"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

domingo, 3 de abril de 2016

EL PRIMER HOMBRE Y LA PRIMERA MUJER

EL PRIMER HOMBRE
Y LA PRIMERA MUJER


Dios creó la primera pareja humana: el hombre la mujer, que Él destino a completarse mutuamente.  En los dos sexos unidos ha realizado el Creador el ideal de la humanidad.
          Cada sexo tiene sus características; unidos verifican adecuadamente la noción de hombre.
          Dios ha asignado al hombre el trabajo vigoroso que exige firmeza y energía.  Su voluntad es fuerte, su carácter inquebrantable; en sus resoluciones es constante.  Experimenta un gozo intenso en el ejercicio completo de sus facultades en la lucha por la vida.  Pronto veríamos arruinado el organismo de la mujer si con sus fatigas hubiera de ganar el pan de cada día.
          Su misión es el velar por la familia, el emplear su afecto sin límites en la educación de sus hijos y regocijar con una sonrisa la frente preocupada del marido al volver de su trabajo.  Su fuerza no igual a la del hombre, pero es en cambio más paciente y perseverante.
          Dios ha realizado el ideal de la humanidad al crear al hombre y la mujer.  Los atractivos incomparables de la vida de familia, el amor conyugal, el cariño de los hijos, aun el patriotismo, tienen su fundamento en la distinción de los dos sexos.
          El mundo tiene necesidad del hombre, tiene necesidad de la mujer. Necesita la fuerza del primero y la ternura de la segunda.  Necesita la tenaz energía del hombre y el afecto, la belleza, la sensibilidad de la mujer.  He ahí la razón por la cual Dios colocó en el paraíso terrenal la primera mujer al lado del primer hombre.

Dr. Toth Tihamer



viernes, 1 de abril de 2016

LOS PLANES DEL CREADOR



“Dios creo al hombre a su imagen:
Lo creo a la imagen de Dios;
Lo creo hombre y mujer.  Y los bendijo
 Y les dijo: sed fecundos, multiplicaos,
Poblad la tierra”

(Gen. 1,1-27-28)


Hacia millares de años que la tierra continuaba su caminito alrededor del sol.  En su seno bullía aun la ardiente lava.  De vez en cuando se abría su corteza, que se iba endureciendo, pero el enfriamiento estaba casi acabado.
          Las vastas selvas cubrían la tierra.  La primavera exhibía sus deslumbrantes riquezas, los pájaros cantaban con el viento. Todo anunciaba la vida, la fuerza, la energía dispuesta a la acción.
          Un ser faltaba aún.
          Para él cantaba el turpial, para él la flor exhalaba su perfume, para él producía el árbol sus frutos.
          Un solo ser faltaba.

          Un solo ser que, dotado de inteligencia y consiente de sus acciones, pudiera encerrar en su alma, ávida de infinito, todas esas bellezas, todas esas magnificencias; un solo ser que, no contento con ser una voz en medio del gran concierto de la naturaleza, consagrara sus facultades superiores a interpretar los trinos de las aves, el murmullo de los torrentes, el perfume de las flores, el cuchicheo de los bosques, el gemido de los vientos, la grande majestad de las montañas; un solo ser que pudiera ofrecer al Creador su alma repleta de las claridades de la creación, semejante a un cantico de eterna gratitud. 

Dr. Toth Tihamer

lunes, 21 de marzo de 2016




LOS DOCE, GRADOS DEL SILENCIO
Sor Amada de Jesús
La vida interior podría consistir en esta sola palabra

¡Silencio! El silencio prepara los santos; él los comienza, los continúa y, los acaba. Dios, que es eterno, no dice más que una sola palabra, que es el Verbo. Del mismo modo, sería deseable que todas nuestras palabras digan Jesús directa o indirectamente. Esta palabra: silencio ¡cuán hermosa es!

1° Hablar poco a las creaturas y mucho a Dios

Este es el primer paso, pero indispensable, en las vías solitarias del silencio. En esta escuela es donde se enseñan los elementos que disponen a la unión divina. Aquí el alma estudia v profundiza esta vírtud, en el espíritu del Evangelio, en el espíritu de la Regla que abrazó, respetando los lugares consagrados las personas, y sobre todo esta lengua en que tan a menudo descansa el Verbo o la Palabra del Padre, el Verbo hecho carne. Silencio al mundo, silencio a las noticias, silencio con las almas más justas: la voz de un Angel turbó a María...

2° Silencio en el trabajo, en los movimientos

Silencio en el porte, silencio de los ojos, de tos oídos, de la voz; silencio de todo el ser exterior, que prepara al alma a pasar a Dios. El alma merece tanto como puede, por estos primeros esfuerzos en escuchar la voz del Señor. ¡Qué bien recompensado es este primer paso!
Dios la llama al desierto, y por eso.; en este segundo estado, el alma aparta todo lo que podría distraerla; se aleja del ruido, y huye sola hacia Aquél que solo es. Allí ella saboreará las primicias de la unión divina y el celo de su Dios. Es el silencio del recogimiento, o el recogimiento en el silencio.

3° Silencio de la imaginación

Esta facultad es la primera en llamar a la puerta cerrada, del jardín del Esposo; con ella vienen las emociones ajenas, las vagas impresiones, las tristezas. Pero en este lugar retirado, el alma dará al Bien Amado pruebas de su amor. Presentará a esta potencia, que no puede ser destruida, las bellezas del cielo, los encantos de su Señor, las escenas del Calvario, las perfecciones de su Dios. Entonces, también ella permanecerá en el silencio, y será la sirvienta silenciosa del Amor divino.

4° Silencio de la memoria

Silencio al pasado... olvido. Hay que saturar esta facultad con el recuerdo de las misericordias de Dios... Es el agradecimiento en el silencio, es el silencio de la acción de gracias.

5° Silencio a las creaturas

¡Oh, miseria de nuestra condición presente! A menudo el alma, atenta a sí misma, se sorprende conversando interiormente con las creaturas, respondiendo en su nombre. ¡Oh, humillación que hizo gemir a los santos! En ese momento esta alma debe retirarse dulcemente a las más íntimas profundidades de este lugar escondido, donde descansa la Majestad inaccesible del Santo de los santos, y donde Jesús, su consolador v su Dios, se descubrirá a ella, le revelará sus secretos, v le hará probar la bienaventuranza futura. Entonces le dará un amargo disgusto para todo lo que no es El, y todo lo que es de la tierra. dejará poco a poco de distraerla.

6° Silencio del corazón

Si la lengua está muda, si los sentidos se encuentran en la calma, si la imaginación, la memoria y las creaturas se callan y hacen silencio, si no alrededor, si al menos en lo íntimo de esta alma de esposa, el corazón hará poco ruido. Silencio de los afectos, de las antipatías, silencio de los deseos en lo que tienen de demasiado ardiente, silencio del celo en lo que tiene de indiscreto; silencio del fervor en lo que tiene de exagerado: silencio hasta en los suspiros... Silencio del amor en lo que tiene de exaltado, no de esa exaltación de que Dios es autor, sino de aquella en que se mezcla la naturaleza. El silencio del amor, es el amor en el silencio...
Es el silencio ante Dios, suma belleza, bondad, perfección... Silencio que no tiene nada de molesto, de forzado; este silencio no daña a la ternura, al vigor de este amor, de modo semejante a como el reconocimiento de las faltas no daña tampoco al silencio de la humildad, ni el batir de las alas de los ángeles de que habla el profeta al silencio de su obediencia, ni el Fiat al silencio de Getsemaní, ni el Sanctus eterno al silencio de los serafines...
Un corazón en el silencio es un corazón de virgen, es una melodía para el corazón de Dios. La lámpara se consume sin ruido ante el Sagrario, y el incienso sube en silencio hasta el trono del Salvador: así es el silencio del amor. En los grados precedentes, el silencio era todavía la queja de la tierra; en éste el alma, a causa de su pureza, empieza a aprender la primera nota de este cántico sagrado que es el cántico de los cielos.

