"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

miércoles 1 de febrero de 2012

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD


La humildad es el fundamento de todas las virtudes. Desde que pasé al Seminario de Vich para estudiar filosofía, empecé el examen particular de esta virtud de la humildad, que bien lo necesitaba, pues que Barcelona, con los dibujos, máquinas y demás tonterías, se me había llenado la cabeza de vanidad, y cuando oía que me alababan, mi corazón contaminado se complacía en aquellos elogios que me tributaban. ¡Ay Dios mío, perdonadme, que ya me arrepiento de veras! Al recordar mi vanidad, me hace derramar muchas y amargas lágrimas, pero Vos, Dios mío, me humillasteis, y así no puedo menos que daros gracias por ello y decir con el profeta: "Bueno será el haberme tú humillado" (Salmo 118, 71). Vos, Señor, me humillasteis, y yo también me humillaba ayudado con vuestro auxilio.

En un principio que estaba en Vich pasaba en mi lo que en un taller de cerrajero, que el director mete la barra de hierro en la fragua y cuando está bien caldeado, lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo y los dos van alternando y como a compás van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el director. Vos, Señor mío y Maestro mío, pusisteis mi corazón en la fragua de los santos Ejercicios espirituales y frecuencia de sacramentos, y así, caldeado mi corazón en el fuego del amor a Vos y a María Santísima, empezasteis a dar golpes de humillaciones y yo también daba los míos con el examen particular que hacia de esta virtud, para mi tan necesaria.

Con mucha frecuencia repetía aquella petición de San Agustín "noverim me, noverim te" y aquella otra de San Francisco de Asís: "¿Quién sois Vos? ¿Quién soy yo? Y como si el Señor me dijese: "Yo soy el que soy" (Ex. 3, 14) y tú eres el que do eres; tu eres nada y menos que nada, pues que la nada no ha pecado y tu sí.

Conocí clarísimamente que de mi nada tengo sino el pecado. Si algo soy, si algo tengo, todo lo he recibido de Dios. El ser físico no es mío, es de Dios; Él es mi Creador, es mi Conservador, es mi motor por el concurso físico. A la manera que un molino, que por más bien que esté montado, si no tiene agua, no puede andar, así he conocido que soy yo en el ser físico y natural.

Lo mismo digo, y mucho más, en lo espiritual y sobrenatural. Conozco que no puedo invocar el nombre de Jesús ni tener un solo pensamiento bueno sin el auxilio de Dios, que sin Dios nada absolutamente puedo. ¡Cuántas distracciones a pesar mío!

Conozco que en el orden de la gracia soy como un hombre que se puede echar en un profundo pozo, pero que por sí solo no puede salir. Así soy yo. Puedo pecar, pero no puedo salir del pecado sino por los auxilios de Dios y méritos de Jesucristo. Puedo condenarme, pero no puedo salvarse sino por la bondad y misericordia de Dios. Conocí que en esto consiste la virtud de la humildad, esto es, en conocer que soy nada, que nada puedo sino que estoy pendiente de Dios en todo: ser, conservación, movimiento, gracia; y estoy contentísimo de esta dependencia de Dios y prefiero estar en Dios que en mí mismo. No me suceda lo que a Luzbel, que conocía muy bien que todo su ser natural y sobrenatural estaba totalmente dependiente de Dios, y fue soberbio, porque como el conocimiento era meramente especulativo, la voluntad estaba descontenta, y deseó llegar a la semejanza de Dios no por gracia, sino de su propia virtud.

Ya desde un principio conocí que el conocimiento es práctico cuando siento que de nada me he de gloriar ni envanecer, porque de mi nada soy, nada tengo, nada valgo, nada puedo. Soy como una sierra en manos del aserrador.

Comprendí que de ningún desprecio me he de resentir porque, siendo nada, nada merezco, y puesto en ejercicio, lo ejecuto, pues ninguna prenda ni honra basta para engreírme, ni vituperio o deshonra para contristarme. Yo conocía que el verdadero humilde debe ser como la piedra que, aunque se vea levantada a lo más alto del edificio, siempre gravita hacia abajo. He leído muchos autores ascéticos que tratan de esta virtud de la humildad a fin de entender bien en qué consiste y los medios que señalan para conseguirla. Leía las vida de los santos que más se han distinguido en esta virtud para ver cómo la practicaban, pues yo deseaba alcanzarla

