"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

martes, 16 de diciembre de 2014

De San Alfonso Maria de Ligorio


SEGUNDA NOVENA DE NAVIDAD

DISCURSO I
(16 de Diciembre)

EL VERBO ETERNO DE DIOS SE HIZO HOMBRE

Ignem veni mittere in terram; et quid volo nisi ut
accendatur?

Fuego vine a echar sobre la tierra, y ¿qué quiero
 si ya prendió?

            Celebraban los hebreos una fiesta que llamaban día del fuego,  en memoria del fuego con que Nehemías consumió la victima cuando retornó con su compatriotas de la cautividad de Babilonia.  Así también, y con mayoría de razón, debiera llamarse día de fuego al día de Navidad, en el que viene un Dios hecho niño a prender el fuego del amor en los corazones de los hombres: Fuego bien a echar sobre la tierra,  como decía Jesucristo, y así fue en realidad.

            Antes de la venida del Mesías, ¿quién amaba a Dios sobre la tierra? Apenas era conocido en un rinconcito del mundo, es decir, en Judea, y aun allí, ¡cuán pocos eran los que le amaban al venir a la tierra! En el resto del mundo, unos adoraban al sol, otros a los animales, otros a las piedras y otros a las más despreciables criaturas.  Pero después de la venida de Jesucristo fue el nombre de Dios conocido por todas partes y amado por muchos hombres, y más amado después de la venida del Redentor, en pocos años, por los hombres abrazados en tan santo fuego, que lo que lo había sido en los cuatro mil desde la creación.

            Muchos cristianos suelen preparar en sus casas, en los días que preceden a la Navidad, un nacimiento, pero ¡cuán pocos son los que piensan en preparar su corazón para que en él pueda nacer y descansar en Jesús niño! Seamos nosotros de este reducido número, para hacernos dignos del incendio de este fuego venturoso que hace felices a las almas en la tierra y bienaventuradas en el cielo.

            Consideremos en este día primero que el Verbo eterno se hizo hombre para inflamarnos en su divino amor.  Pidamos luz a Jesucristo y a su santísima Madre, y comencemos.

                                                            I

            Peco Adán, nuestro primer padre; ingrato a tantos beneficios recibidos, se rebeló contra Dios, desobedeciendo el no comer del fruto velado.  Dios se vio, por ende, obligado a arrojarlo del paraíso terrenal y a privarlo en lo futuro, tanto a él cuanto a sus descendientes, del paraíso celeste y eterno que les preparara para despues de esta vida.
            He aquí, pues, condenados a todos los hombres a una vida de penas y miserias y excluidos para siempre del cielo.  Pero he aquí también que Dios, acomodándose a nuestro modo de hablar, y según lo narra Isaías, parece exclamar entristecido y afligido: Y ahora, ¿qué hago yo aquí?, afirma Yahveh.  Mi pueblo ha sido arrebatado sin motivo.   Y ahora, dice Dios, ¿qué delicias me puedan en el paraíso, si perdí a los hombres que eran mis delicias? Y teniendo mis delicias en los hijos de los hombres  Pero ¿cómo, Señor, vos, que tenéis en el cielo tantos serafines y tantos ángeles, cómo es posible que os resintáis tan vivamente de la perdida de los hombres?  Y ¿qué necesidad tenéis de los ángeles ni de los hombres para vuestra perfecta felicidad? Siempre fuisteis y sois felicísimo en vos mismo: ¿qué faltara, pues, para vuestra felicidad, que es infinita? Cierto, dice el Señor por boca del cardenal Hugo, sobre el texto de Isaías, pero perdiendo al hombre, pienso haberlo perdido todo,  porque cifro mis delicias en estar con los hijos de los hombres y ahora los perdí, y ellos, desgraciados, estan condenados a vivir siempre alejados de mí.  Y ¿cómo es posible que el Señor nos diga que los hombres son su delicia?  Si, escribe Santo Tomás, Dios ama tanto al hombre como si fuese su Dios y como si Él no pudiera ser feliz sin el hombre.  Añade San Gregorio Nacianceno que Dios por amor al hombre se diría ha salido fuera de sí, como lo dice el refrán «El amor saca de sí a los amantes».

            Mas no, añade el Señor, no quiero que el hombre se pierda; es preciso que se halle un Redentor que satisfaga a mi justicia por los hombres y así los rescate de las manos de los enemigos y de la muerte eterna que habían merecido.  San Bernardo, considerando este misterio,  nos presenta como en lucha la justicia y la misericordia divinas.  La justicia dice: «Estoy perdida si Adán no es castigado».  La misericordia, por el contrario, responde: «Estoy perdida si el hombre no es perdonado».  Interviene el Señor en la contienda y decide que para salvar al hombre, reo de muerte, tiene que morir un inocente que no sea deudor de nada.  Y, como en la tierra no había ningún inocente, dijo el Eterno Padre: Ya que entre los hombres no hay nadie que pueda satisfacer a mi justicia, ¡ea!, ¿Quién se ofrece a redimir al hombre?— Los ángeles, los querubines, los serafines, se callaron, sin atreverse a responder; sólo responde el Verbo eterno y dice: Heme aquí, envíame a mí».   Padre, le dice el unigénito Hijo, vuestra majestad es infinita y, ofendida por el hombre, no puede ser satisfecha por el ángel, que es pura criatura; además, aun cuando os contentaseis con la satisfacción de un ángel, pensad que, hasta ahora, ni con tantos beneficios como hemos hecho al hombre, ni con todas las promesas ni amenazas hemos podido tener su amor, porque no ha conocido todavía hasta donde llega el amor que le tenemos; si queremos obligarlo infaliblemente a amarnos ¿qué más bella ocasión podemos hallar que para redimirlo vaya yo, Hijo vuestro, a la tierra, me revista allí de carne humana y, pagando con mi muerte la pena por él debida, satisfaga cumplidamente a vuestra justicia y puede a la vez el hombre bien persuadido de nuestro amor? —Pero piensa, Hijo mio, responde el Padre, piensa que, cargando con el peso de satisfacer por el hombre, tendrás que llevar vida llena de penalidades. —No importa, acude el Hijo: Heme aquí, envíame a mí. —Piensa que tendrás que nacer en una gruta que será albergue de animales; que de allí tendrás aún tierno niño, que huir a Egipto para escapar de las mismas manos de los hombres, que desde niño te buscaran para quitarte la vida. —No importa: Heme aquí, envíame a mí. —Piensa que vuelto a Palestina, tendrás que vivir vida durísima y despreciada, pasando como simple muchacho de un pobre artesano. —No importa: Heme aquí, envíame a mí. —Piensa que cuando después salgas a predicar y tengas que manifestar quién eres, habrá, sí, algunos que te sigan, pero pocos, al paso que la mayoría te despreciará, llamándote impostor, hechicero, loco, samaritano, y, finalmente, te perseguirán, hasta el extremo de hacerte morir vergonzosamente sobre un leño infame, a puros tormentos: —No importa: Heme aquí, envíame a mí.

            No bien fue decretado que le Hijo de Dios se hiciera hombre, para ser Redentor del género humano, envióse al arcángel Gabriel a María y ésta aceptó a Dios por Hijo: Y el Verbo se hizo carne He aquí, pues, a Jesús en el seno de María, que entrando en el mundo, exclama  en la más profunda humildad y obediencia: Padre mío, ya que los hombres no pueden satisfacer a vuestra justicia con sus obras y sacrificios, por estar ofendida contra ellos, heme aquí, Hijo tuyo, ya vestido de carne humana, que vengo a satisfacerla con mis penas y con mi muerte, en vez de los hombres.  Por lo cual, al entrar en el mundo, dice: Tú ni sacrificio ni ofrenda quisiste, —pero has abierto ambos mis oídos.  Pues que ni holocausto ni oblación pedías, —entonces yo dije: « ¡Heme aquí que vengo!»; —del libro en el rollo se halla de mí escrito: «Hacer tu querer, me es grato, Dios mío, —y llevo en la entraña metida tu ley».