7° Silencio de la naturaleza, del amor propio

Silencio a la vista de la propia corrupción, de la propia incapacidad. Silencio del alma que se complace en su bajeza. Silencio a las alabanzas, a la estima. Silencio ante los desprecios, las preferencias, las murmuraciones; es el silencio de la dulzura y de la humildad. Silencio de la naturaleza ante las alegrías o los placeres. La flor se abre en silencio y su perfume alaba en silencio al creador: el alma interior debe hacer lo mismo. Silencio de la naturaleza en la pena o en la contradicción. Silencio en los ayunos, en las vigilias, en las fatigas, en el frío y el calor. Silencio en la salud, en la enfermedad, en la privación de todas las cosas: es el silencio elocuente de la verdadera pobreza y de la penitencia; es el silencio tan amable de la muerte a todo lo creado y humano. Es el silencio del yo humano transformándose en el querer divino. Los estremecimientos de la naturaleza no podrían turbar este silencio, porque está por encima de la naturaleza.

8° Silencio del espíritu

Hacer callar los pensamientos inútiles, los pensamientos agradables y naturales; sólo éstos dañan al silencio del espíritu, y, no el pensamiento en sí mismo, que no puede dejar de existir. ¡Nuestro espíritu quiere la verdad, y nosotros le damos la mentira! ¡Ahora bien, la verdad esencial es Dios! ¡Dios basta a su propia inteligencia divina, y no basta a la pobre inteligencia humana!
Por lo que mira a una contemplación de Dios sostenida, inmediata, no es posible en la debilidad de la carne, a no ser que Dios conceda un puro don de su bondad; pero el silencio en los ejercicios propios del espíritu consiste; en relación a la fe, en contentarse con su luz oscura. Silencio a los razonamientos sutiles que debilitan la voluntad v disecan el amor. Silencio en la intención: pureza, simplicidad; silencio a las búsquedas personales; en la meditación, silencio a la curiosidad; en la oración, silencio a las propias operaciones, que no hacen más que obstaculizar la obra de Dios. Silencio al orgullo que se busca en todo, siempre y en todas partes; que quiere lo bello, el bien, lo sublime; es el silencio de la santa simplicidad; del desprendí-miento total de la rectitud.
Un espíritu que combate contra tales enemigos es semejante a esos ángeles que ven sin cesar la Faz de Dios. Esta es la inteligencia, siempre en el silencio, que Dios eleva hasta sí.

9° Silencio del juicio

Silencio cuanto a las personas, silencio cuanto a las cosas. No juzgar, no dejar ver la propia opinión. No tener opinión a veces, es decir, ceder con simplicidad, si nada se opone a ello por prudencia o por caridad. Es el silencio de la bienaventurada. y santa infancia, es el silencio de los perfectos, el silencio de los ángeles y de los arcángeles, cuando siguen las órdenes de Dios. ¡Es el silencio del Verbo encarnado!

10° Silencio de la voluntad

El silencio a los mandamientos, el silencio a las santas leyes de la regia, no es, por decirlo así, más que el silencio exterior de la propia. Voluntad. El Señor tiene algo que enseñarnos de mas profundo y de más difícil: el silencio del esclavo bajo los golpes de su amo. Pero ¡feliz esclavo, pues el Amo es Dios! Este silencio es el de la víctima sobre el altar, es el silencio del cordero que es despojado de su vellocino, es el silencio en las tinieblas, silencio que impide pedir la luz, al menos la que alegra. Es el silencio en las angustias del corazón, en los dolores del alma.; el silencio de un alma que se vio favorecida por su Dios, y que, sintiéndose rechazada por El; no pronuncia ni siquiera estas palabras: ¿Por qué? ¿Hasta cuándo? Es el silencio en el abandono, el silencio bajo la severidad de la mirarla de Dios, bajo el peso de su mano divina; el silencio sin otra queja que la del amor. Es el silencio de la crucifixión, es más que el silencio de los mártires, es el silencio de la agonía de Jesucristo. Si, este silencio es su divino silencio, y nada es comparable a su voz, nada resiste a su oración, nada es más digno de Dios que esta clase de alabanza en el dolor, que este Fiat en el lagar; que este silencio en el trabajo de la muerte.
Mientras esta voluntad humilde y libre, verdadero holocausto de amor, se destroza v se destruye para la gloria del nombre de Dios, Él la transforma en su voluntad divina. Entonces ¿qué falta para su perfección? ¿Qué se requiere todavía para la unión? ¿Qué falta para que Cristo sea acabado en esta alma? Dos cosas: la primera es el último suspiro del ser humano, la segunda es una dulce atención al Bien Amado cuyo beso divino es la inefable recompensa.

11° Silencio consigo mismo

No hablarse interiormente, no escucharse, no quejarse ni consolarse. En una palabra, callarse consigo mismo, olvidarse asi mismo, dejarse solo, completamente solo con Dios; huirse, separarse de sí mismo. Este es el silencio más difícil, y sin embargo es esencial para unirse a Dios tan perfectamente como pueda hacerlo una pobre creatura, que, con la gracia, llega a menudo hasta aquí, pero se detiene en este grado, porque no lo comprende y lo practica menos aún. Es el silencio de la nada. Es más heroico que el silencio de la muerte.

12° Silencio con Dios

Al comienzo Dios decía al alma: "Habla poco a las creaturas y mucho conmigo”. Aquí le dice. "No me hables más”. El silencio con Dios es adherirse a Dios, presentarse y exponerse ante Dios, ofrecerse a Él, aniquilarse ante El, adorarlo, amarlo, escucharlo, oírlo, descansar en El. Es el silencio de la eternidad; es la unión del alma con Dios.



miércoles, 20 de enero de 2016

¿Que es la Oracion?

No podemos hacer oración bien si primero no sabemos qué es.  Descubre la oración y qué es exactamente

La oración es a la vez algo fácil y difícil. Fácil porque hablar con Dios es algo que podemos hacer en cualquier momento, prácticamente en cualquier circunstancia.       

Y es difícil porque a veces no sabemos exactamente qué es hacer oración, porque las ocupaciones diarias nos absorben o simplemente porque hay una gran resistencia a sentarse un rato para hablar con Dios.

Para poder hacer bien la oración, para rezar bien, es importante entender qué es la oración.

Orar es hablar con Dios, de tú a tú, como le habla un hijo a un padre. Y a Dios podemos decirle cualquier cosa: lo que vivimos, nuestras preocupaciones, lo que hemos logrado, en lo que necesitamos su ayuda, incluso platicarle nuestro día tal y como lo haríamos con la gente a la que le tenemos confianza y le queremos. La oración es un dirigirse a Dios para alabarlo, agradecerle, reconocerlo y pedirle cosas que sean para nuestro bien.

Es buena idea conocer las definición de oración de algunos autores espirituales, santos, doctores de la Iglesia y el Santo Padre:

• No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama (SANTA TERESA, Vida, 8, 2).

