"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"

¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Que, esta página sea, Para Mayor Gloria de Dios.

viernes, 31 de julio de 2009

MORTIFICACIÓN DE LA LENGUA POR SAN ANTONIO MA. CLARET


Gran cuidado has de poner en mortificar la lengua para que no se deslice en palabras vanas, inútiles, de propia alabanza o torpes, en maldiciones, blasfemias u otras cosas que pueden ser injuriosas a Dios. perjudiciales a ti mismo o al prójimo. El que no peca con la lengua- dice le Apóstol Santiago-, ya es hombre perfecto. Y, explicando estas palabras, Orígenes dice: Que del que tiene la feliz suerte de librarse de los pecados de la lengua, se puede afirmar de él que es verdaderamente perfecto, y se puede presumir que fácilmente dirigirá y gobernara sus afectos el que ha conseguido domar la lengua. Y, en efecto, la experiencia nos enseña que la lengua es la universidad de maldades, y que hasta las personas espirituales son cogidas por Satanás en los lazos de la lengua.

Por esto es indispensable poner un exquisito cuidado en gobernarla, y al efecto valerse del consejo que da San Bernardo, diciendo: Pasar dos veces por la lima lo que una sola vez ha de pronunciar la lengua. Dando a entender que antes que hables has de considerar con el entendimiento si lo que vas a decir es o no según la voluntad de Dios, si será de provecho o de daño al prójimo. Con esta reflexión evitaras muchas palabras de las que, después de dichas, te habría pesar. Habla, pues, poco, conforme al consejo de Séneca, que decía: Jamás me pesó de haber callado, pero sí de haber hablado. Y el Espíritu Santo asegura que hablando mucho no faltan pecados. Calla, pues, repito, y no hables si necesidad, caridad u obediencia, y al efecto puedes valerte de las advertencias siguientes:

1.ª Piensa que Dios apunta las palabras que dices, y que de todas te pedirá cuenta en el día del juicio, hasta de las ociosas, como nos lo dice su santo Evangelio.

2.ª Antes de hablar levanta el corazón a Dios, y pídele gracias para no sobrepasarte, diciendo con el Profeta: poned, Señor un sello a mi boca y a mis labios una puerta que los cierre de todos, para hablar con las debidas circunstancias.
3.ª Huye de aquellas conversaciones, personas y lugares en que sabes por experiencia que te deslizas en hablar, o se derrama tu espíritu.

4.ª No te chances, ni provoques a chanzas pesadas, ni uses de equívocos que puedan tomarse en mal sentido o que puedan apesadumbrar al prójimo.

5.ª Habla con sencillez e ingenuidad y sin ficción; pero jamás saques a plaza las faltas del prójimo, y aun cuando estas sean ya publicas y sabidas o sean defectos naturales, siempre será bueno que tomes el mejor partido, que es callar, porque a nadie le gusta que se publiquen sus defectos o se hable de ellos.

6.ª Aborrece las disputas o el sostenerte firme en tus trece; cuando hayas de manifestar tu parecer, hazlo con modestia y dulzura con deseo de que triunfe la verdad, y nunca para salir con la tuya ni por el prurito de que se cumplan tus antojos; muy al contrario: si la conciencia, lo permite, prefiere acomodarte al parecer de otros antes que porfiar, pues esto es de gran provecho espiritual, porque es cosa sabida que mejor es ser modesto que por fiado, ¡cuántos altercados, desuniones y pecados evitaras practicando estos consejos!

7.ª Nunca digas palabra que ceda en propia alabanza, ni cuentes lo que has dicho o hecho con el objeto de ser tenido por sabio, valiente o virtuoso; porque por lo mismo que no sienta bien la alabanza en boca propia, te harías despreciable. Para no faltar, pues en cosa de tanta importancia, acuérdate que Dios te ve, te oye y te ha de pedir cuenta de cuanto hables.

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