            ¿Sera, pues, verdad que por nosotros, miserables gusanillos, y para cautivarse nuestro amor, haya querido un Dios hacerse hombre? Sí; es de fe, como lo enseña la santa Iglesia: «Por nosotros y por nuestra salvación descendió de los cielos… y se hizo hombre».  Ahí está lo que un Dios hizo para hacerse amar de nosotros.  Alejandro Magno, después de vencer a Darío y apoderarse de Persia, para conciliarse el afecto de aquellos pueblos, se vistió al modo de la región persa.  Diríase que nuestro Dios quiso hacer lo propio: para conquistarse el efecto de los hombres, se revistió por completo de forma humana y se presentó como hombre: Hecho a semejanza de los hombres,  queriendo significar con esto hasta dónde llegaba su amor a los hombres: Porque se manifestó la gracia salvadora de Dios a todos los hombres.   El hombre no me ama, parece decir el Señor, porque no me ve; quiero darme a ver de él, conversar con él y así conquistar su amor: Y, tras esto, se manifestó en la tierra y trató con los hombres.   El amor de Dios hacia los hombres era sobrado excesivo, como lo había sido desde toda la eternidad: Te he amado con amor eterno, por eso te he guardado misericordia.  Pero este amor no se había presentado aún con toda su incomprensible grandeza, y sólo se manifestó cuando el Hijo de Dios se hizo ver, como tierno niño, en un establo y recostado sobre paja: Cuando se manifestó la bondad y amor a los hombres de Dios, nuestro Salvador.  El texto griego habla de la filantropía divina.  Dice San Bernardo que Dios manifestó el poder en la creación del mundo y la sabiduría en su gobernación, pero que sólo en la encarnación del Verbo apareció cuál fuese su gran misericordia.  Antes que Dios se presentase en la tierra hecho hombre, no podíamos llegar a comprender la grandeza de la bondad divina; y por eso tomó carne humana, para que, apareciendo como hombre, se manifestase a los hombres la grandeza de su benignidad. Y ¿de qué mejor medio podía el Señor valerse para demostrar al hombre ingrato la bondad y el amor que le profesa? «El hombre, despreciando a Dios, dice san Fulgencio, se había separado de El para siempre, y como el hombre no podía acercarse a Dios, bajó Dios a encontrarlo en la tierra». 

            Y antes lo había dicho San Agustín.  Los hombres se dejan cautivar por el amor, y las manifestaciones de efecto que alguno les manifiesta son a modo de cadenas que le atan y obligan como a la fuerza a amar a quien les ama.  Por esto quiso el Verbo eterno hacerse hombre, para atraerse con tal prueba de afecto (la mayor que pudo hallar) el amor de los hombres.  Esto parece quiso dar a entender nuestro salvador a cierto fervoroso religioso franciscano, llamado el P. Francisco de Santiago, según se lee en el diario de la Orden, en el día 15 de diciembre.  Mostrábasele a menudo como hermoso niño; mas, queriéndolo retener consigo el devoto religioso, siempre huía el niño, por lo que siempre se lamentaba el siervo de Dios.  Cierto día se le apareció el santo Niño, pero ¿cómo? Se le dejó ver con grillos de oro en las manos, dándole a entender que venía ahora a aprisionarle a él y ser por él aprisionado, para no poder ya más separarse.  Enardecido con esto Francisco, puso los grillos a los pies del Niño y lo estrechó con ellos contra el corazón; y, en efecto, desde aquel momento le pareció ver al amado Niño convertido en perpetuo prisionero en la cárcel de su corazón.  Lo que hizo Jesús en esta ocasión con su siervo lo hizo también con todos los hombres cuando tomó la naturaleza humana, pues con tal prodigio de amor quiso estar como encadenado por nosotros y atar a la vez consigo nuestros corazones, obligándonos a amarle, conforme lo había ya predicho por Oseas: Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor.

            Dios, expone San León, había ya colmado a los hombres de beneficios, pero de ningún modo les manifestó mejor el exceso de su bondad que enviándoles al Redentor a enseñarles el camino de la salvación y procurarles la vida de la gracia.

            Pregunta Santo Tomás por qué la encarnación del Verbo se llama obra del Espíritu Santo: «Y se encarnó por obra del Espíritu Santo».  Cierto que todas las obras de Dios, llamadas por los teólogos obras ad extra, son obras de las tres divinas Personas; ¿por qué, pues, se atribuye la encarnación a la sola persona del Espíritu Santo? La principal razón que nos brinda el Angélico es porque todas las obras del amor divino se atribuyen al Espíritu Santo, que es el amor substancial del Padre y del Hijo; y la obra de la encarnación fue completamente efecto del inmenso amor que Dios tuvo al hombre.  Que es lo que da a entender el profeta cuando dice: Dios viene a Tenán,  expresión que designa, según el abad Ruperto, el grande amor de Dios para con nosotros.  También San Agustín dice que el Verbo eterno vino a la tierra a fin de que el hombre conociese cuánto lo amaba Dios.  Y San Lorenzo Justiniano añade que la mayor prueba que Dios pudo dar de su amor a los hombres era la de hacerse hombre.

            Pero lo que más resalta el amor divino al género humano es que vino el Hijo de Dios a buscarlo cuando el hombre huía de Él, como lo expresó el Apóstol: Porque, en fin, no son los ángeles a quienes alarga la mano, sino al linaje de Abrahán es a quien alarga la mano,  lo que comenta San Juan Crisóstomo diciendo que no dijo suscepit (recibió), sino apprehendit  (tomó), según la metáfora de los que se siguen y se cogen.  Bajo Dios del cielo como para detener al hombre ingrato que huía de Él, como si le dijese: Hombre, mira que por tu amor vine de propósito a la tierra, ¿por qué huyes de mí? Détente, ámame; no huyas más de mí, que tanto te amo. Vino, pues, Dios a buscar al hombre perdido y, a fin de que conociese mejor el amor que este Dios le profesaba y se rindiese a amar a quien tanto le amaba, quiso, la primera vez que se le ofreció visible, aparecérsele como tierno niño reclinado sobre pajas.  « ¡Felices pajas, más hermosas que los lirios y las rosas! (exclama San Pedro Crisólogo), ¿qué bendita tierra os produjo? ¡Cuánta fue vuestra ventura en servir de lecho al Rey de los cielos!  Sois frías para Jesús porque no sabéis calentarlo en la gruta húmeda en que tirita frio, al paso que para nosotros sois fuego y llamas, pues nos abrasáis en incendio de amor que no hay ríos que lo puedan extinguir».

            No bastó, dice San Agustín, al divino amor habernos hecho a su imagen al crear al primer hombre, Adán, sino que quiso hacerse a nuestra imagen, al redimirnos.  Adán comió de la fruta vedada, engañado por la serpiente, que había dicho a Eva que quien gustase aquel fruto sería semejante a Dios, con la conquista de la ciencia del bien y del mal.  Por eso dijo el Señor entonces: Ahí tenéis al hombre vuelto como uno de nosotros, y lo dijo el Señor como ironía y para echar a Adán en rostro su audacia; mas despues de la encarnacion del Verbo podemos decir con verdad: «Dios se  ha convertido como en uno de nosotros».  Mira, pues, ¡oh hombre!, dice San Agustín, que «Dios se ha hecho hermano tuyo»: tu Dios se hizo como tú, hijo de Adán como tú, se vistió de tu misma carne, se sujetó a padecer y a morir como tú.  Podía haberse revestido de naturaleza  angélica, pero se quiso revestir de tu misma carne para satisfacer a Dios,  si bien inocente, con la misma carne del pecador Adán.  Y se gloriaba de esto, llamándose con frecuencia hijo del hombre, por lo que muy bien podemos llamarlo nuestro verdadero hermano.  El abatimiento de un Dios hecho hombre es infinitamente mayor que si todos los príncipes de la tierra, todos los ángeles y santos del cielo y aun la misma Madre de Dios se hubiesen humillado hasta convertirse en una briznita de hierba, en un poco de abono; sí, porque la hierba y el abono, los príncipes, ángeles y santos son todos criaturas, en tanto que entre la criatura y Dios hay infinita diferencia.

