los cielos". Como estima tanto este título de Dios bueno y nos recuerda hasta la saciedad sus misericordias, por lo mismo le gusta proclamarse nuestro Padre. Siendo El tan grande y tan santo y nosotros tan pequeños y pecadores, hubiéramos tenido miedo de Él; para ganarse nuestra confianza y nuestro afecto, no cesa de recordarnos en los libros santos, que Él es nuestro Padre y el Dios de las misericordias. "De Él deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra" (San Pablo) y ninguno es padre como nuestro Padre de los cielos. Él es Padre por abnegación, madre por la ternura. En la tierra nada hay comparable al corazón de una madre por el olvido de sí, el afecto profundo, la misericordia incansable; nada inspira tanta confianza y abandono. Y, sin embargo, Dios sobrepasa infinitamente para nosotros a la mejor de las madres. "¿Puede una madre olvidar a su hijo, y no apiadarse del fruto de sus entrañas?, pues aunque se olvidara, yo no me olvidaré de vosotros" (Isaías). El que ha amado al mundo hasta el extremo de darle su Hijo unigénito, ¿qué nos podrá negar? Sabe mejor que nosotros lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma; quiere ser rogado, tan sólo nos echará en cara el no haber suplicado bastante, y no dará una piedra a su hijo que le pide pan. Si es preciso que se muestre severo para impedir que corramos a nuestra perdición, su corazón es quien arma su brazo; cuenta los golpes y en cuanto lo juzgue oportuno, enjugará nuestras lágrimas y derramará el bálsamo sobre la herida. Creamos en el amor de Dios para con nosotros y no dudemos jamás del corazón de nuestro Padre.
Es nuestro Redentor, que vela sobre nosotros; es más que un hermano, más que un amigo incomparable, es el médico de nuestras almas, nuestro Salvador por voluntad propia. Ha venido a "salvar el mundo de sus pecados", curar las dolencias espirituales, traernos "la vida y una vida más abundante ", "encender sobre la tierra el fuego del cielo”. Salvarnos, he aquí su misión; salir bien en esta misión, he aquí su gloria y su dicha. ¿Podrá Él no sentir interés por nosotros? Su vida de trabajos y humillaciones, su cuerpo surcado de heridas, su alma llena de dolor, el calvario y el altar, todo nos muestra que ha hecho por nosotros locuras de amor. ¡Nos ha adquirido a tan alto precio! ¿Cómo no le hemos de ser queridos? ¿En quién pudiéramos tener confianza, si no en este dulce Salvador, sin el cual estaríamos perdidos? Por otra parte, ¿no es Él el Esposo de nuestras almas? Abnegado, tierno y misericordioso para con cada una, ama con marcada dilección a aquellas que todo lo han dejado por adherirse sólo a Él. Tiene sus delicias en verlas cerca de su tabernáculo y vivir con ellas en la más dulce intimidad.
Cuando os hallareis en la aflicción -dice el Padre de la Colombiére-, considerad que el autor de ella es Aquel mismo que ha querido pasar toda su vida en los dolores, para con ellos poder preservarnos de los eternos; Aquel cuyo ángel está siempre a nuestro lado vigilando por orden suya sobre todos nuestros caminos; Aquel que ruega sin cesar sobre nuestros altares y se sacrifica mil veces al día en favor nuestro; Aquel que viene a nosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía; Aquel para quien no existe otro placer que unirse a nosotros.
- Pero me hiere cruelmente, deja caer su pesada mano sobre mí.
- ¿Qué podéis temer de una mano agujereada, que se dejó atar a la cruz por nosotros?
- Me parece andar por un camino erizado de espinas.
- Pero si no hay otro para ir al cielo, ¿preferirías perecer siempre antes que sufrir durante unos momentos? ¿No es éste el mismo camino que Él ha seguido antes de vosotros y por vosotros? ¿Podréis encontrar una espina que Él no haya enrojecido con su sangre?
- Me ofrece un cáliz lleno de amargura.
- Sí, pero recordad que es vuestro Redentor quien os lo presenta. Amándoos como os ama, ¿podría resolverse a trataros con rigor, si no hubiera para ello una utilidad extraordinaria o una urgente necesidad?
