"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

lunes, 14 de noviembre de 2011

DE LOS PECADOS QUE SE HAN DE EVITAR SUS RAIZES Y CONSECUENCIAS

Así es como la vanagloria engendra desobediencia, jactancia, hipocresía, disputas, discordia, afán de novedades, pertinacia. La pereza espiritual conduce al disgusto de las cosas espirituales y del trabajo en la santificación, en razón del esfuerzo que exige y engendra la malicia, el rencor o amargura hacia el prójimo, la pusilanimidad ante el deber, el desaliento, la ceguera espiritual, el olvido de los preceptos, el buscar cosas prohibidas. Asimismo la envidia o desagrado voluntario del bien ajeno, como si fuese un mal para nosotros, engendra el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegría del mal ajeno y la tristeza por sus triunfos.
La gula y la sensualidad engendran a su vez otros vicios y pueden conducir a la ceguera espiritual, al endurecimiento del corazón, al apego de la vida presente hasta perder la esperanza de la eterna, y al amor de sí propio hasta el odio de Dios, y a la impenitencia final.
Los pecados capitales con frecuencia son mortales. Pueden existir de una manera muy vulgar y baja, como en muchas almas en pecado mortal, o bien pueden existir también, como lo nota San Juan de la Cruz, en un alma en estado de gracia como otras tantas desviaciones de la vida espiritual. Por eso se habla a veces de la soberbia espiritual, de la gula espiritual, de la sensualidad y de la pereza espiritual. La soberbia espiritual inclina, por ejemplo, a huir de aquellos que nos dirigen reproches, aun cuando tengan autoridad para ello y nos los dirijan justamente; también puede llevarnos a guardarles cierto rencor en nuestro corazón. Cuanto a la gula espiritual, podría hacernos desear consuelos sensibles en la piedad, hasta el punto de buscarnos en ella más a nosotros que al mismo Dios. Es, con el orgullo espiritual, el origen del falso misticismo. Felizmente, a diferencia de las virtudes, estos vicios no son conexos, es decir, se pueden poseer los unos sin los otros, y muchos son hasta contrarios: así, no es posible ser avaro y pródigo al mismo tiempo.
La enumeración de todos estos tristes frutos del desbordado amor de sí mismo debe llevarnos a hacer un serio examen de conciencia y nos enseña, además, que el terreno de la mortificación es muy extenso, si queremos vivir profunda vida cristiana.
El examen de conciencia, lejos de apartarnos del pensamiento de Dios, nos vuelve a Él. Y aún es preciso pedirle su luz para ver un poco el alma como Dios mismo la ve, para ver el día o la semana que han pasado, como si los viéramos escritos en el libro de la vida, como los veremos el día del último juicio. Por esto hemos de repasar cada noche, con humildad y contrición, las faltas cometidas de pensamiento, palabra, acción y omisión. En el examen se ha de evitar la minuciosa investigación de las más pequeñas faltas, tomadas en su materialidad, pues semejante esfuerzo podría hacernos caer en los escrúpulos y olvidar cosas más importantes. Se trata menos de hacer una completa enumeración de las faltas veniales que de investigar y acusar sinceramente el principio de donde generalmente proceden en nosotros.
El alma no debe detenerse demasiado en la consideración de si misma, dejando de mirar a Dios. Debe, por el contrario, preguntarse, dirigiendo su mirada a Dios: ¿cómo juzgará Dios este día o semana que ahora termina? ¿Ha sido mío o de Dios este día? ¿Lo he buscado a Él o me he buscado a mí? Así, sin turbación, el alma ha de juzgarse desde un plano elevado, a la luz de los divinos preceptos, tal como se juzgará en el último día. Pero como dice Santa Catalina de Siena, no separemos la consideración de nuestras faltas del pensamiento de la infinita misericordia. Miremos nuestra fragilidad y miseria a la luz de la infinita bondad de Dios que nos levanta. El examen, hecho de este modo, lejos de desalentarnos, aumentará nuestra confianza en Dios.
La vista de nuestros pecados nos hace así comprender, por contraste, el valor de la virtud. Lo que mejor nos hace comprender cuánto vale la justicia, es el dolor que la injusticia nos produce. Es preciso que la vista de la injusticia que cometimos y el pesar de haberla cometido hagan nacer en nosotros el
"hambre y sed de justicia". Es necesario que la fealdad de la sensualidad nos revele, por contraste, la hermosura de la pureza que el desorden de la ira y de la envidia nos haga comprender el alto valor de la mansedumbre y de la caridad; que las aberraciones de la soberbia nos ilustren acerca de la alta sabiduría de la humildad.
Pidamos a Dios que nos inspire un santo aborrecimiento del pecado que nos separa de la divina bondad, de la que tantos beneficios hemos recibido y hemos de esperar para lo venidero. Ese santo odio del pecado no es, en cierto modo, sino el reverso del amor de Dios. Es imposible amar profundamente la verdad sin detestar la mentira; amar de corazón el bien, y el soberano Bien que es Dios, sin que a la vez detestemos lo que nos separa de Dios.
La manera de evitar la soberbia es pensar con frecuencia en las humillaciones del Salvador y pedir a Dios la virtud de la humildad. Para reprimir la envida, hemos de rogar por el prójimo, deseándole el mismo bien que para nosotros deseamos. Aprendamos igualmente a reprimir los movimientos de ira, alejándonos de los objetos que la provocan, y obrando y hablando con dulzura. Esta mortificación es absolutamente indispensable. Pensemos que tenernos que salvar nuestra alma y que en nuestro derredor hay mucho bien que hacer, sobre todo en el orden espiritual. No echemos en olvido que debemos trabajar por el bien eterno de los demás y emplear, para conseguirlo, los medios que el Salvador nos enseñó: la muerte progresiva al pecado, mediante el progreso en las virtudes y sobre todo en el amor de Dios.

REGINALDO GARRIGOU-LAGRANGE, O.P. (Tomado de "Las tres edades de la vida interior")