            «¡Ah!, observa San Bernardo, cuanto más se humilló Dios hasta hacerse hombre por nosotros, tanto más se humillo Dios hasta hacerse hombre por nosotros, tanto más nos dio a conocer su bondad!».  Y el amor que nos tiene Jesucristo, exclama el Apóstol, nos obliga y apremia a amarlo.  ¡Ah! Si no nos lo asegurase la fe, ¿quién pudiera nunca creer que un Dios, por amor a un gusanillo cual el hombre, se hubiese hecho tambien gusano?  Si aconteciese alguna vez, dice un devoto autor, que al andar pisaseis descuidadamente un gusanillo y lo mataseis y, compadecidos despues de él, oyeseis que se os decía: Si queréis volver la vida a ese gusanillo que matasteis, es preciso que os hagáis gusanillo como él, que os abran luego las venas y que con vuestra sangre se haga un baño donde el gusanillo sea sumergido para así recobrar la vida, ¿qué responderías a esto? —Y a mí ¿qué me importa—diríais seguramente— que el gusanillo resucite o deje de resucitar, si tengo que procurarle su vida con mi muerte?—Y con mayoría de razón  lo diríais si el gusanillo en cuestión no fuese un gusano innocuo, sino un ingrato reptil que, despues de haberlo colmado de beneficios,  hubiese atentado contra vuestra vida.  Más, si vuestro amor al ingrato áspid llegara a tanto que os hiciese sufrir la muerte por devolverle la vida, ¿qué dirían de ello los hombres? Y ¿qué no haría por vosotros aquella serpiente salvada con vuestra muerte si fuera capaz de razón? Pues esto es lo que hizo Jesucristo por ti, vilísimo gusanillo; y tu ingrato, si Jesucristo hubiese podido morir de nuevo, con tus pecados habrías probado a quitarle la vida.  ¡Cuánto más vil eres tú con respecto a Dios que lo que el gusano lo fuera respecto a ti!  ¿Qué le importaba a Dios que quedases muerto o condenado en tu pecado, como lo merecías? Y, con todo, tan grande fue el amor que Dios te tuvo, que, para librarte de la muerte eterna, primero se hizo gusano como tú, y después, para salvarte, quiso derramar toda su sangre y padecer la muerte que tú merecías.

            Sí, todo esto es de fe: Y el Verbo se hizo carne. Al que nos ama y nos rescató de nuestros pecados con su sangre.   La santa Iglesia, al considerar la obra de la redención, se declara aterrada: «Consideré tus obras y me aterré».  Ya antes había dicho el profeta: ¡Oh Yahveh!, he oído tu noticia (y) he temido… Sales para salvar a tu pueblo, a salvar a tu ungido.  Por lo que con razón llamó Santo Tomás al misterio de la encarnación milagro de los milagros, milagro incomprensible, con el que manifestó Dios el poder de su amor a los hombres que de Dios lo troncaba en hombre y de Creador en criatura.  De Creador lo trueca en criatura, dice San Pedro Damiano; de Señor, en esclavo; de impasible, en sometido a penalidades y muerte. Hizo ostentación de poder con su brazo. Al oír cierto día San Pedro de Alcántara cantar el Evangelio de la tercera misa de Navidad: En el principio existía el Verbo, etc., pensando en este excelso misterio, quedó tan inflamado de amor a Dios, que fue elevado en éxtasis un buen trecho por los aires hasta la presencia del Santísimo  Sacramento.  Y San Agustín decía que no se saciaba de considerar continuamente la grandeza de la divina bondad en la obra de la redención humana.  De ahí que nuestro Señor mandara a este santo, por su devocion a este misterio, a esculpir en el corazón de Santa María Magdalena de Pazzi las palabras: Y el Verbo se hizo carne.

            Quien ama, lo hace para ser amado; habiéndonos, pues, Dios amado tanto, no busco sino nuestro amor, dice San Bernardo, por lo que despues nos exhorta a cada uno de nosotros con estas palabras: «Te manifestó su amor para granjearse el tuyo»  Hombre, cualquiera que seas, ¿viste el extraordinario amor que te tuvo Dios al hacerse hombre y padecer y morir por ti? ¿Cuándo vera Dios, por experiencia y con los hecho, el amor que le tienes? Sí, todos los hombres, al ver a un Dios revestido de carne, viviendo por ellos vida tan penosa y soportando muerte tan cruel, deberían inflamarse continuamente de amor hacia este Dios tan amante: ¡Ojalá desgarrases el cielo y bajases, de suerte que las montañas se tambaleasen ante ti, como cuando el fuego prende la leña(o) el fuego hace hervir el agua!  ¡Oh si os dignaseis, Dios mio, decía el profeta cuando aún no había venido a la tierra el Verbo divino, si os dignaseis dejar los cielos y bajar entre nosotros para haceros hombre!  Al veros entonces los hombres, hecho como uno de ellos, las montañas se tambalearían, allanaríanse obstáculos y dificultades que hoy impiden la observancia de vuestras leyes y vuestros consejos.  Las aguas hervirían con el fuego, y las llamas que encenderíais en los corazones de los hombres derretirían  el hielo de las almas, acabando por inflamarlas en el fuego de vuestro amor.  Y, en efecto, despues de la encarnacion del Hijo de Dios, ¡qué bello incendio de amor divino se ha visto arder e tantas almas amantes! Cierto que Dios ha sido más amado por los hombres, en sólo un siglo después que Jesucristo apareció en medio de nosotros, que lo fuera en todos los demás cuarenta siglos anteriores a su venida.  ¡Qué de jóvenes, qué de nobles y qué de monarcas abandonaron riquezas, honores y hasta reinos para retirarse  o al desierto o al claustro, para allí poder amar mejor, pobres y despreciados, a este su Salvador! ¡Cuántos mártires fueron, alegres y sonrientes, en busca de los tormentos y de la muerte! ¡Cuántas virgencitas rehusaron la mano de potentados para ir a morir por Jesucristo, gozosas de poder patentizar esta prueba  de correspondencia afectuosa al Dios que se dignó encarnarse y morir por su amor!

            Sí, todo esto es cierto; mas vengamos ahora a lo que nos ha de hacer derramar lágrimas.  ¿Obraron así todos los hombres? ¿Procuraron todos corresponder a este gran amor de Jesucristo? ¡Ah, que la mayoría le pagaron y le pagan con ingratitudes!  Y tú mismo querido hermano, dime, ¿cómo correspondiste al amor que Dios te manifestó? ¿Se lo agradeciste siempre? ¿Pensaste qué quiere significar que un Dios se haya hecho hombre y haya muerto por ti? Asistía cierto hombre a la santa Misa, sin devoción alguna, como lo hacen tantos, y como no se arrodilló a las palabras finales del Verbum caro factum est,  un demonio le dio un fuerte bofetón, diciéndole: Ingrato, oyes que un Dios se ha hecho hombre por ti, y ni siquiera te dignas inclinarte.  ¡Ah!, Si Dios, continuó, hubiese hecho eso por mí, no cesaría de darle gracias por toda la eternidad.  Dime, cristiano, ¿qué más podía haber hecho Jesús para conquistarse tu amor? Si el Hijo de Dios hubiera tenido que salvar de la muerte a su mismo Padre, ¿qué más podía haber hecho que humillarse hasta tomar carne humana y sacrificarse hasta la muerte por su salvación? Aun diré más: Si Jesucristo hubiese sido mero hombre, y no ya persona divina, y hubiera querido con alguna prueba de afecto atraerse el amor de su Dios, ¿qué habría podido hacer más de lo que por ti hizo?  Si un criado tuyo hubiese dado por tu amor sangre y vida, ¿no te encadenaría el corazón y te obligaría a amarlo, al menos por agradecimiento? Y ¿Por qué Jesucristo, llegando hasta a dar la vida por ti, no ha podido hasta ahora conquistar tu amor?