Al efecto, me propuse el examen particular, escribí los propósitos sobre el particular y los ordené tal cual se hallan en aquel opúsculo o librito llamado "La Paloma" (obra del mismo). Todos los días lo hice por el mediodía y por la noche y lo continué por quince años y aún no soy humilde. A lo mejor observaba en mí algún retoño de vanidad, y al instante tenía que acudir a cortarlo ya sintiendo alguna complacencia cuando alguna cosa me salía bien, ya diciendo alguna palabra vana, que después tenía que llorar, arrepentirme y confesarme de ella, haciendo de ella penitencia

Muy claramente conocía que Dios me quería humilde y me ayudaba mucho para ello, pues me daba motivos de humillarme. En aquellos primeros años de misiones me veía muy perseguido por todas partes en común y esto, a la verdad, es muy humillante. Me levantaban las más feas calumnias, decían que había robado un burro, qué se yo qué farsas contaban. Al empezar la misión o función en las poblaciones, hasta la mitad de los días eran farsas, mentiras, calumnias de todas especie lo que decían de mi, por manera que me daban mucho que sentir y ofrecer a Dios, y al propio tiempo materia para ejercitar la humildad, la paciencia, la mansedumbre, la caridad y demás virtudes.

Esto duraba hasta media misión y en todas las poblaciones pasaba lo mismo, pero de medía misión hasta concluir, cambiaba completamente. Entonces el diablo se valía del medio opuesto. Todos decían que era un santo, a fin de hacerme engreír y envanecer, pero Dios tenía buen cuidado de mí, y así en aquellos últimos días de la misión, en que acudía tanta gente a los sermones, a confesarse, a la comunión y a todo lo demás, en aquellos últimos días, en que se veía el fruto copiosísimo que se había reportado y se oían los elogios que de mí hacían todos, buenos y malos; en aquellos días, pues, el Señor me permitía una tristeza tan grande, que yo no puedo explicar sino diciendo que era la especial providencia de Dios, que me la permitía como un lastre, a fin de que el viento de la vanidad no me diera un vuelvo.
¡Bendito seáis, Dios mío, que tanto cuidado habéis tenido de mi! ¡Ay cuántas veces habría perdido el fruto de mis trabajos si Vos no me hubieseis guardado! Yo, Señor, habría hecho como la gallina, que después que ha puesto el huevo, cacarea, y van y se: lo quitan y se queda sin él, y aunque en un año ponga muchos, no tiene ninguno, porque ha cacareado y se los han llevado.

Si vos no me hubieseis impuesto silencio, con ganas que a veces sentía de hablar en los sermones, habría cacareado como la gallina y habría perdido todo el fruto y habría merecido el castigo, porque Vos habéis dicho, Señor: "No daré mi gloria a otro" (Is. 42, g.) y yo con el hablarte habría me habríais castigado y con justicia, Señor, por no haberlo referido todo a Vos, sino al diablo, vuestro capital enemigo. Con todo, Vos sabéis si alguna vez el diablo ha pellizcado algo, no obstante los poderosísimos auxilios que me dabais.

A fin de no dejarme llevar de la vanidad, procuraba tener presentes los doce grados de la virtud de la humildad que dice San Benito y sigue y prueba Santo Tomás y son los siguientes: el primero es manifestar humildad en lo interior y en lo exterior, que es en el corazón y en el cuerpo, llevando los ojos sobre la tierra; por eso se llama humi-litas ("humi" de "humus", tierra). El segundo es hablar pocas palabras, y éstas conforme a la razón y en voz baja. El tercero es no tener facilidad ni prontitud para la risa. El cuarto es callar hasta ser preguntado. El quinto es no apartarse en sus obras regulares de lo que hacen los demás. El sexto es tenerse y reputarse por el más vil de todos y sinceramente decirlo así. El séptimo es considerarse indigno e inútil para todo. El octavo es conocer sus propios defectos y confesarlos ingenuamente. El nono es tener pronta obediencia en las cosas duras y mucha paciencia en las ásperas. El décimo es obedecer y sujetarse a los superiores, El undécimo es el no hacer cosa alguna por su propia voluntad. El duodécimo es temer a Dios y tener siempre en la memoria su santa Ley.

Además de la doctrina que han en estos doce grados, procuraba imitar a Jesús, que a mí y a todos nos dice: "Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas". Y así contemplaba continuamente a Jesús en el pesebre, en el taller, en el Calvario. Meditaba sus palabras, sus sermones, sus acciones, su manera de comer, de vestir y andar de una a otra población... Con ese ejemplo me animaba y siempre me decía: "Cómo se portaba Jesús en casos como éste?" Y procuraba imitarle y así lo hacía con mucho gusto y alegría, pensando que imitaba a mi Padre, a mi Maestro, a mi Señor, y que con esto le daba gusto.