Siendo como es bueno y santo, no obra sobre nosotros sino con los fines más nobles y beneficiosos. Su objeto es y será indefectiblemente uno: la gloria de Dios. "El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo", nos dice la Escritura, y no hemos de lamentarnos por esto, pues esta gloria no es otra cosa que la alegría de darnos la eterna felicidad. Teniendo el universo por fin la glorificación de Dios mediante la beatificación de la criatura racional, síguese que en un plan secundario el fin de todas las cosas, al menos sobre la tierra, es la Iglesia católica, pues ella es la madre de la Salvación. Todas las cosas terrestres, todas, hasta las persecuciones, están hechas o permitidas por Dios para el mayor bien de la Iglesia. Y en la misma Iglesia, todo está ordenado con miras al bien de los elegidos, ya que la gloria de Dios aquí abajo se identifica con la salvación eterna del hombre, de lo cual hemos de concluir que en un tercer plano, el término invariable de las evoluciones y revoluciones de aquí abajo, no es otro que la llegada de los elegidos a su eterno destino; tanto es así, que tal vez nos sea dado ver en el cielo países enteros, removidos por la salvación de un grupo de elegidos. ¿No es cosa loable ver a Dios gobernar al mundo con el único fin de hacer seres felices y regocijarse en ellos?
La voluntad de Dios es, por tanto, la santificación de las almas. No existe un solo segundo en que, en un punto cualquiera del universo, se le pueda sorprender ocupado en otra cosa. He aquí la razón de todos estos acontecimientos grandes y pequeños que agitan en diversos sentidos las naciones, las familias, la vida privada. He aquí por qué Dios me quiere hoy enfermo, contradicho, humillado, olvidado, por qué me proporciona este encuentro feliz, me ofrece esta dificultad, me hace chocar contra esta piedra y me entrega a esta tentación.
Todos estos procedimientos los determina su amor, su deseo de mi mayor bien. ¿Con qué confianza y docilidad no debiéramos dejarnos hacer y corresponder si comprendiéramos mejor sus misericordiosos caminos? Tanto más, cuanto que sin cesar pone al servicio de su paternal bondad un poder infinito, una sabiduría intachable. Conoce, en efecto, el fin particular de cada alma, el grado de gloria a que la destina en el cielo, la medida de santidad que la tiene preparada. Para llegar al término y a la perfección sabe qué caminos ha de seguir, por cuáles pruebas ha de atravesar, qué humillaciones ha de sufrir.
En estos mil acontecimientos de que estará formada la trama de ,su existencia, la Providencia es la que tiene el hilo y lo dirige todo al fin propuesto. Del lado de Dios que lo dispone nada viene que no sea luz, sabiduría, gracia, amor y salvación. Porque siendo infinitamente poderoso, puede todo cuanto quiere. Él es el dueño, tiene en su poder la vida y la muerte, conduce a las puertas del sepulcro y saca de él. Hay en nosotros sombras y claridades, tiempo de paz y tiempo de aflicción; hay bienes y males; todo viene de Él, no hay absolutamente nada de que su Voluntad no sea dueña soberana. Hace todo según su libre consejo, y si una vez ha decretado salvar a Israel, nadie hay que pueda oponerse a su voluntad, nadie que pueda hacerle variar sus designios; contra el Señor no hay sabiduría, ni prudencia, ni profundidad de consejos.
Bien es verdad que dispone de los seres racionales respetando su libre albedrío. Pueden, pues, oponer su voluntad a la suya, y parece que la tienen en jaque. Mas en realidad, la resistencia de unos y la obediencia de otros le son conocidas desde toda la eternidad, y las tuvo en cuenta al determinar sus planes; halla en los recursos infinitos de su omnipotente Sabiduría la mayor facilidad para cambiar los obstáculos en medios, a fin de hacer servir a nuestro bien las maquinaciones que el infierno y los hombres traman para perdernos. "Lo que yo he resuelto -dice el Señor en Isaías- permanecerá estable, mi voluntad se cumplirá en todas las cosas". Obrad como queráis, es necesario que la voluntad de Dios se ejecute; os dejará obrar según vuestro libre albedrío, reservándose el dar a cada uno según sus obras; mas todos los medios que podáis emplear para eludir sus designios, Él sabrá hacerlos servir para el cumplimiento de estos mismos. Entonces, ¿qué podemos temer?, ¿qué no debernos esperar siendo hijos de un Padre tan rico en bondad para amarnos y en voluntad para salvarnos, tan sabio para disponer los medios convenientes a este fin y tan moderado para aplicarlos, tan bueno para querer, tan perspicaz para ordenar, tan prudente para ejecutar?
DOM VITAL LEHODEY, O.S.B. (tomado de "El Santo Abandono")