            ¡Ay de mí!, que los hombres desprecian el amor divino porque no comprenden, mejor, porque no quieren comprender cuán grande tesoro sea disfrutar de la divina gracia, la cual, en decir del Sabio, tesoro inagotable es para los hombres, y los que se hacen con él, estrechan su amistad con Dios.  Se estima la gracia de un príncipe, de un prelado, de un noble, de un literato, de una señora de mundo, y la gracia de Dios es tenida en nada por algunos, pues que la renuncian por un poquito de humo, por un placer bestial, por un puñado de tierra, por un capricho, por una nonada.  ¿Qué dices, querido hermano mío? ¿Aun querrás ser contado entre tales ingratos? Mira, si no quieres a Dios, exclama San Agustín, busca, si puedes, otra cosa mejor que Él.  A ver si hallas príncipe más cortés, señor, hermano, amigo más amable y que te haya amado más que Dios.  A ver si hallas uno que pueda, mejor que Dios, hacerte feliz en esta y en la otra vida.  Quien ama a Dios no tiene que temer mal alguno, pues que Dios no puede dejar de amar a quienes le aman: Yo amo a quienes me aman.  Y quien es amado de Dios, ¿qué es lo que puede temer? Así decía David y así decían las hermanas de Lázaro al Señor: Mira que el que amas está enfermo. Bastábales sabe que Jesucristo amaba a su hermano, para creer que les prestaría cualquier ayuda para su curación.  Y, al contrario, ¿cómo podrá Dios amar a quien desprecia su contrario,  ¿cómo podrá Dios amar a quien desprecia su amor? ¡Ah!, resolvámonos de una vez a amar a un Dios que tanto nos amó, y pidámosle siempre nos conceda el gran don de su santo amor.  Decía San Francisco de Sales que esta gracia de amar a dios es la gracia que debíamos desear y pedir sobre toda gracia, porque al alma le vienen todos los bienes con el amor divino.  Viniéronme los bienes a una todos con ella.   Por esto decía San Agustín: «Ama y haz lo que quieras».  Quien ama a una persona rehúye disgustarla, y siempre anda buscando cómo complacerla.  Y así, quien ama verdaderamente a Dios nada hace advertidamente que le desagrade, sino que se esfuerza cuanto puede por darle gusto.

            Para obtener más presto y más seguramente este don del divino amor, recurramos a la primer amante de Dios, a su Madre María, que estuvo tan inflamada de amor divino, que los demonios, como se explica San Buenaventura, ni se atrevían siquiera a tentarla.  Y añade Ricardo que hasta los propios serafines podían bajar del cielo para aprender en el corazón de María el modo de amar a Dios.  Y como el corazón de María fue todo un volcán de amor a Dios, por esto, añade San Buenaventura, todos cuantos aman a esta divina Madre y a ella se acercan, se retiran encendidos en el mismo amor y tórnense semejante a ella.

Afectos y súplicas

            ¡Oh Fuego siempre ardiente, digamos con san Agustín, enciéndeme! ¡Oh Verbo encarnado!, os hicisteis hombre para encender en nuestros corazones el divino amor, y ¿cómo es posible que hayáis encontrado tanta ingratitud en los corazones de los hombres?  Para haceros amar de ellos, nada perdonasteis, sino que llegasteis a dar sangre y vida, y ¿cómo son los hombres?  Para haceros amar de ellos, nada perdonasteis, sino que llegasteis a dar sangre y vida, y ¿cómo son los hombres tan ingratos? ¿Acaso lo ignoran? Saben y creen que por ellos vinisteis del cielo a revestiros de carne humana y cargar con nuestras miserias; saben que por su amor vivisteis vida llena de penas y abrazasteis ignominiosa muerte;  ¿cómo, pues, viven tan olvidados de vos? Aman a los parientes, a los amigos, hasta a los animales, y si de cualquiera de ellos reciben una manifestación de afecto, luego procuran recompensarlo, y ¿sólo con vos están desprovistos de afecto y agradecimiento?

            Mas, ¡ah!, que acusando a estos ingratos me acuso tambien a mí mismo, que os traté peor que ellos.  Anímame, con todo, vuestra bondad, que tanto me ha sufrido para perdonarme y abrasarme en vuestro amor, con tal de que quiera arrepentirme y amaros.  Sí, Dios mío, quiero arrepentirme y me duele con toda el alma haberos ofendido; os quiero amar con todo el corazón.  Bien veo, Redentor mío, que mi corazón no merecería ser aceptado por vos, porque os abandonó por amor a las criaturas; y veo que, esto no obstante, aún lo queréis por lo que os lo consagro y entrego con toda mi voluntad.  Inflamadlo, pues, en vuestro santo amor y haced que de hoy en adelante no ame a nadie sino a vos, bondad infinita, digna de infinito amor.  Os amo, Jesús mío; os amo, sumo bien; os amo, único amor de mi alma.
¡Oh María, Madre mía, Madre del Amor Hermoso!, alcanzadme la gracia de amar a mi Dios; de vos los espero.




sábado, 6 de diciembre de 2014

Comulgando Con la Virgen



MEDITACION II


MARIA SALE DE LAS MANOS DE DIOS LIBRE DE CONCUPISCENCIA


ESCENA: El cuadro de la Inmaculada pintado por Ribera

Entre las tinieblas de la nada, María sale de las manos del Eterno Padre limpia y serena como un amanecer sin nubes, como un mar terso sin olaje.



I QUÉ ES LA CONCUPISCENCIA


1. º Tan pura y tan limpia quiso Dios a su Madre, que no sólo la preservo de toda culpa, sino que secó en ella la fuente del pecado, la concupiscencia; herencia triste de todos los hombres recibida desde los primeros padres. No quiso Dios que la sintiéramos y a los primeros hombres les creó libres de ella. Pecaron y al pecar comenzaron a sentirla. La concupiscencia es inclinación desordenada a los placeres de los sentidos, sobre todo a los placeres de la carne. No es el pecado; pero es la inclinación al pecado.

2. º Todos los hombres en mayor o menor grado la sienten. Algunos santos, por privilegio especial de Dios, se han visto libres de ella durante algún tiempo o la han sentido débilmente; pero esto es privilegio poco frecuente. De ordinario hasta los santos han tenido que luchar contra ella para que no les arrastrara al pecado. ¡Qué grito tan angustioso el que lanza San Pablo! «Veo otra ley en mis miembros que guerrea contra la ley del corazón. ¡Desventurado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» Los santos han hecho penitencia aterradora para dominar la concupiscencia. San Pedro Damián se sumergía en agua helada, para apagar el ardor de la pasión. San Benito se metía entre zarzas espinosas. San Jerónimo, con el cuerpo macerado por la penitencia del desierto, decía: ¡Cuántas veces hallándome en la soledad salvaje me figuraba que estaba entre los placeres de Roma!

3. º Tú mismo muchas veces sientes esta lucha que te apena. Por un lado te atrae la virtud de la pureza. ¡Es tan degradante a los ojos de Dios y de los hombres la deshonestidad! ¡Es tan delicado el perfume de la castidad! ¡Es una virtud tan encantadora la pureza, la virginidad! ¡Siente el alma una satisfacción tan honda cuando la conciencia le dice al hombre: eres puro! Porque sabes todo esto, muchas veces sientes anhelos de pureza. Quisieras despegarte de esta tierra corrompida y elevarte a regiones de atmosfera más pura, a esas regiones donde viven los espíritus celestiales; pero ¿Qué te sucede? Lo que a san Pablo: que sientes el peso de tu cuerpo que tiende hacia la tierra, que sientes la tentación de la carne que busca satisfacciones terrenas; quieres levantar el vuelo y las alas se te pegan al cuerpo que resiste y exclamas desalentado: ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Por experiencia propia sabes muy bien lo que es la concupiscencia.


II EL PRIVILEGIO DE MARIA

1. º María, descendiente de Adán, debería sentir esta inclinación desordenada; pero Dios la libro de ella, porque iba a hospedar en su castísimo seno al Hijo de Dios, hecho hombre. Dios libro a Lot del incendio que devoró a la ciudad pecadora donde vivía; y San Agustín da la razón: porque hospedó a Dios que llamó a las puertas de su casa en figura de ángel. El fuego de la concupiscencia abrasa a todos los hombres; pero la Virgen se vio libre de él porque había de dar hospedaje al Hijo de Dios hecho hombre.