¡Oh Dios mío, qué bueno sois! Estas inspiraciones santas me dabais para que os imitara y fuera humilde. ¡Bendito seáis, Dios mío! ¡Oh, si a otro le hubierais dado las gracias y auxilios que a mí, qué otro sería de lo que soy yo!

SAN Antonio María Claret (Escritos Autobiográficos)

domingo 8 de enero de 2012

lunes 14 de noviembre de 2011

DE LOS PECADOS QUE SE HAN DE EVITAR SUS RAIZES Y CONSECUENCIAS

Así es como la vanagloria engendra desobediencia, jactancia, hipocresía, disputas, discordia, afán de novedades, pertinacia. La pereza espiritual conduce al disgusto de las cosas espirituales y del trabajo en la santificación, en razón del esfuerzo que exige y engendra la malicia, el rencor o amargura hacia el prójimo, la pusilanimidad ante el deber, el desaliento, la ceguera espiritual, el olvido de los preceptos, el buscar cosas prohibidas. Asimismo la envidia o desagrado voluntario del bien ajeno, como si fuese un mal para nosotros, engendra el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría del mal ajeno y la tristeza por sus triunfos.
La gula y la sensualidad engendran a su vez otros vicios y pueden conducir a la ceguera espiritual, al endurecimiento del corazón, al apego de la vida presente hasta perder la esperanza de la eterna, y al amor de sí propio hasta el odio de Dios, y a la impenitencia final.
Los pecados capitales con frecuencia son mortales. Pueden existir de una manera muy vulgar y baja, como en muchas almas en pecado mortal, o bien pueden existir también, como lo nota San Juan de la Cruz, en un alma en estado de gracia como otras tantas desviaciones de la vida espiritual. Por eso se habla a veces de la soberbia espiritual, de la gula espiritual, de la sensualidad y de la pereza espiritual. La soberbia espiritual inclina, por ejemplo, a huir de aquellos que nos dirigen reproches, aun cuando tengan autoridad para ello y nos los dirijan justamente; también puede llevarnos a guardarles cierto rencor en nuestro corazón. Cuanto a la gula espiritual, podría hacernos desear consuelos sensibles en la piedad, hasta el punto de buscarnos en ella más a nosotros que al mismo Dios. Es, con el orgullo espiritual, el origen del falso misticismo. Felizmente, a diferencia de las virtudes, estos vicios no son conexos, es decir, se pueden poseer los unos sin los otros, y muchos son hasta contrarios: así, no es posible ser avaro y pródigo al mismo tiempo.
La enumeración de todos estos tristes frutos del desbordado amor de sí mismo debe llevarnos a hacer un serio examen de conciencia y nos enseña, además, que el terreno de la mortificación es muy extenso, si queremos vivir profunda vida cristiana.
El examen de conciencia, lejos de apartarnos del pensamiento de Dios, nos vuelve a Él. Y aún es preciso pedirle su luz para ver un poco el alma como Dios mismo la ve, para ver el día o la semana que han pasado, como si los viéramos escritos en el libro de la vida, como los veremos el día del último juicio. Por esto hemos de repasar cada noche, con humildad y contrición, las faltas cometidas de pensamiento, palabra, acción y omisión. En el examen se ha de evitar la minuciosa investigación de las más pequeñas faltas, tomadas en su materialidad, pues semejante esfuerzo podría hacernos caer en los escrúpulos y olvidar cosas más importantes. Se trata menos de hacer una completa enumeración de las faltas veniales que de investigar y acusar sinceramente el principio de donde generalmente proceden en nosotros.
El alma no debe detenerse demasiado en la consideración de si misma, dejando de mirar a Dios. Debe, por el contrario, preguntarse, dirigiendo su mirada a Dios: ¿cómo juzgará Dios este día o semana que ahora termina? ¿Ha sido mío o de Dios este día? ¿Lo he buscado a Él o me he buscado a mí? Así, sin turbación, el alma ha de juzgarse desde un plano elevado, a la luz de los divinos preceptos, tal como se juzgará en el último día. Pero como dice Santa Catalina de Siena, no separemos la consideración de nuestras faltas del pensamiento de la infinita misericordia. Miremos nuestra fragilidad y miseria a la luz de la infinita bondad de Dios que nos levanta. El examen, hecho de este modo, lejos de desalentarnos, aumentará nuestra confianza en Dios.
La vista de nuestros pecados nos hace así comprender, por contraste, el valor de la virtud. Lo que mejor nos hace comprender cuánto vale la justicia, es el dolor que la injusticia nos produce. Es preciso que la vista de la injusticia que cometimos y el pesar de haberla cometido hagan nacer en nosotros el
"hambre y sed de justicia". Es necesario que la fealdad de la sensualidad nos revele, por contraste, la hermosura de la pureza que el desorden de la ira y de la envidia nos haga comprender el alto valor de la mansedumbre y de la caridad; que las aberraciones de la soberbia nos ilustren acerca de la alta sabiduría de la humildad.
Pidamos a Dios que nos inspire un santo aborrecimiento del pecado que nos separa de la divina bondad, de la que tantos beneficios hemos recibido y hemos de esperar para lo venidero. Ese santo odio del pecado no es, en cierto modo, sino el reverso del amor de Dios. Es imposible amar profundamente la verdad sin detestar la mentira; amar de corazón el bien, y el soberano Bien que es Dios, sin que a la vez detestemos lo que nos separa de Dios.
La manera de evitar la soberbia es pensar con frecuencia en las humillaciones del Salvador y pedir a Dios la virtud de la humildad. Para reprimir la envida, hemos de rogar por el prójimo, deseándole el mismo bien que para nosotros deseamos. Aprendamos igualmente a reprimir los movimientos de ira, alejándonos de los objetos que la provocan, y obrando y hablando con dulzura. Esta mortificación es absolutamente indispensable. Pensemos que tenernos que salvar nuestra alma y que en nuestro derredor hay mucho bien que hacer, sobre todo en el orden espiritual. No echemos en olvido que debemos trabajar por el bien eterno de los demás y emplear, para conseguirlo, los medios que el Salvador nos enseñó: la muerte progresiva al pecado, mediante el progreso en las virtudes y sobre todo en el amor de Dios.

