SEGUNDA NOVENA DE NAVIDAD
DISCURSO VIII
(23 de Diciembre)
EL VERBO ETERNO, DE RICO, SE HIZO POBRE
Excutere de pulvere, consurge, sede, Jerusalem.
Sacúdete el polvo, levántate, cautiva de Jerusalén.
¡Animo,
alma cristiana!, te dice el profeta; sacúdete el polvo de los afectos terrenos;
¡animo!, álzate del fango en que yaces miserablemente y siéntate; siéntate como
reina para dominar las pasiones que te asedian a fin de que no alcances la
gloria eterna y te exponen a peligro de eterna ruina.
Mas ¿Qué
tendrá que hacer el alma para llegar al feliz estado con que el profeta le
brinda? Considerar e imitar la vida de Jesucristo, quien, siendo tan rico que posee todas las riquezas del
cielo y de la tierra, se hizo pobre, despreciando
los bienes terrenos. Quien considera a Jesús
hecho pobre por amor, es imposible que no se mueva a despreciarlo todo por amor
de Jesús. Considerémoslo atentamente y
pidamos luces para ello a Jesús y a María.
I
Cuanto
hay en el cielo y en la tierra, todo es de Dios; el mismo Señor nos lo dice: Mío es el orbe y cuanto lo hinche. Y aun esto es poco; el cielo y la tierra
solo es una mínima parte de las riquezas de Dios. Dios es tan rico, que tiene infinitas
riquezas que no le pueden faltar, porque sus riquezas no dependen de otro, sino
que las posee en sí mismo, que es infinito bien. Por esto decía David: Tú eres mi Dueño: no hay bien
para mí fuera de ti. Así, pues, este
Dios, siendo rico, se hizo pobre al encarnarse, a fin de enriquecernos a
nosotros, pobres pecadores: Siendo rico,
se empobreció para que vosotros con su pobreza os enriquecieseis. ¡Como! ¿Un Dios llegando al extremo de
hacerse pobre? Y ¿Por qué? Vamos a
verlo. Los bienes de la tierra no pueden
ser sino tierra y fango, pero fango que de tal manera ciega a los hombres, que
ya no ven cuales sean los verdaderos bienes.
Antes de
la venida de Jesucristo estaba el mundo sumido en tinieblas, porque estaba
sumido en pecados: Toda carne había
corrompido su camino. Todos los
hombres habían viciado la ley y la razón, pues viviendo como brutos, no
pensaban sino en disfrutar de los bienes y placeres terrenos, sin cuidarse para
nada de los bienes eternos. Pero la
divina Misericordia dispuso que bajase el mismo Hijo de Dios a iluminar a estos
obcecados: El pueblo que caminaba en las
tinieblas vio una gran luz.
Jesús fue
llamado luz de las naciones: Luz para
iluminación de los gentiles. Y la luz en las tinieblas brilla. Ya anteriormente nos había prometido el Señor
trocarse en nuestro Maestro, y Maestro visible a nuestros ojos, para enseñarnos
el camino de la salvación, que es la práctica de las santas virtudes, y en
especial de la santa pobreza: Tus ojos a tu
maestro verán. Pero este Maestro
debía ensenarnos no solo con la voz, sino también, y principalmente, con el
ejemplo de su vida. Dice San Bernardo
que en el cielo no se daba la pobreza, que tan solo se podía encontrar en la
tierra, aun cuando el hombre desconociera su precio, y de ahí que no la
buscase. Por eso el hijo del hombre bajo
del cielo a la tierra y eligió la pobreza como compañera de toda su vida
haciéndola así, con su ejemplo, preciosa y deseable. Y he aquí a nuestro Redentor niño que ya
desde el comienzo de su vida se constituye maestro de pobreza en la gruta de Belén,
llamada precisamente por el mismo San Bernardo escuela de Cristo y por San Agustín cueva maestra.
Con tal
fin permitió Dios que se publicase el edicto del Cesar, para que el Hijo
naciera no solo pobre, sino el más pobre de todos los hombres, fuera de la casa
propia y en una gruta albergue de animales.
El resto de los pobres, como nacen en sus casas, tienen ciertas
comodidades de pañales, calor, asistencia de personas que, al menos por
compasión, les prestan sus socorros.
¿Quién nació nunca en un pesebre, por pobres que sus padres fuesen? En los pesebres apenas si nacen los
animales. San Lucas cuenta como aconteció
esto. Llegado el tiempo en que María
había de dar a luz, José anduvo buscándole alojamiento en Belén y, por más que
fue de casa en casa, no lo encontró, ni siquiera en las posadas: No había para ellos lugar en el mesón. Vióse, pues obligada María a albergarse, para
dar a luz, en aquella cueva, donde a pesar del gran concurso de gentes, no
había más que solos dos animales.