2. º La fuente debe estar muy tranquila y muy transparente para que refleje en ella la imagen del sol y María iba a ser la fuente donde estaría mirándose constantemente, como en un espejo, Jesús, sol divino de pureza. Muy limpio de espinas debía estar el corazón donde reclinara su cabeza el Hijo de Dios que vivía entre los resplandores de la santidad infinita. Muy puras debían estar aquellas manos destinadas a acariciar el rostro de Jesús, alegría de los bienaventurados. Muy ordenado y pacifico debía ser aquel palacio, que iba a ser habitado por el príncipe de la paz. Penetra dentro de él. Entra en aquella inteligencia bañada de resplandores de luz divina y fija siempre en la verdad eterna. Entra en aquel corazón, atraído únicamente por el bien supremo; y allí, en el silencio de todas las tendencias ordenadas, oye el himno sublime de alabanza y de amor que el alma de María se eleva hasta el trono del Altísimo, himno más armonioso y más agradable a Dios, que el que entonó el alma de Adán antes del pecado y el que entonan los cielos y la tierra a su creador. «Coeli enarrant gloriam Dei» Los cielos cantan la gloria del Señor. Nave riquísima majestuosa, que a impulsos del amor divino, caminará segura, Imperturbable, a través de mares nunca agitados por tormentas de pasiones: eso es el alma de María cuando sale de las manos de Dios y aparece en el mundo toda hermosa; porque todo en ella es orden y santidad.


3. º Al contemplarla así, acaso te desalientes pensando: mi Madre del cielo es purísima, es ordenadísima; su hermosura me embelesa, pero yo no puedo parecerme en eso a mi Madre. Sí, puedes parecerte cada día más a Ella. ¿Cómo? Recibiendo con frecuencia la Comunion y comulgando fervorosamente.


III LA COMUNIÓN MITIGA LA CONCUPISCENCIA


1. º La Virgen estuvo libre de la concupiscencia porque iba a ser la Madre de Jesús, y tenía que hospedarle en su seno. Cuando comulgas, tú hospedas a ese mismo Jesús; y al entrar dentro de ti mitiga la concupiscencia de tu cuerpo y te vas asemejando a la Virgen a medida que vas recibiendo a Jesús sacramentado. Uno de los efectos preciosos de la Comunion es ese: mitigar la concupiscencia. Dice San Cirilo de Alejandría: «Cuando Cristo esta en nosotros hallase adormecida la ley de la carne que brama furiosa en nuestros miembros» (In Ioan. 4,2.) Como hacia callar Jesús el bramido de las tempestades, apacigua tambien la concupiscencia. A eso atribuye San Bernardo la paz que sienten algunos cristianos: «Si alguno de vosotros no siente ya con tanta frecuencia, ni tan acerbos movimientos de ira, de envidia, de lujuria o de cosas parecidas, de gracias al cuerpo y a la Sangre del Señor, porque la virtud del sacramento obra en él. » (Serm. De bapt. Et sacram. Altaris.)

2. ¿Cómo produce este efecto la Eucaristía? Lo dice el Concilio Tridentino: «La Eucaristía cohíbe y refrena la lascivia de la carne; pues al encender más el alma con el fuego de la caridad, templa tambien el ardor de la concupiscencia.» Con la Eucaristía aumenta en el alma la gracia santificante y juntamente crece la caridad, y como dice San Agustín: el aumento de la caridad es disminución de la sensualidad; y si llegaras a tener una caridad perfecta, tu dominio de la concupiscencia sería perfecto tambien. Cuando comulgas, fomenta los actos de amor a Dios; y a medida que se vaya encendiendo en el alma el fuego del amor divino, se irá apagando el fuego de la concupiscencia. Al comulgar crece tu familiaridad con Jesús y este trato íntimo con él iluminará tu inteligencia de luz sobrenatural para entender las cosas espirituales; y esa luz divina hará que se amortigüen las tentaciones desordenadas de la carne, que busca los bienes rastreros de este mundo. Trata íntimamente con Jesús cuando comulgas para que ilumine tu alma con su ciencia divina y desprecies los bienes terrenos que la imaginación engañosa presenta al apetito sensitivo. A medida que crezca tu trato intimo con Jesús, brotaran en tu voluntad afectos y deseos santos opuestos a las inclinaciones de la carne. Cuando más guste la voluntad las delicias de los bienes divinos, menos complacencia hallaras en los bienes terrenos. Acaso la Eucaristía obra directamente en el cuerpo, y aunque no le comunique ninguna cualidad sobrenatural, puede ir moderando y extinguiendo poco a poco el ardor de la concupiscencia. Si comulgas mucho y con mucho fervor te irás asemejando cada día más a la Virgen, libre de concupiscencia.

3. Más aún, el dominio interior de tus inclinaciones se reflejará en todas las actividades de tu cuerpo: alegría en el rostro, modestia en los ojos, moderación en las palabras, madurez en el andar, dignidad, compostura y belleza en todo tu aspecto exterior que tendrá alguna semejanza con la modestia y serenidad del cuerpo de la virgen. A medida que la concupiscencia se vaya apagando por efecto de la Comunion, irá floreciendo la castidad en tu corazón y la pureza de tu cuerpo; pues Jesús es el cordero inmaculado que al entrar en las almas las recrea con aroma celestial y las riega con el roció de la castidad. Jesús en la Eucaristía fue llamado proféticamente «trigo de los elegidos y vino que hace germinar vírgenes». (Zach. IX-17) Comulga mucho, comulga con fervor y la Comunion te ira haciendo semejante a la virgen, tu Madre Inmaculada, cuando salió de las manos de Dios en el primer instante de su concepción.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Comulgando con la Virgen




MEDITACION I
DIOS PREPARA A SU MADRE


ESCENA: El cuadro de la inmaculada pintado por Ribera.


El eterno Padre extiende su brazo omnipotente en las sombras espesas de la nada. De su mano brota una catarata de luz y en medio de ella aparece la Virgen tan limpia, tan hermosa, que los ángeles vuelan a mirarla y quedan extasiados contemplándola.

Iº Más limpia que la patena  María está destinada por Dios para Madre Suya. ¿Cómo la prepara?
Ante todo la hace muy limpia; libre de todo pecado, hasta del pecado original. Los vasos sagrados destinados a guardar y sostener el cuerpo de Jesucristo han de estar muy limpios: el cáliz, el copón, la patena.

Aun cuando estén siempre limpios el cáliz y la patena, todavía el sacerdote, momentos antes de poner en ellos el pan y el vino que han de convertirse en el cuerpo y la sangre de Jesús, pasa por ellos el purificador, para quitar hasta las más ligeras motitas.

¡Cuánta limpieza quiere Jesús! María estaba destinada a ser patena. En sus brazos y en su regazo descansaría innumerables veces Jesús, niño pequeñito. Estaba destinada a ser cáliz y copón. En su seno virginal viviría nueve meses el Verbo de Dios hecho carne, de la carne misma de la Virgen.


Por eso hace Dios a Su Madre limpísima: es la Inmaculada.  Tú también estás destinado a ser patena del cuerpo de Jesucristo. Él quiere que comulgues, y cuando te acercas a comulgar, el sacerdote deposita en tu lengua y en tu corazón el cuerpo de Jesucristo. Tu alma tiene que estar muy limpia como el cáliz y la patena, lo más parecida al alma de la Virgen.


Jamás te acerques a comulgar en pecado mortal. Eso sería arrojar el cuerpo de Jesús a un muladar.
Aunque no tengas pecado mortal, tendrás alguna falta venial, alguna imperfección; limpia tu alma de toda mancha moral antes de recibir a Jesús, como el Sacerdote limpia con el purificador el cáliz y la patena. Purificador del alma, es el agua bendita que tomas al entrar en la Iglesia; con ella se perdonan los pecados veniales. Purificador del alma, es el acto de contrición que debes rezar con toda sinceridad y con todo el afecto de tu corazón antes de comulgar.  Los vasos destinados a contener la Eucaristía estan consagrados por el Obispo; por eso no pueden dedicarse a usos profanos.