• La oración es la elevación del alma hacia Dios y la petición de lo que se necesita de Dios. (SAN PEDRO DAMIAN, en Catena Aurea, vol. III, p. 304)

• La oración es la elevación de nuestro corazón a Dios, una dulce conversación entre la criatura y su Criador.(SANTO CURA DE ARS,Sermón sobre la oración)

• La adoración es el acto por el que uno se dirige a Dios con ánimo de alabarle (ORIGENES, Trat. sobre la oración, 14).

• La oración es el acto propio de la criatura racional. (SANTO TOMÁS,Suma Teológica, 2-2, q. 83, a. 10)

• La oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por tanto, no podemos menos de abandonarnos a El, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza […]. La oración es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor. La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y amor. (JUAN PABLO II, Aloc. 14-III-1979)

El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica en síntesis que “La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (CEC 2590), es decir, pedirle lo que es bueno para nuestra alma y nuestra salvación. Cualquier cosa que sea contraria a esto, por supuesto que no nos la concederá, porque ante todo nos ama y nunca haría nada para hacernos daño.

En las definiciones anteriores encontramos varias palabras “clave” en el concepto de la oración: diálogo, elevación, adoración, tratamiento de amistad. En la oración nuestra mente se eleva a Dios para alabarlo y pedirle cosas convenientes a nuestra salvación.
Ya sabemos qué es la oración, aunque hay muchos tipos diferentes. Mencionaremos las clases de oración más importantes:
En primer lugrar, muchos pueden preguntarse qué diferencia hay entre la oración que se hace por ejemplo en la Santa Misa y la que hacemos solos frente al Sagrario o en nuestra casa, esto es la diferencia entre la oración privada y la pública. Explicaremos la primera:
Algunos recordarán que Jesucristo nos dijo “…cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. ” Mt 6,6 Esta es una oración privada, personal en la que solamente estamos a solas con Dios. Esta oración es fundamental, verdaderamente el pilar de la vida interior. Con ella nos acercamos a Dios y nos dirigimos a Él que es persona. Dios, nuestro Padre en el cielo está siempre presente y lo puede todo (es omnipotente y omnipresente), y cuando Jesús nos indica que vayamos a nuestro aposento y cerremos la puerta para orar privadamente, es porque Dios quiere vernos a solas, como una Padre se sienta a hablar cariñosamente con su hijo sobre las cosas más privadas, más trascendentes y más importantes. Jesús comprende nuestra necesidad de consuelo, de ayuda y nos invita a que en la intimidad, nos dirijamos con toda la confianza del mundo a nuestro Padre para pedirle cuanto nos haga falta.

Jesucristo nos da testimonio de que está en continua comunicación con su Padre y nos invita a hacerlo. Jesús ora en el Bautismo (Lc3,21); en su primera manifestación en Cafarnaún (Mc 1 ,35; Lc 5,16); en la elección de los Apóstoles (Lc 6,12). Noches enteras pasa el Señor en diálogo de oración con su Padre (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,29; 10,21 ss.). Jesús enseñará a sus discípulos que han de orar en todo tiempo (Lc 18,1). La plegaria de Jesús pone de manifiesto su confianza filial con Dios-Padre que se traducirá en la familiar expresión de Abba, Padre (Mc 14,36). Lo mismo sucede con las diversas peticiones que formula en la oración sacerdotal ( lo 17), poco antes de su Pasión (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46), y en la petición por sus verdugos (Lc 23,34). Jesús -ante la pregunta de uno de sus discípulos- ha dejado a los cristianos no sólo el modelo de su propia oración, sino también el cómo y la manera de hacerla (Lc 11,1-4). El Señor instruye a sus discípulos para que hagan bien la ORACIÓN, sin charlatanería (Mt 6,5-15); con una postura de humildad, tal y como nos lo señala la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14); en unión de la fe y la con- fianza, como requisitos de eficacia para él orante (Mt 11 , 24; Lc 17 ,5 ss.).
Como podemos ver, esta oración privada es fundamental en la vida de piedad de todo católico. Ahora bien, no debemos olvidar que todos los bautizados formamos parte de la Iglesia (y en ese sentido somos parte del cuerpo místico de Cristo); el Señor nos dijo que “donde están dos o tres reunidos en mi nombre , allí estoy yo en medio de ellos.” Mt 18,20 La oración también puede hacerse en conjunto con otras personas, incluso Jesucristo le da tanto valor que promete “estar en medio de nosotros” cuando lo hagamos. Esa es la oración pública, la que se hace en nombre de la Iglesia, por un ministro destinado legítimamente a este fin (CIC, can. 1256; v. III). Este tipo de oración suele tener un carácter eminentemente litúrgico, como le ocurre al rezo del Oficio divino. Santo Tomás le llamaba a esta oración común; y considera que debe realizarse en voz alta para que el pueblo fiel tenga conocimiento de ella. La oración privada es la que ofrece la persona individual por sí misma o por los demás.

Una vez que hemos entendido la diferencia entre oración pública y oración privada, llega el momento de comentar la oración que se expresa hacia afuera de forma visible y externa (o sea con palabras) y la oración que hacemos sin palabras, sin que nada en nuestro exterior lo exprese, pero que se da dentro de nuestra mente como un acto de raciocinio. Cuando la oración se exterioriza con palabras se le llama oración vocal.

Don Antonio Royo Marín, O.P. nos dice en su Teología Moral para Seglares que “La oración vocal está al alcance de todos. No se requiere de una fórmula determinada, si bien la ofrece insuperable el Padrenuestro. Para que sea verdadera oración es preciso que se haga con atención (toda distracción voluntaria es un pecado venial de irreverencia) y con profunda piedad.”

La la oración es interior, sin que existan palabras habladas, se le llama oración mental. En ella el diálogo con Dios se realiza mediante nuestra razón y nos dirigimos a Dios hablándole con nuestra mente. Esta oración puede ser un diálogo con el Señor (recordemos que para el católico la oración no es necesariamente un monólogo) y en ese sentido la oración mental se llama discursiva porque, en efecto, es un discurso.

La oración es acto de raciocinio

La oración, nos enseña Santo Tomás de Aquino, es una un acto de raciocinio, sin olvidar que nuestros sentimientos y afectos forman parte de dicha acción. La oración debe dejarnos una resolución práctica y concreta. La oración en la que predominan los afectos sobre el entenidmiento es afectiva que cada vez qeu se simplifica más se convierte en oración de sencillez.

Ahora bien, además de la oración discursiva, hay otro tipo de oración mental que es la contemplativa. En ella se da un total recogimiento de los sentidos y un “silencio interior” que nos permite escuchar mejor a Dios. Es, efectivamente, como contemplar a Dios, pero no es un contemplarle con la vista, sino una contemplación del alma.

La oración contemplativa (también conocida como mística), es de gran profundidad. Las almas con un gran avance espiritual pueden recibir de Dios grandes dones y un inmenso gozo en la oración contemplativa. En esta oración, Dios puede permitir que nuestra alma tenga un recogimiento, una paz y un sosiego excepcionales. Con ello llega una quietud derivada de la presencia de Dios que cautiva la voluntad y llena el alma y el cuerpo con una suavidad y un deleite imposibles de describir con palabras.