REGINALDO GARRIGOU-LAGRANGE, O.P. (Tomado de "Las tres edades de la vida interior")

sábado 15 de octubre de 2011

jueves 8 de septiembre de 2011

Intimidad Divina P. Gabriel de Sta. M. Magdalena, O.C.D.






LA NATIVIDAD DE MARIA SANTISIMA

8 De Septiembre

Presencia de Dios.— ¡Oh María, Madre mía!

Enseñame a vivir escondido contigo

a la sombra de Dios.

PUNTO PRIMERO. — La liturgia celebra con entusiasmo el nacimiento de María y hace de él una de las fiestas más populares de la devoción mariana. «Tu natividad, oh Virgen Madre de Dios —canta hoy el Oficio—, anuncio la alegría al mundo entero; porque de ti salió el Sol de justicia, Cristo nuestro Dios». La natividad de María es el preludio de la natividad de Jesús, porque precisamente en aquella tiene su primer principio la realización del gran misterio del Hijo de Dios hecho hombre para salvación de la humanidad. ¿Cómo podría pasar inadvertido al corazón de los redimidos el día natal de la Madre de Redentor? La Madre preanuncia al Hijo, dice que el Hijo está para venir, que las promesas divinas, vaticinadas desde siglos, están para cumplirse. El nacimiento de María es la aurora de nuestra redención; su aparición proyecta una luz nueva sobre toda la humanidad: luz de inocencia, de pureza, de gracia, anticipo esplendoroso de la gran luz que inundara la tierra cuando aparezca Cristo, lux mundi. María, preservada del pecado en previsión de los meritos de Cristo, no solo anuncia que la Redención esta cerca, sino que trae consigo las primicias, como primera redimida por su Hijo divino. Por Ella, toda pura y toda llena de gracia, la Santísima Trinidad dirige finalmente a la tierra una mirada de complacencia, porque encuentra finalmente en ella una criatura en que puede reflejar su belleza infinita.

Después del nacimiento de Jesús, ningún nacimiento ha sido tan importante a los ojos de Dios, ni tan importante para el bien de la humanidad, como el de María. Y sin embargo, ese nacimiento permanece en completa oscuridad; nada dicen de él las Sagradas Escrituras, y cuando buscamos en el Evangelio la genealogía de Jesús, encontramos tan sólo la que se refiere a José, mientras que, si exceptuamos la alusión a su descendencia de David, nada explicito encontramos sobre el árbol genealógico de María. Los orígenes de la Virgen se ocultan en el silencio, como oculta en el silencio fue toda su vida. La natividad de María nos habla de humildad: cuanto más queremos crecer a los ojos de Dios, más nos hemos de esconder a los de las criaturas; cuanto más grandes cosas queramos hacer por Dios, en mayor silencio y retiro hemos de trabajar.