Cuando
naces los hijos de los príncipes, hallan habitaciones ricamente adornadas y
calientes, cunas de plata, finísimos paños y grandes del reino y damas para su
servicio; en cambio, al Rey del cielo, en vez de una habitación adornada y
caliente, tócale una gruta fría, llena de hierba; en vez de colchones de pluma,
un poco de paja dura e hiriente; en vez de finos pañales, toscos pañecillos,
húmedos y fríos. Al Creador de los ángeles,
dice San Pedro Damiáno, no leemos que se le envolviese en purpura, sino con los
más bastos pañalillos. Avergüéncese la
terrena soberbia al ver los resplandores de la humildad del Salvador. Por toda calefacción y compañía de magnates,
apenas le llega el hálito y compañía de dos animales; por toda cuna preciosa, cábele
un vil pesebre. ¡Como! Exclama San Gregorio Niseno, el Rey de los reyes, que
llena cielos y tierras. ¿No haya para nacer otro sitio que un pesebre de
bestias? Sí, porque este Rey de los reyes, quiso por amor nuestro ser pobre, y
el más pobre de todos. A lo menos, los
niños de los pobres tienen suficiente leche con que alimentarse, al paso que
también en esto quisto ser pobre Jesucristo, pues la leche de María era leche
milagrosa, facilitada no por la naturaleza, sino por el cielo, como dice la
santa Iglesia; y Dios, para complacer el
deseo de su Hijo, que deseaba ser el más pobre de todos, no proveyó a María de
leche sobrada, sino solamente de la necesaria para sustentar la vida del Hijo,
por lo que canta la misma santa Iglesia: «Se alimentó con poca leche».
Jesucristo
continuo durante toda su vida tan pobre como en el nacimiento, y no solo pobre,
sino también mendigo, dice San Pablo,
por lo que añade Cornelio Alápide: «Es evidente que Cristo no solo fue pobre,
si no también mendigo» Nuestro Redentor,
después de haber nacido tan pobre, se vio forzado a huir de su patria a
Egipto. San Buenaventura va en este
viaje considerando y compadeciendo la pobreza de María –y de José, que viajaban
como pobres, por un camino tan largo y con el santo Niño, que tanto hubo de
padecer con su pobreza. « ¿Cómo-pregunta el santo-se arreglaban para
comer? ¿Dónde descansaban? ¿Dónde se
hospedaban?» Pero ¿y de que se iban a alimentar sino de pan, de poco y duro
pan? ¿Dónde iban a descansar de noche y en aquel desierto, sino al aire libre,
por el suelo y bajo cualquier árbol? ¡Oh! Quien hubiese encontrado en aquel
camino a estos tres excelsos peregrinos, ¿por quienes los hubiera tenido sino
por tres pobres mendigos? Llegan a
Egipto, y es natural que por ser pobres y forasteros, sin parientes ni amigos,
tuvo que aumentar sus sufrimientos la suma pobreza que hubieron de padecer
durante los siete años que permanecieron allí.
Dice San Basilio que en Egipto apenas llegaban a sustentarse,
procurándose el alimento con el trabajo de sus manos. Landolfo de Sajonia añade que el Niño Jesús,
forzado por el hambre, pediría a María un poco de pan, y esta tendría que
despacharlo sin poder dárselo.
Volvieron
de Egipto a Palestina y vivieron en Nazaret, donde Jesús continúo su vida
pobre: pobre de casa y pobre de moblaje, como añade San Cipriano. En esta casa vivió como pobre, sustentando la
vida con sudores y fatigas, como cualquier artesano e hijos suyos, pues como
tal era llamado y considerado.
Salió
luego el Redentor a predicar el Evangelio, y en estos sus tres postreros años
de vida no vario de fortuna ni de estado, sino que vivió con mayor pobreza que
antes, llegando hasta tener que vivir de limosna. De ahí que se viera obligado a decir a cierto
hombre que le deseaba seguir para vivir más cómodamente: Las zorras tienen
madrigueras, y las aves del cielo, nidos: más el Hijo del hombre no tiene donde
reclinar la cabeza. Que era tanto
como decir: Hombre, si con seguirme esperas mejorar de condición, te equivocas,
porque vine a la tierra a enseñar la pobreza, haciéndome más pobre que las
zorras y las avecillas, que tienen sus madrigueras y nidos, al paso que en este
mundo yo no tengo in un palmo de tierra propio en que pueda reclinar la cabeza,
y tales quiero que sean también mis discípulos.