Hay un punto en la vida de oración en la cual se puede dar una unión intensa en la que todas las potencias del almas se cautiven y estén absortas en Dios. Esta unión puede ser tan fuerte e intensa que se suspenden los sentidos internos y externos. El alma no ve nada ni oye nada de lo que ocurre en el exterior. Es lo que se llama una unión extática. Y el alma que ha logrado traspasar todas estas corrientes de la vida interior, llega a una transformación total en Dios, en donde ambas partes se entregan totalmente la una a la otra.

Todo cristiano puede llegar a estos puntos en una cumbre de la vida interior. La santidad está al alcance de toda alma que sea verdaderamente fiel a la gracia y generosa al servicio de Dios. Todo lo que hemos descrito en el párrafo anterior no está reservado para unos pocos aristócratas del espíritu, por el contrario, en el desarrollo progresivo y normal de la gracia santificante ocurre. La unión con Dios en un sentido pleno debería ser el preludio normal de la visión beatífica, alcanzado en este mundo por todos los fieles bautizados. Esto nos lo enseña Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, plenamente de acuerdo con los principios más firmes de la teología católica. El concilio Vaticano II ha proclamado con fuerza el llamamiento universal a la santidad para todos los hombres sin excepción (Constitución Lumen gentium c.5).

Hemos recorrido un buen camino hasta ahora, pero no nos perdamos de la vía principal. Hay muchos tipos de oración, y conforme se avanza en ella la Gracia de Dios comienza a actuar más y más en el alma, pero no olvidemos nuestro concepto fundamental. Y respondiendo a la primera pregunta ¿Qué es la oración? recordemos que   “La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (CEC 2590)

Fuente:Encuentra.com



miércoles, 24 de diciembre de 2014

De san Alfonso Maria de Ligorio Discurso IX


SEGUNDA NOVENA DE NAVIDAD

DISCURSO IX
(24 de Diciembre)

EL VERBO ETERNO, DE SUBLIME, SE HIZO HUMILDE

Discile a me, quia mitis sum et humillis corde
Aprended de mí, pues soy manso y humilde de corazón.

         La soberbia fué la primera causa de la caída de nuestros primeros padres, quienes por no sujetarse a la obediencia divina se perdieron a sí y a todo el género humano; pero la misericordia de Dios, para remediar tamaño mal,  permitió que su Unigénito se humillara hasta el extremo de revestirse de carne humana y, con el ejemplo de su vida, indujera al hombre a enamorarse de la santa humildad y a detestar la soberbia, que nos hace odiosos a los hombres y a Dios.  He aquí porque San Bernardo nos invita hoy a visitar la gruta de Belén con estas palabras: «Vayamos a Belén, que allí tenemos que admirar, qué amar y qué imitar»

         Sí; en aquella gruta tendremos, en primer lugar, qué admirar.  ¡Cómo!, ¿un Dios en un pesebre? ¿Un Dios sobre la paja? ¡Cómo!, el Dios que se sienta en lo más excelso del cielo en trono de majestad.  ¿Colocado en un pesebre, desconocido y abandonado y sin apenas más compañía que la de dos animales y algunos pastorcillos?

         Tendremos también que amar, al encontrarnos con un Dios que, si bien infinito, quiso bajarse hasta ofrecerse al mundo como pobre niño para hacernos más amable y querido, según el mismo San Bernardo decía

         Y hallaremos, finalmente qué imitar en el supremo Rey del cielo, hecho humilde, pequeñito y pobre niño, que ya en aquella cueva quiere comenzar, desde su infancia a enseñarnos con su ejemplo lo que después nos enseñará con su voz, continúa diciendo el mismo santo Abad

         Imploremos las luces de la gracia a Jesús y a María.

I

         ¿Quién no sabe de Dios es el primer y supremo noble, del que depende toda nobleza? Su grandeza es infinita: no depende de nadie y de nadie   heredo su grandeza, que siempre poseyó en sí mismo.  Es el señor de todo y a quien todas las criaturas obedecen.  Los vientos y el mar le obedecen.  Sobrada razón tiene el Apóstol para decir: Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos.  Pero el Verbo eterno, para remediar la desgracia del hombre, perdido por su soberbia, así como le dió ejemplo de pobreza, como ya consideramos en el presente discurso, para desprenderle de los bienes terrenos, así quiso también servirle de ejemplo de humildad para librarlo del vicio de la soberbia.

         El primero y mayor ejemplo de humildad fué el hacerse hombre y cargar con nuestras miserias: Hecho a semejanza de los hombres.  Dice Casiano que quien viste vestido ajeno, bajo él se esconde, y así Dios quiso esconder su naturaleza divina bajo el humilde vestido de la naturaleza humana.  Y San Bernardo añade que ocultó la majestad divina para tomar nuestra naturaleza y para que se juntasen Dios y el barro, la majestad y la enfermedad, tanta vileza y tanta sublimidad.  ¡Un Dios unirse al barro! ¡La Grandeza a la miseria, la sublimidad a la vileza!  Pero lo que más nos ha de asombrar es que no tan solo quiso.  Dios hacerse criatura, sino aparecer como pecador, revistiéndose de carne semejante a la carne del pecado. 

         Y aun no se contentó el Hijo de Dios de aparecer como hombre, ni aun como hombre pecador, sino que quiso elegir la vida más baja y humilde que puede existir entre los hombres, de manera que llego a llamarlo Isaías Abandonado de los hombres.  Jeremías había predicho que había de ser saciado  de oprobios y de ignominias, y David que había de ser oprobio de los hombres y hez del pueblo.  Por eso quiso Jesucristo nacer en el mundo lo más pobre que se pueda imaginar.  ¡Qué vergüenza para un hombre, por pobre que se quiera, nacer en un pesebre!  Los pobres nacen sus casucas, y a veces entre pajas, pero nunca en un establo, en que apenas si nacen las bestias y los gusanillos; y como gusano quiso nacer en la tierra el Hijo de Dios.  Con tal humildad quiso nacer el Rey del universo, dice San Agustín, para demostrarnos en su humildad la majestad y omnipotencia al hacer con su ejemplo amantes de la humildad a los hombres, que nacen plagados de soberbia.

         Anuncio el ángel a los pastores el nacimiento del Mesías, y las señales que les dio para reconocerlo fueron todas señales de humildad.  Hallareis al niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre.  Así se da a conocer un dios que viene a la tierra a destruir la soberbia.

         La vida de Jesucristo en Egipto, cuando vivió desterrado en aquel país, fue conforme a su nacimiento, pues allí vivió como extranjero, desconocido y pobre entre aquellos barbaros y sin que nadie le conociese ni hiciese caso de Él.  Volvió a Judea, y su vida no fue distinta de la que vivió en Egipto, ya que paso treinta anos en un taller, tenido por todos como hijo de un sencillo artesano, con su oficio de menestral, pobre, desconocido y despreciado.  En aquella su familia no había criados ni criadas, pues José y María eran los dueños y los criados, como dice San Pedro Crisologo.  El solo criado de aquella casa era el Hijo de Dios, que quiso hacerse hijo del hombre, es decir, María para hacerse humilde siervo y, como tal, obedecer a un hombre y a una señora. 