"Cuando en el mar de este mundo me siento juguete de las borrascas y tempestades, tengo los ojos fijos en ti, Oh María fúlgida estrella, para no ser sumergido por las olas".

“Cuando se levantan los vientos de las tentaciones, cuando encallo en la escollera de las tribulaciones. Pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María. Cuando me agitan las olas de la soberbia, de la ambición, de la maledicencia y de al envidia, pongo en ti mis ojos y te invoco, oh María. Cuando la cólera o la avaricia o las seducciones de la carne azotan la frágil barquilla de mi alma, siempre miro a ti, oh María. Y si, turbado por la enormidad de las culpas, confundido por la fealdad de mí conciencia, aterrado por la severidad del juicio. Me sintiese arrastrado al vórtice de la tristeza, al abismo de la desesperación, elevaría aun a ti los ojos, invocándote siempre, oh María” (San Bernardo)

PUNTO SEGUNDO. — En el Evangelio la figura de María esta casi completamente oscurecida por la de su divino Hijo. Los evangelistas nos dicen de ella lo impresendible para presentar a la Madre del Redentor; y en efecto, entra en escena solo cuando se inicia la narración de la encarnación del Verbo. La vida de María se confunde, se pierde en la de Jesús; María vivió verdaderamente escondida con Cristo en Dios. Y notemos que vivió en la oscuridad no solo durante los años de su infancia, sino también en los días de su maternidad divina, hasta en los momentos de triunfo de su Hijo, hasta cuando una mujer entusiasmada por las maravillas que Jesús realizaba, alzo sus voz en medio de la turba, gritando: «¡Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que mamaste!» (Lc. 11,27). Sea, pues, para nosotros la solemnidad mariana que hoy celebramos una invitación a la vida escondida, a escondernos con María en Cristo y con Cristo en Dios. Muchas veces es Dios mismo el que, a través de las circunstancias o de las disposiciones de los superiores, se encarga de hacernos vivir en la oscuridad; debemos entonces estarle muy agradecidos y valernos de estas ocasiones para progresar cada vez más en la práctica de la humildad y de la vida oculta. Otras veces, por el contrario, el Señor nos puede confiar misiones, oficios, obras de apostolado que nos pongan en el candelero; pues bien, en tales circunstancias, igualmente debemos procurar desaparecer lo más posible. No debemos negarnos a obrar, pero tenemos que obrar de forma que sepamos eclipsarnos apenas nuestra palabra deje de se estrictamente necesaria para el feliz éxito de las obras a nosotros encomendadas. Todo lo demás: las alabanzas, los aplausos, la relación de los triunfos o la apología de los fracasos, no nos debe interesar; frente a todo esto nuestra táctica debe ser la de retirarnos con santa naturalidad. Un alma de vida interior debe abrigar el ansia de esconderse lo más que pueda bajo la sombra de Dios, porque, si algo bueno ha podido hacer, está convencida de que todo sido obra de Dios y por eso procura con premurosa delicadeza que todo redunde únicamente en gloria suya.

Que la vida humilde y escondida de María sea el modelo de la nuestra, y, si para emularía tenemos que luchar contra las tendencias siempre renacientes del orgullo, recurramos confiados a sus ayuda materna y María nos hará triunfar de toda suerte de vanagloria.

“En los peligros, en las angustias, en las perplejidades siempre pensaren ti, Oh María, siempre te invocare, No te apartes, Oh María, de mi boca, no te apartes de mi corazón; para obtener el apoyo de tus plegarias, haz que no pierda nunca de vista los ejemplos de tu vida. Siguiéndote, oh María, no me extravió, pensando en ti no yerro, si Tú me sostienes no caigo, si Tú me proteges no tengo que temer, si Tú me acompañas no me fatigo, si Tú eres propicia llegare al termino” (San Bernardo)

jueves 18 de agosto de 2011

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE


Capítulo 2: Todo acaba con la muerte

Finís venit; venit finís. El fin llega; llega el fin. Ez., 7.

PUNTO 1
Llaman los mundanos feliz solamente a quien goza de los bienes de este mundo, honras, placeres y riquezas. Pero la muerte acaba con toda esta ventura terrenal. ¿Qué es vuestra vida? Es un vapor que aparece por un poco (Stg., 4, 15).