Su profanación le desagrada mucho a Dios. Por eso castigó severamente al Rey Baltasar.  Estaba Baltasar en un banquete y mandó traer los vasos de oro y de plata que su padre Nabucodonosor había robado del templo de Jerusalén, y mientras el rey profanaba los vasos sagrados una mano misteriosa escribió en la pared el castigo de Dios: el término de su reinado.

María destinada a ser depositaria del cuerpo de Jesús y Madre suya, tambien estuvo consagrada completamente a Dios. Se entregó a El luego que tuvo uso de razón y muy pronto hizo voto de virginidad perpetua.


María estuvo siempre apartada de las vanidades del mundo. Fue toda de Dios. El cristiano destinado a ser depositario del cuerpo y de la sangre de Jesús tambien está consagrado al servicio de Dios.  Lo es cuando recibe el bautismo, cuando el sacerdote arroja de su alma al demonio para que venga a vivir en ella el Espíritu Santo; cuando unge su cuerpo con el óleo santo, y le marca con la señal de la cruz; cuando en su alma queda impreso el carácter bautismal, indeleble que le separa del paganismo y le hace discípulo de Jesús.


Así queda preparado el cristiano para ser patena y copón de la Eucaristía.  No profanes tu cuerpo y tu alma.  Después de comulgar no vayas a diversiones donde te manches con el pecado.  Terminando el santo sacrificio de la misa, los vasos sagrados se guardan en un estuche para que no se manchen y puedan utilizarse al día siguiente.


Tú que comulgas todos los días, vive recogido, apartado de las ocasiones de pecado. No seas de los que comulgan por la mañana y pecan y escandalizan por la noche. Eso es profanar tu cuerpo y tu alma, patena y copón de la Eucaristía. Dios puede cansarse de tus profanaciones y enviarte el castigo.

II Más rica que la custodia

1 º La custodia suele ser lo más precioso de los templos cristianos.  En su fabricación se emplean los metales más ricos: plata, oro, platino.  Para adornarla se colocan perlas, piedras preciosas.  Las joyas más valiosas, las que encierran recuerdos familiares más íntimos las dedican los cristianos fervorosos al adorno de la custodia.


Los orfebres derrochan arte para construir las custodias.  Es que la custodia está destinada a exponer a la veneración el cuerpo de Jesús sacramentado.

2º La Virgen estaba destinada a ser custodia que sostuviera a Jesús niño y presentarle a la veneración. La noche de Belén es fiesta de exposición mayor. Los ángeles cantan al Hijo de Dios hecho niño. Los pastores le adoran de rodillas y la Virgen le sostiene en su regazo. Ella le presenta tambien a los magos mientras le adoran y le ofrecen sus dones.  La Virgen fue custodia en la que saldría en procesión muchas veces el Hijo de Dios.

Procesiones del Corpus Christi fueron: el viaje de la Virgen al templo de Jerusalén para presentar a su Hijo a los cuarenta días de nacido: y el que hizo desde Belén a Egipto a través del desierto. Y en esas procesiones, la custodia fue la Santísima Virgen. Si los hombres emplean tantas riquezas en adornar las custodias muertas, ¿qué derroche de riquezas sobrenaturales haría Dios para construir la custodia de la Virgen, su Madre?

El metal más precioso que emplea Dios, es la gracia santificante: María es la llena de gracia.
Los adornos son las virtudes y los dones del Espíritu Santo, tan perfectos como no los ha tenido ningún ser creado.Tantas riquezas y tanto arte sobrenatural empleó Dios en hacer a su Madre, que la misma Virgen María, humildísima exclamó: ha hecho en mí cosas grandes el que es Omnipotente. Alma mía, engrandece al Señor.   Tambien tú estás destinado a ser custodia viva de Jesús sacramentado.

Siempre que comulgas le tienes en tu corazón.  En procesión le llevas cuando vas del comulgatorio a tu puesto.  En procesión debes llevarle y exponerle a la veneración de todos cuando sales del templo; porque en todas partes debes irradiar a ese Jesús que recibes en la Eucaristía.


Que todos vean en ti la transformación que obra Jesús sacramentado en las almas. Que nunca digan de ti: y para eso comulgas…

Si eres custodia viva, tienes que estar adornado con todas las virtudes teologales y cardinales y debes prepararte para la Comunion con actos de todas esas virtudes de fe, de confianza, de humildad. Tienes que adornar tu alma con los zafiros de la oracion y con los rubíes del sacrificio, y tu cuerpo con la pureza, la modestia y el pudor. Que seas trono digno donde se siente Jesús. Trono rico en virtudes, parecido a la Virgen, tu Madre.

III Con el oro de la caridad 

1 º En los vasos sagrados, aunque estén hechos de otros metales, lo que ha de estar en contacto con la Eucaristía, tiene que ser de oro. De oro es el viril de la custodia, dorada está la patena y dorados por dentro están los cálices y los copones.  Y cuando el oro se ha gastado, los vasos sagrados se vuelven a dorar.

2 º El oro es el símbolo del amor, de la caridad. Esa es la virtud más preciosa, la que más estima Dios; eso es lo que pide a los hombres: amor. Amaras al Señor tu Dios, con todo tu corazón.  El Espíritu Santo que vive en las almas, difunde en ellas esta virtud tan querida de Dios, podríamos decir que dora las almas con el oro de la caridad.


Qué bien doraría el Espíritu Santo el alma de la Virgen para que fuera patena y custodia de Jesús.
La caridad acompaña a la gracia santificante, y si la Virgen estuvo llena de gracia, tuvo que estar llena de caridad. Su amor a Dios superaba al de los más ardientes serafines; por eso era tan fiel cumplidora de la voluntad divina; porque la verdadera caridad debe traducirse en obras del servicio de Dios.

3 º Cuando te acercas a comulgar ¿llevas mucho amor a Dios en tu alma? Si tienes la gracia santificante tienes la virtud de la caridad; pero bien pudiera suceder que el oro de esa caridad estuviera muy desvaído.

Antes de acercarte a comulgar aviva la caridad con actos muy fervientes de amor a Jesucristo; y despues de comulgar, que tu caridad se manifieste en el cumplimiento fiel de la voluntad divina y en amar a todos los hombres como hermanos; pues el que ama a Dios ama necesariamente a los hombres, imágenes de Dios e hijos de Dios.

Prepárate para comulgar imitando a la Virgen Inmaculada a quien Dios preparo para que fuera su Madre: limpieza de alma, adornos de virtudes, oro puro de amor a Jesucristo.

viernes, 12 de julio de 2013

 

ADVERTENCIA A LOS PADRES

Por San Alfonso Ligorio (1696-1787)
San Alfonso, fue el fundador de la Orden de los Redentoristas. El Obispo y Doctor de la Iglesia habla sobre los privilegios y las responsabilidades de los padres como una vocación especial de Dios. La sabiduría de este santo ha guiado y fortalecido a los católicos por más de 200 años. 
 