         Después de treinta años de vida escondida, llegó por fin el tiempo en que nuestro Salvador había de comparecer en público para predicar la celestial doctrina que había venido a ensenarnos desde el cielo, por lo que fue necesario se diera a conocer lo que era, verdadero Hijo de Dios.  Mas ¿Cuántos fueron los que lo reconocieron por tal y lo honraron como merecía?  Fuera del reducido número de discípulos que le siguieron, todos los demás, en lugar de honrarlo, lo despreciaron como hombre vil e impostor, cumpliéndose entonces la profecía de Simeón.  Este está puesto… como señal a quien se contradice.  Jesucristo fue contradicho y menospreciado en todo: en su doctrina, ya que al manifestar que era el Unigénito de Dios fue tenido por blasfemo y, como tal, reputado reo de muerte, como decía el impío Caifás.  Fué despreciado e su sabiduría, ya que lo tuvieron por loco y falto de juicio.  Fué despreciado en sus costumbres, teniéndolo por borracho, comilón y amigo de ribaldos.  Fué tenido además, por hechicero, que tenía pactos con el demonio: hereje y endemoniado, seductor.  Finalmente, fué Jesucristo acusado por el público de ser tan malhechor que no necesitaba proceso para condenarlo a muerte de cruz, según decían los judíos a Pilatos.

         Llego, por fin, el Salvador al término de su vida y a su pasión, y en ella, ¡Dios mío, que de desprecios y vilipendios no recibió! Fué traicionado y vendido por uno de sus discípulos en treinta monedas, inferiores al precio en que se vende una bestia.  Otro discípulo renegó de él.  Fue conducido por las calles de Jerusalén, atado como un malhechor, abandonado de todos, hasta de sus contados discípulos.  Fué vilmente tratado como esclavo con el castigo de azotes; fue abofeteado públicamente, tratado como loco y vestido por Herodes con vestidura blanca, para hacerle pasar por hombre ignorante y estúpido, según se expresa, San Buenaventura.  Fué reputado como rey de burlas, poniéndole en la mano una caña por cetro, en las espaldas un andrajoso pedazo de púrpura y en la cabeza un haz de espinas por corona, y después le saludaban irónicamente: ¡Salud, Rey de los Judíos!, cubriéndole la cara de esputos y bofetones.

         Finalmente, quiso morir Jesucristo; pero ¿con que muerte? Con la más ignominiosa, cual fué la de la cruz.  Quienes a la sazón morían ignominiosa, cual fue la de cruz.  Quienes a la sazón miran crucificados eran tenidos por los más viles y malvados de los reos, por lo que el nombre de crucificado era nombre de maldición e infamia.  De ahí que el Apóstol dijese: Cristo… hecho por nosotros objeto de maldición: porque escrito esta: «Maldito todo el que está colgado de un palo».  San Atanasio comenta así: «se llama maldito porque cargó con nuestra maldición» para salvarnos de la maldición eterna.

         Pero, Señor, exclama aquí Santo Tomas de Villanueva, ¿Dónde está tu gloria y tu majestad en medio de tanta ignominia? Y responde: No busques tal gloria y majestad, pues vino a dar ejemplo de humildad y a manifestar el amor que tuvo a los hombres, amor que le hizo como salir de sí mismo.

II

         Refiere la fábula pagana que Hércules, por el amor que profesaba el rey Augias,  llego hasta cuidar de sus caballerizas; y que Apolo, por amor también a Admeto, pastoreó sus rebaños.  ¡Fabulas tan solo!  Pero lo que es de fe es que Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, por amor a los hombres, se humillo hasta nacer en una gruta, vivió vida de humillaciones y, finalmente murió ajusticiado en infame patíbulo.  ¡Oh gracia, oh fuerza invencible del amor!-exclama San Bernardo-, ¿es posible que hayas obligado al Señor de todas las cosas a hacerse el menor de todas ellas? ¡Oh fuerza del amor divino, el más excelso de todos hacerse el más vil de todos! « ¿Quién hizo esto?»-prosigue preguntando el Santo-. El amor, que no se detiene en dignidades, cuando se trata de conquistarse el afecto de la persona amada.  Dios, que de nadie puede ser vencido, fue vencido por el amor, ya que el amor redujo a hacerse hombre y a sacrificarse por amor a los hombres en mar de dolores y desprecios.  “Se anonado a si mismo—prosigue el santo Abad—para que sepas que fué el amor quien rebajó al nivel del hombre semejante grandeza.

         Dice San Gregorio Nacianceno que de ninguna otra manera podía Dios manifestarnos mejor su amor que humillándose hasta cargar con las mayores miserias e ignominias sufridas por los hombres en la tierra.  Y Ricardo de San Víctor añade que, habiendo el hombre tenido la audacia de ofender a la majestad de Dios, fué necesario para purgar su delito que interviniese una humillación también infinita.  Pero «cuando más se ha humillado nuestro Dios-sigue San Bernardo—, tanto mayor se ha mostrado en la bondad y el amor».  Por lo tanto, después de haberse un Dios humillado tanto por amor al hombre, ¿tendrá este aun repugnancia en humillarse por amor a Dios?  No merece el nombre de cristiano quien no es humilde y no procura imitar la humildad de Jesucristo, que vino al mundo, como dice San Agustín, para abatir la soberbia.  La soberbia humana fue la enfermedad que hizo bajar del cielo a este divino Medico, le colmo de ignominias y le hizo morir crucificado.  Avergüéncese, pues el hombre de ser soberbio, al menos cuando fije su vista en un Dios que, para curarlo del orgullo, se humillo tanto.  Y San Pedro Damián escribe que “el Señor quiso abajarse tanto para sacarnos de la hediondez de nuestros pecados y colocarnos al par de los ángeles en el excelso reino de los cielos”.  “La humillación del Hijo de Dios-añade San Hilario-fue nuestra nobleza”.  «¡Oh inmensidad del amor divino continua diciendo San Agustín—, Un Dios por amor al hombre enamorarse de los desprecios para hacerle partícipe de su honor, abrazarse con los dolores para darle la salud, venir a morir para darle la vida!»


Jesucristo, al elegirse tan humilde nacimiento, vida tan menospreciada y muerte tan ignominiosa, ha tornado nobles y amables los desprecios y los oprobios, por lo que los santos en este mundo fueron tan amantes y hasta ávidos de las ignominias, que se diría no sabían ni desear ni buscar más que ser despreciados y pisoteados por amor de Jesucristo.  Cuando vino el Verbo al mundo, se cumplió puntualmente lo que Isaías había profetizado: En lo que era la morada de chacales, su cubil, habrá verdor de cañas y juncos; decir, que donde habitaban antes los demonios, soberbios espíritus, allí nacería, ante la humildad de Jesucristo el espíritu de humildad.  Vendor de cañas, comenta Hugo, porque el humilde esta como vacío a sus propios ojos.  Los humildes, en efecto, no están pagados de si, como los soberbios, sino al contrario, vacíos, creyendo en verdad que todo cuanto tienen es don de Dios.  De lo que bien podemos inferir que dios ama tanto al alma humilde como aborrece a la soberbia. 

         Pero ¿será posible, pregunta San Bernardo que se hallen aun orgullosos, después de haber visto la vida que vivió Jesucristo? ¿Cómo es posible que el hombre, gusanillo manchado con tanto pecado, viendo a un Dios de infinita majestad y pureza que tanto se humilla para enseñarnos la humildad, sea aun orgulloso?

         Sépase que los orgullos          nada ganan ante Dios, San Agustín advierte: “¿Te engríes? Dios huye de ti. ¿Te humillas? Dios viene a ti”. Huye el Señor de los soberbios, y, al contrario no sabe despreciar el corazón que se humilla, por pecador que sea.  Dios prometió escuchar a quien le rogare: Pedid y se os dará.  Todo el que pide, recibe, pero también ha afirmado que no puede escuchar a los soberbios, como nos dice Santiago: Dios se opone a los soberbios, más a los humildes otorga su gracia.  Santa Teresa declaraba que las más excelsas gracias las había recibido de Dios cuando más se humillaba ante su presencia.  La oración del que se humilla entra por sí misma en el cielo, sin necesidad de ser introducida ni se retira sin alcanzar de Dios lo que desea.