Los vapores que la tierra exhala, si acaso, se alzan por el aire, y la luz del sol los dora con sus rayos, tal vez forman vistosísimas apariencias; mas, ¿cuánto dura su brillante aspecto?... Sopla una ráfaga de viento, y todo desaparece. .. Aquel prepotente, hoy tan alabado, tan temido y casi adorado, mañana, cuando haya muerto, será despreciado, hollado y maldito. Con la muerte hemos de dejarlo todo.

El hermano del gran siervo de Dios Tomás de Kempis preciábase de haberse edificado una muy bella casa. Uno de sus amigos le dijo que notaba en ella un grave defecto. «¿Cuál es?»—le preguntó aquél—. «El defecto—respon¬dió el amigo—-es que habéis hecho en ella una puerta.» «¡Cómo!—dijo el dueño de la casa—, ¿la puerta es un defecto?» «Sí—replicó el otro—, porque por esa puerta tendréis algún día que salir, ya muerto, dejando así la casa y todas vuestras cosas.»

La muerte, en suma, despoja al hombre de todos los bienes de este mundo... ¡Qué espectáculo el ver arrojar fuera de su propio palacio a un príncipe, que jamás volverá a entrar en él, y considerar que otros toman posesión de los muebles, tesoros y demás bienes del difunto!

Los servidores le dejan en la sepultura con un vestido que apenas basta para cubrirle el cuerpo. No hay ya quien le atienda ni adule, ni, tal vez, quien haga caso de su postrera voluntad.

Saladino, que conquistó en Asia muchos reinos, dispuso, al morir, que cuando llevasen su cuerpo a enterrar le precediese un soldado llevando colgada de una lanza la túnica interior del muerto, y exclamando: «Ved aquí todo lo que lleva Saladino al sepulcro.»

Puesto en la fosa el cadáver del príncipe, deshácense sus carnes, y no queda en los restos mortales señal algu¬na que los distinga de los demás. Contempla los sepulcros—dice San Basilio—, y no podrás distinguir quién fue el siervo ni quién el señor.

En presencia de Alejandro Magno, mostrábase Diógenes un día buscando muy solícito alguna cosa entre varios huesos humanos. «¿Qué buscas?»—preguntó Alejandro con curiosidad—. «Estoy buscando—respondió Dióge-nes—el cráneo del rey Filipo, tu padre, y no puedo distinguirle. Muéstramelo tú, si sabes hallarle.»

Desiguales nacen los hombres en el mundo, pero la muerte los iguala (1), dice Séneca. Y Horacio decía que la muerte iguala los cetros y las azadas (2). En suma, cuando viene la muerte, finís venit, todo se acaba y todo se deja, y de todas las cosas del mundo nada llevamos a la tumba.
(1) Impares náscimur, pares mórimur.
(2) Sceptra ligónibus aequat.

AFECTOS Y SÚPLICAS
Señor, ya que dais luz para conocer que cuanto el mundo estima es humo y demencia, dadme fuerza para desasirme de ello antes que la muerte me lo arrebate. ¡ Infeliz de mí, que tantas veces, por míseros placeres y bienes de la tierra, os he ofendido a Vos y perdido el bien infinito!...

¡Oh Jesús mío, médico celestial, volved los ojos hacia mi pobre alma; curadla de las llagas que yo mismo abrí con mis pecados y tened piedad de mí! Sé que podéis y queréis sanarme, mas para ello también queréis que me arrepienta de las ofensas que os hice. Y como me arre¬piento de corazón, curadme, ya que podéis hacerlo (Sal¬mo 40, 5).

Me olvidé de Vos; pero Vos no me habéis olvidado, y ahora me dais a entender que hasta queréis olvidar mis ofensas, con tal que yo las deteste (Ez., 18, 21). Las detesto y aborrezco sobre todos los males...

Olvidad, pues, Redentor mío, las amarguras de que os he colmado. Prefiero, en adelante, perderlo todo, hasta la vida, antes que perder vuestra gracia... ¿De qué me ser¬virían sin ella todos los bienes del mundo?

Dignaos ayudarme, Señor, ya que conocéis mi flaqueza. . . El infierno no dejará de tentarme : mil asaltos pre¬para para hacerme otra vez su esclavo. Mas Vos, Jesús mío, no me abandonéis. Esclavo quiero ser de vuestro amor. Vos sois mi único dueño, que me ha creado, redimido y amado sin límites... Sois el único que merece amor, y a Vos solo quiero amar.