El Evangelio nos dice que, un buen árbol no produce mal fruto, y que un árbol malo no puede producir fruto bueno. Lo que aprendemos de esto, es que un buen padre cría hijos buenos. Pero que si los padres son débiles, ¿cómo pueden ser sus hijos virtuosos? ¿Acaso, dice Nuestro Señor, en el mismo Evangelio, se recogen uvas de los espinos, e higos de los abrojos? (San Mateo 7:16). Así es imposible, o de hecho muy difícil, encontrar hijos virtuosos, quienes hayan sido criados por padres inmorales. Padres, estad atentos a este sermón, de gran importancia para la salvación eterna de vosotros y de vuestros hijos. Estad atentos, jóvenes, hombres y mujeres que no habéis elegido aún vuestro estado de vida. Si deseáis casarse, aprended las obligaciones que se adquieren en la observancia de la formación de vuestros hijos, y aprended también, que si vosotros no las llenáis, traeréis sobre vosotros y sobre vuestros hijos la condenación. Dividiremos esto en dos puntos. En el primero, mostraremos lo importante que es formar en los hijos hábitos de virtud; y en el segundo mostraremos con qué cuidado y diligencia un padre debe trabajar para que crezcan bien.
Un padre tiene dos obligaciones para con sus hijos; está obligado a proveerlos de sus necesidades corporales y de educarles en la virtud. No es necesario extendernos sobre la primera obligación, más que existen algunos padres que son más crueles que las más feroces bestias salvajes; aquellos que malgastan toda su fortuna o bienes en comer, beber y placeres y permiten que sus hijos mueran de hambre. Pero, discutamos sobre la formación que es la materia de nuestro artículo.
Ciertamente que la futura buena o mala conducta de un hijo depende si se ha criado bien o pobremente. La naturaleza por si misma enseña a cada padre atender la educación de su descendencia. Dios le da hijos a los padres, no para que pueden asistir a la familia, sino para que crezcan en el temor de Dios, y sean conducidos en el camino de la salvación eterna. “Tenemos, dice San Juan Crisóstomo, un gran depósito en los niños, atendámosles con gran cuidado”. Los hijos no han sido otorgados a los padres como un regalo, del que se pueda disponer a placer. Los hijos han sido confiados, por esta confianza, si se pierden por negligencia, los padres deberán rendir cuentas a Dios.
Un gran Padre de la Iglesia dijo, que en el día del juicio, los padres tendrán que rendir cuentas por todos los pecados de sus hijos. Así que aquel que enseña a su hijo a vivir en el bien, tendrá una feliz y tranquila muerte. El que instruye a su hijo ... cuando llegue la muerte no sentirá pena, Porque deja a los suyos un defensor frente a sus enemigos. (Eclesiástico 30:3,5) Y podrá salvar su alma por medio de sus hijos, es decir, por la formación virtuosa que les dio. Se salvará mediante su maternidad.. (I Tim. 2:15)
Por otro lado, una difícil y triste muerte tendrán aquellos quienes solamente trabajaron para incrementar sus posesiones o multiplicar los honores familiares, o aquellos quienes vieron solo por dejar a sus hijos comodidad y placeres y no les procuraron valores morales. San Pablo dice que aquellos padres son peores que infieles. Quien no se preocupa de lo suyo, principalmente de los de su casa, ha renegado de la Fe, y es peor que un infiel. (I Tim.5:8)
Aquellos padres que prefirieron llevar una vida de piedad y continua oración, de comunicación diaria, debieron condenarse si por negligencia descuidaron a sus hijos.
Si todos los padres cumplieran con su deber de vigilar la formación de sus hijos, tendríamos muy pocos crímenes. Por la mala educación que los padres dan a su descendencia, causan que sus hijos, dice San Juan Crisóstomo, caigan en graves vicios; y los entregan así al verdugo. Así sucedió en un pueblo: un padre quien fuera la causa de todas las irregularidades de su hijo, fue justamente castigado por sus crímenes con gran severidad, más aún que sus hijos. Gran infortunio es para los hijos tener padres viciosos, incapaces de inculcar en sus hijos el temor a Dios, aquellos que ven a sus hijos con malas compañías y en riñas, y en lugar de corregirles y castigarles, les toman compasión y dicen: “¿Qué puedo hacer? Son jóvenes, esperemos que cuando maduren se alejen de ello”. ¡Qué palabras tan débiles, qué educación tan cruel! ¿En verdad, esperan que cuando los hijos maduren lleguen a ser santos? Escuchad lo que Salomón dice: Mostrad al niño el camino que debe seguir, y se mantendrá en él aun en la vejez. (Prov. 22:6) Sus huesos, dice el santo Job, se llenarán con los vicios de su juventud, y dormirán con él en el polvo. (Job.20:11) Cuando una persona joven ha vivido con malos hábitos, los llevará a la tumba. Las impurezas, blasfemias y odios, a los que se acostumbró en su juventud, lo acompañarán hasta la tumba, y dormirán con él hasta que sus huesos sean reducidos a cenizas. Corrige a tu hijo mientras haya esperanza; sino, tu serás el responsable de su muerte (Prov. 19:18) Es muy sencillo, cuando son pequeños, entrenar a los hijos en la virtud, pero cuando llegan a la madurez, es igual de difícil corregirles, si han aprendido los hábitos del vicio.
Vayamos al segundo punto, que es, sobre los medios para formar a los hijos en la práctica de la virtud. Os ruego, padres de familia, que recordéis os lo que ahora digo, de la formación depende la salvación eterna de vuestras propias almas y de las almas de vuestros hijos.
San Pablo nos enseña en pocas palabras, en lo que consiste la educación correcta de los hijos. Nos dice que ésta consiste en la disciplina y corrección. Y vosotros, padres, no exasperéis a vuestros hijos, sino educadles en la disciplina y corrección del Señor.(Efesios 5:4) Disciplina es igual a regulación religiosa de la moral en los niños, implica una obligación de educarles en hábitos de virtud, por medio de la palabra y el ejemplo. Primero, por las palabras un buen padre debe inculcar a su hijo el santo temor de Dios. Esta fue la manera en que Tobías educó a su pequeño hijo. El padre le enseñó desde su infancia a temer a Dios y a alejarse del pecado. (Tobías 1:10) El sabio dice, que un hijo bien educado es el soporte y consuelo de su padre. Instruye a tu hijo, y él será tu descanso, y dará alegría a tu alma. (Prov 29:17) Así como un hijo bien formado es la alegría para el alma de su padre, un hijo ignorante es fuente de tristeza para el corazón de su padre, la ignorancia de sus obligaciones como cristiano siempre acompañarán a una mala vida.
Se cuenta que en el año 1248, a un sacerdote ignorante le fue ordenado, durante cierto sínodo, hacer un discurso. El sacerdote estaba muy agitado por la orden y el diablo se le apareció y le dijo: “Los rectores de la oscuridad infernal saludan al rector de los parroquianos, y le agradecen su negligencia en la instrucción de la gente; ya que de la ignorancia proceden las faltas y la condenación de muchos”.
La misma verdad es para los padres negligentes. Un padre tiene la obligación de instruir a sus hijos en las verdades de la Fe, y particularmente en los cuatro misterios principales. Primero, que hay Un Dios, el Creador y Señor de todas las cosas; segundo, que este Dios es Juez, Quien, en la otra vida, recompensará a los buenos con la gloria eterna del Paraíso, y que castigará a los débiles por siempre en los tormentos del Infierno; tercero, el Misterio de la Santísima Trinidad, esto es, que en Dios hay Tres Personas, Uno en Esencia y Trino en Personas; cuarto, el Misterio de la Encarnación del Divino Verbo, el Hijo de Dios, Dios Verdadero, que se hizo hombre en el vientre purísimo de la Virgen María, y que sufrió y murió para nuestra salvación.
¿Podría ser admitida la excusa de un padre o una madre, que diga: “Yo mismo no sé estos misterios? ¿Puede un pecado justificar otro? Si sois ignorantes, entonces tenéis la obligación de aprenderlos, y enseguida enseñárselos a vuestros hijos. Al menos enviad a vuestros hijos con un catequista digno. Que cosa tan miserable es ver a los padres y a las madres, incapaces de instruir a sus hijos e hijas en la doctrina Cristiana, empleándose en ocupaciones de poca monta, y cuando ellos crecen, no saben el significado de pecado mortal, de Infierno o de eternidad. No saben siquiera el Credo, el Padre Nuestro, o el Ave María, los cuales todo cristiano está obligado a aprender bajo pena de pecado mortal.