Afectos y Suplicas

         ¡Oh Jesús mío despreciado!, con vuestro ejemplo hicisteis muy queridos y amables los desprecios a vuestros amantes.  ¿Cómo, pues, en vez de recibirlos alegremente, como vos, me he portado con tanto orgullo, ofendiéndoos a vos, majestad infinita? ¡Pecador y Soberbio! ¡Ah, señor!, ya lo comprendo; no he sabido sufrir pacientemente porque no he sabido amaros; si os hubiera amado, habría encontrado suaves y agradables los padecimientos.  Pero, ya que prometéis el perdón a quienes se arrepienten, me arrepiento con toda el alma de toda mi desordenada vida, tan diferente de la vuestra.  Quiero enmendarme y os prometo, de hoy en delante sufrir pacientemente cuantos desprecios se me hicieren por amor vuestro. Jesús mío que por mi amor fuisteis de tal modo despreciado comprendo que las humillaciones son las preciosas minas conque enriquecéis a las almas de tesoros eternos. Otras humillaciones y otros desprecios merezco por haber despreciado vuestra gracia: Merezco ser pisoteado por los demonios, pero vuestros merecimientos son mi esperanza. Quiero cambian de vida y no quiero disgustaros más, por lo que hoy en adelante no quiero buscar sino vuestro gusto,  Muchas veces merecí ser lanzado al profundo del infierno, pero, ya que me esperasteis hasta el presente y aun me habéis perdonado los pecados, como espero, haced que, en vez de arder en aquel desgraciado fuego, arda en el fuego bendito de vuestro santo amor.

 No; Ya no quiero vivir más, ¡Oh Amor mío!, sin vuestro amor.  Ayudadme y no permitáis que viva ingrato, como en lo pasado.  En lo venidero solo a vos quiero amar, y quiero que mi corazón sea solo vuestro.  Por favor, tomad posesión de él, y tomadla por toda la eternidad, de manera que yo sea siempre vuestro y vos siempre mío, yo os ame siempre y siempre me améis vos.  Así lo espero, mi amabilísimo Dios; yo siempre os amare y vos siempre me amareis.  Creo en vos, bondad infinita; espero en vos, bondad infinita; os amo, bondad infinita; os amo y siempre lo repetiré; os amo, os amo, os amo  y,  porque os amo, quiero hacer cuanto me sea dable para complaceros.  Disponed de mí como os plazca; basta que me deis la gracia de amaros, y luego disponed de mí como quisiereis, Vuestro amor es y será siempre mi único tesoro, mi único deseo, mi único bien y mi único amor. 

         ¡Oh María, esperanza mía, Madre del amor hermoso ayudadme a amar mucho y siempre a mi amabilísimo Dios! 



martes, 23 de diciembre de 2014

De San Alfonso Maria de Ligorio Discurso VIII


SEGUNDA NOVENA DE NAVIDAD

DISCURSO VIII
(23 de Diciembre)

EL VERBO ETERNO, DE RICO, SE HIZO POBRE

Excutere de pulvere, consurge, sede, Jerusalem.
Sacúdete el polvo, levántate, cautiva de Jerusalén.


¡Animo, alma cristiana!, te dice el profeta; sacúdete el polvo de los afectos terrenos; ¡animo!, álzate del fango en que yaces miserablemente y siéntate; siéntate como reina para dominar las pasiones que te asedian a fin de que no alcances la gloria eterna y te exponen a peligro de eterna ruina.

         Mas ¿Qué tendrá que hacer el alma para llegar al feliz estado con que el profeta le brinda? Considerar e imitar la vida de Jesucristo, quien, siendo tan rico que posee todas las riquezas del cielo y de la tierra, se hizo pobre, despreciando los bienes terrenos.  Quien considera a Jesús hecho pobre por amor, es imposible que no se mueva a despreciarlo todo por amor de Jesús.  Considerémoslo atentamente y pidamos luces para ello a Jesús y a María.

I

         Cuanto hay en el cielo y en la tierra, todo es de Dios; el mismo Señor nos lo dice: Mío es el orbe y cuanto lo hinche.  Y aun esto es poco; el cielo y la tierra solo es una mínima parte de las riquezas de Dios.  Dios es tan rico, que tiene infinitas riquezas que no le pueden faltar, porque sus riquezas no dependen de otro, sino que las posee en sí mismo, que es infinito bien.  Por esto decía David: Tú eres mi Dueño: no hay bien para mí fuera de ti.  Así, pues, este Dios, siendo rico, se hizo pobre al encarnarse, a fin de enriquecernos a nosotros, pobres pecadores: Siendo rico, se empobreció para que vosotros con su pobreza os enriquecieseis.  ¡Como! ¿Un Dios llegando al extremo de hacerse pobre?  Y ¿Por qué? Vamos a verlo.  Los bienes de la tierra no pueden ser sino tierra y fango, pero fango que de tal manera ciega a los hombres, que ya no ven cuales sean los verdaderos bienes.

         Antes de la venida de Jesucristo estaba el mundo sumido en tinieblas, porque estaba sumido en pecados: Toda carne había corrompido su camino.  Todos los hombres habían viciado la ley y la razón, pues viviendo como brutos, no pensaban sino en disfrutar de los bienes y placeres terrenos, sin cuidarse para nada de los bienes eternos.  Pero la divina Misericordia dispuso que bajase el mismo Hijo de Dios a iluminar a estos obcecados: El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz.

         Jesús fue llamado luz de las naciones: Luz para iluminación de los gentiles.  Y la luz en las tinieblas brilla.  Ya anteriormente nos había prometido el Señor trocarse en nuestro Maestro, y Maestro visible a nuestros ojos, para enseñarnos el camino de la salvación, que es la práctica de las santas virtudes, y en especial de la santa pobreza: Tus ojos a tu maestro verán.  Pero este Maestro debía ensenarnos no solo con la voz, sino también, y principalmente, con el ejemplo de su vida.  Dice San Bernardo que en el cielo no se daba la pobreza, que tan solo se podía encontrar en la tierra, aun cuando el hombre desconociera su precio, y de ahí que no la buscase.  Por eso el hijo del hombre bajo del cielo a la tierra y eligió la pobreza como compañera de toda su vida haciéndola así, con su ejemplo, preciosa y deseable.  Y he aquí a nuestro Redentor niño que ya desde el comienzo de su vida se constituye maestro de pobreza en la gruta de Belén, llamada precisamente por el mismo San Bernardo escuela de Cristo y por San Agustín cueva maestra.

         Con tal fin permitió Dios que se publicase el edicto del Cesar, para que el Hijo naciera no solo pobre, sino el más pobre de todos los hombres, fuera de la casa propia y en una gruta albergue de animales.  El resto de los pobres, como nacen en sus casas, tienen ciertas comodidades de pañales, calor, asistencia de personas que, al menos por compasión, les prestan sus socorros.  ¿Quién nació nunca en un pesebre, por pobres que sus padres fuesen?  En los pesebres apenas si nacen los animales.  San Lucas cuenta como aconteció esto.  Llegado el tiempo en que María había de dar a luz, José anduvo buscándole alojamiento en Belén y, por más que fue de casa en casa, no lo encontró, ni siquiera en las posadas: No había para ellos lugar en el mesón.  Vióse, pues obligada María a albergarse, para dar a luz, en aquella cueva, donde a pesar del gran concurso de gentes, no había más que solos dos animales.