PUNTO 2
Felipe II, rey de España, estando a punto de morir, llamó a su hijo, y alzando el manto real con que se cubría, mostró le el pecho, ya roído de gusanos, y le dijo :
Mirad, príncipe, cómo se muere y cómo acaban todas las grandezas de este mundo... Bien dice Teodoreto que la muerte no teme las riquezas, ni a los vigilantes, ni la púrpura; y que así de los vasallos como de los príncipes, se engendra la podredumbre y mana la corrupción. De sue¬te que todo el que muere, aunque sea un príncipe, nada lleva consigo al sepulcro. Toda su gloria acaba en el lecho mortuorio (Sal. 48, 18).

Refiere San Antonio que cuando murió Alejandro Magno exclamó un filósofo: «El que ayer hollaba la tierra, hoy es por la tierra oprimido. Ayer no le bastaba la tierra entera; hoy tiene bastante con siete palmos. Ayer guiaba por el mundo ejércitos innumerables; hoy unos pocos sepultureros le llevan al sepulcro.

Mas oigamos, ante todo, lo que nos dice Dios: ¿Por qué se ensoberbece el polvo y la ceniza? (Ecli., 10, 9). ¿Para qué inviertes tus años y tus pensamientos en adquirir grandezas de este mundo? Llegará la muerte y se acabarán todas esas grandezas y todos tus designios (Sal¬mo 145, 4).

¡Cuan preferible fue la muerte de San Pedro el ermitaño, que vivió sesenta años en una gruta, a la de Nerón, emperador de Roma! ¡ Cuánto más dichosa la muerte de San Félix, lego capuchino, que la de Enrique VIII, que vivió entre reales grandezas, siendo enemigo de Dios!
Pero es preciso atender a que los Santos, para alcanzar muerte semejante, lo abandonaron todo: patria, deleites y cuantas esperanzas el mundo les brindaba, y abrazaron pobre y menospreciada vida. Sepultáronse vivos sobre la tierra para no ser, al morir, sepultados en el infierno... Mas, ¿cómo pueden los mundanos esperar muerte feliz viviendo, como viven, entre pecados, placeres terrenos y ocasiones peligrosas?

Amenaza Dios a los pecadores con que en la hora de la muerte le buscarán y no lo hallarán (Jn., 7, 34). Dice que entonces no será el tiempo de la misericordia, sino el de la justa venganza (Dt., 32, 35).

Y la razón nos enseña esta misma verdad, porque en la hora de la muerte el hombre mundano se hallará débil de espíritu, oscurecido y duro de corazón por el mal que haya hecho; las tentaciones serán entonces más fuertes, y el que en vida se acostumbró a rendirse y deja e vencer, ¿cómo resistirá en aquel trance? Necesitaría una extraordinaria y poderosa gracia divina que le mudase el corazón; pero ¿acaso Dios está obligado a dársela? ¿La habrá merecido tal vez con la vida desordenada que tuvo?... Y, sin embargo, tratase en tal ocasión de la desdicha o de la felicidad eternas...

¿Cómo es posible qué, al pensar en esto, quien crea las verdades de la fe no lo deje todo para entregarse por entero a Dios, que nos juzgará según nuestras obras?

AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Ah Señor! ¡Cuántas noches he pasado sin vuestra gracia!... ¡En qué miserable estado se hallaba entonces mi alma!... ¡ La odiabais Vos, y ella quería vuestro odio! Condenado estaba ya al infierno; sólo faltaba que se ejecutase la sentencia...
Vos, Dios mío, siempre os habéis acercado a mí, invitándome al perdón. Mas ¿quién me asegurará que ya me habéis ahora perdonado? ¿Habré de vivir, Jesús mío, con este temor hasta que vengáis a juzgarme?... Con todo el dolor que siento por haberos ofendido, mi deseo de amaros y vuestra Pasión, ¡oh Redentor mío!, me hacen esperar que estaré en vuestra gracia. Arrepiéntome de haberos ofendido, ¡oh Soberano bien!, y os amo sobre todas las cosas. Resuelvo antes perderlo todo que perder vuestra gracia y vuestro amor.

Deseáis Vos que sienta alegría el corazón que os busque (1 Co., 16, 10). Detesto, Señor, las injurias que os hice; inspiradme confianza y valor. No me reprochéis más mi ingratitud, que yo mismo la conozco y aborrezco.

Dijisteis que no queréis la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez., 33, 11). Pues todo lo dejo, ¡oh Dios mío!, y me convierto a Vos, y os buscó y os quiero y os amo sobre todas las cosas. Dadme vuestro amor, y nada más os pido...
¡Oh María, que sois mi esperanza, alcanzadme perseverancia en la virtud!