Los padres religiosos no solamente pueden instruir a sus hijos en estas cosas, que son las más importantes, sino también pueden enseñarles lo que se debe hacer cada mañana al amanecer. Enseñarles primeramente agradecer a Dios por haber preservado su vida durante la noche, en segundo lugar ofrecerle a Dios todas las buenas acciones que harán y todos los sufrimientos que pasarán diariamente, también implorar a Jesucristo y a Nuestra Santa Madre María que los preserve de todo pecado durante el día. Enseñarles, al anochecer hacer un examen de conciencia y un acto de contrición. También les deben enseñar actos de Fe, Esperanza y Caridad, a rezar el Rosario, y visitar al Santísimo Sacramento. Algunos buenos padres de familia tienen cuidado en obtener un libro de meditaciones para leerlo y tener oración mental comunitariamente media hora al día. Esto es a lo que el Espíritu Santo nos exhorta a practicar. ¿Tenéis hijos? Instruirles la mente desde su niñez. (Ecl. 7:25) Entrenadles estos hábitos religiosos desde la infancia y cuando crezcan ellos perseverarán en ellos. Acostumbradlos a la confesión y comunión semanal.
Muy útil también es infundir en los infantes buenas máximas en sus mentes. ¡Cuan ruin es que un niño sea educado por las peores máximas de sus padres! “Debes, dicen algunos padres a sus hijos, buscar el aplauso y la estima de todo mundo. Dios es misericordioso, El tendrá compasión de ciertos pecados” ¡Qué miserable es el joven que peca por obedecer tales máximas! Los buenos padres les enseñan máximas muy distintas a sus hijos. La Reina Blanche, madre de San Luis Rey de Francia, acostumbraba a decirle a su hijo: “Hijo mío, preferiría verte morir en mis brazos, antes que en pecado”. Por lo tanto, que sea vuestra práctica, la que también infunda en vuestros hijos ciertas máximas de salvación, porque, ¿De que serviría ganar el mundo entero si perdemos nuestras propias almas? Todo en este mundo tiene un final, mas la eternidad nunca termina. Una de estas máximas bien impresas en la mente de una persona joven, la preservará siempre en Gracia de Dios.
Sin embargo, los padres están obligados a instruir a sus hijos en la práctica de la virtud, no solamente por medio de palabras, sino, también con el ejemplo. Si dais a vuestros hijos mal ejemplo, ¿cómo esperáis que sigan una vida correcta? Cuando un joven disoluto es corregido por una falta, su respuesta será: “¿Por qué me censuras, si mi padre hace cosas peores?" Los hijos reprocharán a su padre impío porque por su culpa quedaron en deshonra. (Eccl. 41:10) ¿Es posible para un hijo ser religioso y moral cuando ha tenido por ejemplo el de su padre de blasfemias y obscenidades, cuando pasa el día entero en los bares, casas de juego, cuando frecuenta casas de mala fama, y defrauda a su vecino ¿Esperáis que vuestro hijo frecuente la confesión, cuando vosotros mismos se aproximáis al confesionario una vez al año?
Una fábula nos relata, que había un cangrejo que reprendía a sus hijos por caminar torcidamente, estos replicaron, “padre, veamos como caminas.” El padre caminó delante de ellos, aún más torcidamente que sus vástagos. Esto sucede cuando un padre da mal ejemplo. Por esto no tendrá el valor de corregir los pecados de los suyos cuando él mismo los comete.
De acuerdo con Santo Tomás, los padres escandalosos obligan, de cierta manera a sus hijos a llevar una mala vida. Dice San Bernardo: “No son padres, sino asesinos, no de cuerpos, sino de las almas de sus hijos”. Es muy común oír a los decir: “ Mis hijos tienen por nacimiento mala disposición.” Esto no es verdad, Séneca decía: “Te equivocas si piensas que los vicios nacen con nosotros; éstos se injertan.” Los vicios no nacen con vuestros hijos, sino que son comunicados por medio del mal ejemplo de los padres. Si hubierais dado buen ejemplo a vuestros hijos, no serían lo viciosos que son. Así pues, padres, frecuentad los Sacramentos, aprended de los sermones, rezad el Rosario todos los días, abstenedse del leguaje obsceno, de la detracción, de los pleitos y verás que vuestros hijos siguen vuestro ejemplo. Es de particular necesidad que forméis a los niños en la virtud desde la infancia, Instruidles la mente desde la niñez, para cuando ellos crezcan, y contraigan malos hábitos, será muy difícil para vosotros enmendar sus vidas por medio de palabras.
Para formar a los hijos en la disciplina del Señor, es también necesario alejarles de la ocasión de hacer mal. Un padre debe prohibir a sus hijos salir por las noches, o a una casa en la que su virtud está en peligro, o tener malas compañías. Despide, dijo Sara a Abraham, a esa esclava y a su hijo. (Gen. 21:10). Sara deseaba que Ismael, el hijo de Agar la concubina, fuera apartado de su casa, para que su hijo Isacc no aprendiera los vicios de aquel. Las malas compañías son la ruina de los jóvenes. Un padre debe no solamente alejar de sus hijos el mal del cual es testigo, sino que debe prevenir la conducta de sus hijos e informarse sobre las familias y los lugares que frecuentan, vigilar sus ocupaciones y compañías. Un padre debe prohibir a sus hijos que lleven a casa objetos robados. Cuando Tobías escuchó balar a una cabra en su casa, dijo, Tengan cuidado, quizá es robada, anden y devuélvanla a sus dueños. (Tob. 2:21)
Los padres deben prohibir a sus hijos toda clase de juegos que traigan destrucción a las familias y a sus almas, también los bailes, los entretenimientos sugestivos, las conversaciones peligrosas y fiestas de placer. Los padres deben quitar de sus casas las novelas de romance que pervierten a los jóvenes y todos los malos libros que contengan máximas perniciosas, cuentos obscenos, o de amor profano. El padre no debe permitir que sus hijas estén a solas con hombres, ya sean jóvenes o viejos. Alguno dirá: “Este hombre quien cuida de mi hija, es un santo”. Los santos están en el Cielo, porque los santos que están en la tierra son carne y si están próximos a las ocasiones, pueden convertirse en demonios.
Otra obligación de los padres es corregir las faltas de la familia. “Formadles en la disciplina y corrección del Señor”. Existen padres que cuando son testigos de las faltas que se comenten en la familia, permanecen en silencio. Por temor de desagradar a sus hijos algunos padres rehúsan a corregirles, pero, si veis a un hijo en una piscina y en peligro de ahogarse, ¿no sería cruel tomarle de los cabellos y salvarle la vida? El que no usa la vara odia a su hijo, el que lo ama, no demora en corregirlo. (Prov. 13:24) Si amáis a vuestros hijos, corregidles, mientras crecen castigadles, hasta con la vara, tan seguido como sea necesario.
He dicho con la vara y no con un palo, debéis corregirles como un padre y no como un carcelero. Debéis tener cuidado de no golpearles con pasión, porque entonces vosotros estaréis en peligro y la corrección quedará sin fruto si se les golpea con mucha severidad y ellos creerán que el castigo es el efecto de la ira y no el deseo de vuestra parte por enmendar sus vidas. Tenemos algo más que agregar, que vosotros debéis corregirles mientras están creciendo, para que cuando ellos alcancen la madurez, vuestra corrección será poca. Debéis de abstenerse de corregirles con la mano, de otro modo, se harán perversos y perderán el respeto hacia vosotros. ¿Qué tan correcto es usar injurias y imprecaciones al corregir a los hijos? Privadles de algún alimento, de algunos artículos del vestido, o enviadles a su cuarto. Hemos dicho suficiente. La conclusión de este discurso, es que aquel que haya formado mal a sus hijos, deberá de ser severamente castigado y aquel que los haya formado en la virtud, recibirá una gran recompensa.
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Usted ha tenido el valor de leer este artículo, que más que una valiosa advertencia, es la exigencia que necesita permanecer profundamente en la mente de los padres. Si usted hace copias de este artículo y lo distribuye a muchos padres, será agradable a Dios y usted acumulará tesoros en el cielo, ya que este tipo de instrucción es la que todos los padres de familia necesitan en la difícil tarea de criar a sus hijos.

lunes, 8 de julio de 2013

 
A JESUS CRUCIFICADO
 
No me mueve, mi Dios, para quererte
El cielo que me tienes prometido,
Ni me mueve el infierno tan temido
Para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
Clavado en una cruz y escarnecido;
Muéveme el ver tu cuerpo tan herido;
Muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, de tal manera,
Que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
Y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar por que te quiera;
Porque aunque lo que espero no esperara,
Lo mismo que te quiero te quisiera.