         Cuando naces los hijos de los príncipes, hallan habitaciones ricamente adornadas y calientes, cunas de plata, finísimos paños y grandes del reino y damas para su servicio; en cambio, al Rey del cielo, en vez de una habitación adornada y caliente, tócale una gruta fría, llena de hierba; en vez de colchones de pluma, un poco de paja dura e hiriente; en vez de finos pañales, toscos pañecillos, húmedos y fríos.  Al Creador de los ángeles, dice San Pedro Damiáno, no leemos que se le envolviese en purpura, sino con los más bastos pañalillos.  Avergüéncese la terrena soberbia al ver los resplandores de la humildad del Salvador.  Por toda calefacción y compañía de magnates, apenas le llega el hálito y compañía de dos animales; por toda cuna preciosa, cábele un vil pesebre. ¡Como! Exclama San Gregorio Niseno, el Rey de los reyes, que llena cielos y tierras. ¿No haya para nacer otro sitio que un pesebre de bestias? Sí, porque este Rey de los reyes, quiso por amor nuestro ser pobre, y el más pobre de todos.  A lo menos, los niños de los pobres tienen suficiente leche con que alimentarse, al paso que también en esto quisto ser pobre Jesucristo, pues la leche de María era leche milagrosa, facilitada no por la naturaleza, sino por el cielo, como dice la santa Iglesia;  y Dios, para complacer el deseo de su Hijo, que deseaba ser el más pobre de todos, no proveyó a María de leche sobrada, sino solamente de la necesaria para sustentar la vida del Hijo, por lo que canta la misma santa Iglesia: «Se alimentó con poca leche».

         Jesucristo continuo durante toda su vida tan pobre como en el nacimiento, y no solo pobre, sino también mendigo, dice San Pablo, por lo que añade Cornelio Alápide: «Es evidente que Cristo no solo fue pobre, si no también mendigo»  Nuestro Redentor, después de haber nacido tan pobre, se vio forzado a huir de su patria a Egipto.  San Buenaventura va en este viaje considerando y compadeciendo la pobreza de María –y de José, que viajaban como pobres, por un camino tan largo y con el santo Niño, que tanto hubo de padecer con su pobreza. « ¿Cómo-pregunta el santo-se arreglaban para comer?  ¿Dónde descansaban? ¿Dónde se hospedaban?» Pero ¿y de que se iban a alimentar sino de pan, de poco y duro pan? ¿Dónde iban a descansar de noche y en aquel desierto, sino al aire libre, por el suelo y bajo cualquier árbol? ¡Oh! Quien hubiese encontrado en aquel camino a estos tres excelsos peregrinos, ¿por quienes los hubiera tenido sino por tres pobres mendigos?  Llegan a Egipto, y es natural que por ser pobres y forasteros, sin parientes ni amigos, tuvo que aumentar sus sufrimientos la suma pobreza que hubieron de padecer durante los siete años que permanecieron allí.  Dice San Basilio que en Egipto apenas llegaban a sustentarse, procurándose el alimento con el trabajo de sus manos.  Landolfo de Sajonia añade que el Niño Jesús, forzado por el hambre, pediría a María un poco de pan, y esta tendría que despacharlo sin poder dárselo.

         Volvieron de Egipto a Palestina y vivieron en Nazaret, donde Jesús continúo su vida pobre: pobre de casa y pobre de moblaje, como añade San Cipriano.  En esta casa vivió como pobre, sustentando la vida con sudores y fatigas, como cualquier artesano e hijos suyos, pues como tal era llamado y considerado. 

         Salió luego el Redentor a predicar el Evangelio, y en estos sus tres postreros años de vida no vario de fortuna ni de estado, sino que vivió con mayor pobreza que antes, llegando hasta tener que vivir de limosna.  De ahí que se viera obligado a decir a cierto hombre que le deseaba seguir para vivir más cómodamente: Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo, nidos: más el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.  Que era tanto como decir: Hombre, si con seguirme esperas mejorar de condición, te equivocas, porque vine a la tierra a enseñar la pobreza, haciéndome más pobre que las zorras y las avecillas, que tienen sus madrigueras y nidos, al paso que en este mundo yo no tengo in un palmo de tierra propio en que pueda reclinar la cabeza, y tales quiero que sean también mis discípulos.  ¿Quieres, comenta Cornelio Alápide, quieres aumentar tus bienes viniendo en pos de mí? Te equivocas, porque yo, como maestro de perfección, soy pobre, y pobres deseo a mis discípulos.  San Jerónimo decía que el siervo de Cristo nada tiene ni desea más que a Cristo.

         Pobre, en suma, vivió Jesucristo, y pobre, finalmente, murió, hasta el punto que José de Arrímatea le tuvo que ceder el sepulcro y otros tuvieron que darle una sábana de limosna que le sirviese de mortaja.

II

         Considerando el cardenal Hugo la pobreza, los desprecios y penalidades a que se quiso someter nuestro Redentor, dice: Parece que Dios enloqueció por amor de los hombres, pues quiso abrazarse con tantas miserias para alcanzarles los tesoros de la gracia divina y de la gloria bienaventurada.  Y ¿Quién, prosigue el citado autor, sería capaz de creer, si Jesucristo no lo hubiese hecho, que, siendo dueño de todas las riquezas, quisiese hacerse su esclavo, siendo Rey del cielo; quisiese cargar con tantos desprecios, siendo feliz; quisiese sufrir tantas penalidades?

         Cierto que hay en la tierra caritativos príncipes que emplean gustosos sus riquezas en auxilio de los pobres; pero ¿dónde se habrá jamás encontrado un rey sino a Jesucristo, que para ayudar a los pobres se haya hecho pobre como ellos?  Cuéntase como prodigio de caridad el del rey San Eduardo, que, encontrándose en el camino a cierto pobre que no se podía mover y se hallaba abandonado de todos, cargo con el amorosamente sobre sus espaldas y lo llevo a la iglesia.  Sí; este fue gran acto de caridad, que admiro a los pueblos; pero San Eduardo, al hacer esto, no dejo de ser monarca, ni el pobre de ser pobre.  El Hijo de Dios, el Rey de los cielos y tierra para salvar a la oveja perdida, que era el hombre, no solo bajo del cielo a la tierra ni la cargo tan solo sobre sus espaldas, si no que se despojó de su majestad, de sus riquezas y de sus honores, y no solo se hizo pobre, sino el más pobre de todos.  Escondió, dice San Pedro Damiano, escondió la purpura, es decir, su divina majestad, bajo las apariencias de un pobre obrero.  El que da las riquezas, añade San Gregorio Nacianceno, quiso ser pobre, para procurarnos con sus merecimientos, no las riquezas terrenas, míseras y caducas, sino las divinas, inmensas y eternas, a fin de que con su ejemplo nos viéramos libres del afecto de los bienes mundanos, que nos ponen en grave peligro de perdernos para siempre.  De San Juan Francisco de Regis se cuenta que su ordinaria meditación era pobreza de Jesucristo. 