PUNTO 3
A la felicidad de la vida presente llamaba David (Salmo 72, 20) un sueño de quien despierta, y comentando estas palabras, escribe un autor: «Los bienes de este mundo parecen grandes; mas nada son de suyo, y duran poco, como el sueño, que pronto desaparece.»

La idea de que todo se acaba con la muerte inspiró a San Francisco de Borja la resolución de entregarse por completo a Dios. Habíanle dado el encargo de acompañar hasta Granada el cadáver de la emperatriz Isabel, y cuando abrieron el ataúd, tales fueron el horrible aspecto que ofreció y el hedor que despedía, que todos los acompañantes huyeron.

Mas San Francisco, alumbrado por divina luz, quedóse a contemplar en aquel cadáver la vanidad del mundo, considerando cómo podía ser aquélla su emperatriz Isabel, ante la cual tantos grandes personajes doblaban reverentes la rodilla. Preguntábase qué se habían hecho de tanta majestad y tanta belleza.

Así, pues, díjose a sí mismo: « ¡.En esto acaban las grandezas y coronas del mundo!... ¡No más servir a señor que se me pueda morir!...» Y desde aquel momento se consagró enteramente al amor del Crucificado, e hizo voto de entrar en Religión si antes que él moría su esposa; y, en efecto, cuando la hubo perdido, entró en la Compañía de Jesús.

Con verdad un hombre desengañado escribía en un cráneo humano: Cogitantí vilescunt omnia .. Al que en esto piensa todo le parece vil... Quien medita en la muerte no puede amar la tierra... ¿Por qué hay tanto desdichado amador del mundo? Porque no piensan en la muerte...

¡Míseros hijos de Adán!, nos dice el Espíritu Santo (Sal. 4, 3), ¿por qué no desterráis del corazón los afectos terrenos, en los cuales amáis la vanidad y la mentira? Lo que sucedió a vuestros antepasados os acaecerá también a vosotros; en vuestro mismo palacio vivieron, en vuestro lecho reposaron; ya no están allí, y lo propio os ha de suceder. Entrégate, pues, a Dios, hermano mío, antes que llegue la muerte. No dejes para mañana lo que hoy puede hacer (Ecc., 9, 10); porque este día de hoy pasa y no vuelve; y en el de mañana pudiera la muerte presentársete, y ya nada te permitiría hacer.

Procura sin demora desasirte de lo que te aleja o pueda alejarte de Dios. Dejemos pronto con el afecto estos bienes de la tierra, antes que la muerte por fuerza nos los arrebate. ¡ Bienaventurados los que al morir están ya muertos a los afectos terrenales! (Ap., 14, 13). No temen éstos la muerte, antes bien, la desean y abrazan con alegría, porque en vez de apartarlos de los bienes que aman, los une al Sumo Bien, único digno de amor, que les hará para siempre felices.

AFECTOS Y SÚPLICAS
Mucho os agradezco, amado Redentor mío, que me ha¬yáis esperado. ¡Qué hubiera sido de mí si me hubierais hecho morir cuando tan alejado me hallaba de Vos! ¡ Benditas sean para siempre vuestra misericordia y la paciencia con que me habéis tratado!...

Os doy fervientes gracias por los dones y luces con que me habéis enriquecido... Entonces no os amaba ni me cuidaba de que me amaseis. Ahora os amo con toda el alma, y mi mayor pena es el haber desagradado a vuestra infinita bondad. Atorméntame ese dolor: ¡ dulce tormentó, que me trae la esperanza de que me hayáis perdonado! ¡Ojalá hubiera muerto mil veces, dulcísimo Salvador mío, antes de haberos ofendido!... Me estremece el temor de que en lo futuro pudiera volver a ofenderos. ..

¡ Ah, Señor ! Enviadme la muerte más dolorosa que hubiere antes de que otra vez pierda vuestra gracia.

Esclavo fui del infierno; ahora vuestro siervo soy, ¡oh Dios de mi alma!... Dijisteis que amaríais a quien os amase... Pues yo os amo; soy vuestro y Vos sois mío... Y como pudiera perderos en lo por venir, sólo os pido la gracia de que me hagáis morir antes que de nuevo os pierda... Y si tantos beneficios me habéis dado sin que yo los pidiera, no puedo temer me neguéis este que os pido ahora. No permitáis, pues, que os pierda. Concededme vuestro amor, y nada más deseo...

i María, esperanza mía, interceded por mi!