         Opina Alberto Magno que Jesucristo nació en un pesebre y al lado del camino, por dos motivos.  El primero, para darnos mejor a comprender que todos somos peregrinos en esta tierra, en la que estamos de paso.  “Huésped eres, miras y pasas”, dice San Agustín.  Y la verdad, quien se halla de paso en un lugar no coloca allí sus afectos, pensando que dentro de poco lo habrá de dejar.  ¡Ah!, si los hombres pensaran continuamente que en esta tierra están de paso a la eternidad, ¿Quién sería el que se apegase a estos bienes, con peligro de perder los eternos?  El otro motivo, dice Alberto Magno, fue para enseñarnos a despreciar al mundo, que carece de riquezas suficientes para contentar el corazón.  Ensena el mundo a sus secuaces que la felicidad consiste en la posesión de las riquezas, de los placeres y de los honores; pero este mundo engañador fue condenado por el Hijo de Dios hecho hombre: Ahora es el juicio del mundo.  Y esta condenación del mundo empezó, como dicen San Anselmo y San Bernardo, en el pesebre de Belén.  Quiso Jesús nacer en el tan pobre pero enriquecernos con su pobreza, a fin de que con su ejemplo divino arrancáramos del corazón al afecto a los bienes terrenos y lo colocásemos en la virtud y en el santo amor.  Enseño Jesucristo, dice Casiano, un camino, nuevo: amar la pobreza, que el mundo desprecia. 

         Por esto los santos, a ejemplo del Salvador, lo abandonaron todo para seguir pobres a Cristo pobre.  San Bernardo dice que la pobreza de Jesucristo es mucho más rica que todos los tesoros de este mundo.  La pobreza de Jesucristo nos trajo más bienes que cuantos encierran todos los tesoros mundanos, puesto que nos mueve a alcanzar las riquezas del cielo, menospreciando las terrenas.  De ahí que San Pablo dijese: Todas las cosas… las tengo por basuras, a fin de ganarme a Cristo.  El Apóstol miraba todas las cosas como basuras, en parangón con la gracia de Jesucristo.  San Benito, en la flor de su juventud, dejo las comodidades de la casa paterna y fue a vivir a una gruta, recibiendo de limosna un trozo de pan del monje Román, que de esta suerte lo alimentaba por caridad.  San Francisco de Borja abandono todas sus riquezas y fue a vivir como pobre a la compañía de Jesús.  San Antonio Abad vendió todo su rico patrimonio lo repartió a los pobres y se internó a vivir en el desierto.  San Francisco de Asís dio al padre cuanto tenia, aun la camisa, y vivió de limosna toda su vida.
         Quien quiera riquezas, decía San Felipe Neri, no se hará santo.  Sí, porque el amor divino no cabe en el corazón lleno de tierra.  “¿Traes el corazón vacío?”, se preguntaba como condición necesaria a los antiguos monjes cuando pedían ser admitidos en compañía de los demás.  Como si quisieran preguntar: ¿Viene tu corazón vacío de los afectos terrenos?  Si no es así, sábete que no podrá ser todo de Dios.  Ya el señor dijo: Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón.  El tesoro de cada uno es aquello que mas aprecia y estima.  Murió en cierta ocasión un rico que se condenó lo que público desde el pulpito San Antonio de Padua, y dijo, en prueba de ello, que fuesen a ver el lugar donde tenía el dinero, pues allí encontrarían su corazón.  Fueron, en efecto, y hallaron el corazón de aquel infeliz, aún caliente, en medio de su dinero.
         Dios no puede ser el tesoro del alma apegada a los bienes de la tierra, por lo que pedía David: Crea, Dios, para mí un corazón puro.  Purificad, Señor, mi corazón de los afectos terrenos para que yo pueda decir que solo vos sois roca de mi corazón y parcela mía por siempre.  Por lo tanto, quien desee verdaderamente santificarse, arroje del corazón cuanto no sea Dios.  ¿Para qué tesoros, bienes ni riquezas? ¿Para qué si no contentan el corazón y si los tenemos que dejar luego, luego? No atesoréis tesoros sobre la tierra, donde la polilla y el orín los hacen desaparecer; atesoraos más bien tesoros en el cielo. 

         ¡Ah!, y ¡cuán inmensos son los bienes que Dios prepara en el cielo a quienes le aman! ¡Que tesoro es la gracia de Dios y el amor divino para quienes le conocen! Riquezas y gloria me acompañan para repartir bienes a mis amigos.  Dios contiene en sí mismo las riquezas y el premio, como decía Isaías.  Dios solo es en el cielo todo el premio de los bienaventurados y El solo basta para contentarlos plenamente.  Pero, para amar mucho a Dios en el cielo, hay que amarle antes mucho en la tierra.  Con la medida del amor con que terminemos la jornada de la tierra seguiremos amando a Dios en la eternidad.  Si queremos estar seguros de no volvernos a separar de este bien supremo en la presente vida, estrechémosle siempre más con los lazos de amor, repitiendo con la Esposa de los Cantares: Encontré a quien ama mi alma.  Asílo y no lo suelto.  Y ¿Cómo estrecha la esposa a su amado? Con los brazos del amor, expone Guillermo, y san Ambrosio añade: “A Dios se le sujeta con los lazos del amor”  Dichoso, pues, quien pueda decir con San Paulino: “¡Quédense con sus riquezas y mi reino es Cristo!”  Y con San Ignacio ¡prefiera el amor y la gracia de Dios a todas las riquezas del mundo!” “No le da pena-dice San Leonel estar en la indigencia al que posee todas las cosas en Dios”.

         Recuramos siempre a la divina Madre y amémosla sobre todas las cosas después de Dios, pues que ella nos asegura como la hace hablar la santa Iglesia que enriquece de gracias a cuantos la aman.

Afectos y Súplicas

Amado Jesús mío, inflamadme en vuestro santo amor, ya que para eso bajasteis a la tierra.  Cierto que, habiendo tenido la desgracia de ofenderos, después de tantas luces y gracias especiales como me habéis hecho, no merecía abrasarte en aquellas dichosas llamas en que arden los santos, sino arder en las del infierno.  Pero, hallándome todavía fuera de aquella merecida cárcel, os oigo, que, vuelto hacia mí, a pesar de mi ingratitud, me decías: Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón. Gracias Dios mío por renovarme este suave precepto y ya que mandáis que os ame, sí, quiero obedeceros y quiero amaros con todo mi corazón.  Señor en lo pasado fui un desgraciado, un ciego al olvidarme del amor que me habéis profesado; pero ahora que de nuevo me ilumináis y me dais a conocer cuánto habéis hecho por mi amor, ahora que pienso que os hicisteis hombre por mí y que cargasteis con, mis miserias, ahora que os veo tiritar de frio sobre la paja gimiendo y llorando por mí, ¡oh divino Niño!, ¿Cómo podría vivir sin amaros?

         Perdóname, amor, mío cuantos disgustos os haya dado ¡Oh Dios! ¿Cómo es posible que, sabiendo por la fe cuanto padecisteis por mí, os haya disgustado tanto? Estas pajas que os punzan, este vil pesebre que os sirve de cuna, estos tiernos vagidos que dais, estas amorosas lágrimas que derramas, me hacen esperar firmemente el perdón y la gracia de amaros en lo que restare de vida.  Os amo, Verbo encarnado; os amo divino Niñito, y me consagro por completo a vos.  Por las penas que padecisteis en la gruta de Belén, recibid, Jesús mío, a este mísero pecador que quiere amaros.  Ayudadme, dadme la perseverancia; todo lo espero de vos, ¡Oh María, excelsa Madre de tan excelso Hijo, y la más amada de Él, rogadle por mí!