¿Quieres, comenta Cornelio Alápide, quieres aumentar tus bienes viniendo
en pos de mí? Te equivocas, porque yo, como maestro de perfección, soy pobre, y
pobres deseo a mis discípulos. San Jerónimo
decía que el siervo de Cristo nada tiene ni desea más que a Cristo.
Pobre,
en suma, vivió Jesucristo, y pobre, finalmente, murió, hasta el punto que José
de Arrímatea le tuvo que ceder el sepulcro y otros tuvieron que darle una sábana
de limosna que le sirviese de mortaja.
II
Considerando
el cardenal Hugo la pobreza, los desprecios y penalidades a que se quiso
someter nuestro Redentor, dice: Parece que Dios enloqueció por amor de los
hombres, pues quiso abrazarse con tantas miserias para alcanzarles los tesoros
de la gracia divina y de la gloria bienaventurada. Y ¿Quién, prosigue el citado autor, sería
capaz de creer, si Jesucristo no lo hubiese hecho, que, siendo dueño de todas
las riquezas, quisiese hacerse su esclavo, siendo Rey del cielo; quisiese
cargar con tantos desprecios, siendo feliz; quisiese sufrir tantas penalidades?
Cierto
que hay en la tierra caritativos príncipes que emplean gustosos sus riquezas en
auxilio de los pobres; pero ¿dónde se habrá jamás encontrado un rey sino a
Jesucristo, que para ayudar a los pobres se haya hecho pobre como ellos? Cuéntase como prodigio de caridad el del rey
San Eduardo, que, encontrándose en el camino a cierto pobre que no se podía
mover y se hallaba abandonado de todos, cargo con el amorosamente sobre sus
espaldas y lo llevo a la iglesia. Sí;
este fue gran acto de caridad, que admiro a los pueblos; pero San Eduardo, al
hacer esto, no dejo de ser monarca, ni el pobre de ser pobre. El Hijo de Dios, el Rey de los cielos y
tierra para salvar a la oveja perdida, que era el hombre, no solo bajo del
cielo a la tierra ni la cargo tan solo sobre sus espaldas, si no que se despojó
de su majestad, de sus riquezas y de sus honores, y no solo se hizo pobre, sino
el más pobre de todos. Escondió, dice
San Pedro Damiano, escondió la purpura, es decir, su divina majestad, bajo las apariencias
de un pobre obrero. El que da las
riquezas, añade San Gregorio Nacianceno, quiso ser pobre, para procurarnos con
sus merecimientos, no las riquezas terrenas, míseras y caducas, sino las
divinas, inmensas y eternas, a fin de que con su ejemplo nos viéramos libres
del afecto de los bienes mundanos, que nos ponen en grave peligro de perdernos
para siempre. De San Juan Francisco de
Regis se cuenta que su ordinaria meditación era pobreza de Jesucristo.
Opina
Alberto Magno que Jesucristo nació en un pesebre y al lado del camino, por dos
motivos. El primero, para darnos mejor a
comprender que todos somos peregrinos en esta tierra, en la que estamos de
paso. “Huésped eres, miras y pasas”,
dice San Agustín. Y la verdad, quien se
halla de paso en un lugar no coloca allí sus afectos, pensando que dentro de
poco lo habrá de dejar. ¡Ah!, si los
hombres pensaran continuamente que en esta tierra están de paso a la eternidad,
¿Quién sería el que se apegase a estos bienes, con peligro de perder los
eternos? El otro motivo, dice Alberto
Magno, fue para enseñarnos a despreciar al mundo, que carece de riquezas
suficientes para contentar el corazón.
Ensena el mundo a sus secuaces que la felicidad consiste en la posesión
de las riquezas, de los placeres y de los honores; pero este mundo engañador
fue condenado por el Hijo de Dios hecho hombre: Ahora es el juicio del mundo. Y
esta condenación del mundo empezó, como dicen San Anselmo y San Bernardo, en el
pesebre de Belén. Quiso Jesús nacer en
el tan pobre pero enriquecernos con su pobreza, a fin de que con su ejemplo
divino arrancáramos del corazón al afecto a los bienes terrenos y lo
colocásemos en la virtud y en el santo amor.
Enseño Jesucristo, dice Casiano, un camino, nuevo: amar la pobreza, que
el mundo desprecia.
Por esto
los santos, a ejemplo del Salvador, lo abandonaron todo para seguir pobres a
Cristo pobre. San Bernardo dice que la
pobreza de Jesucristo es mucho más rica que todos los tesoros de este
mundo. La pobreza de Jesucristo nos
trajo más bienes que cuantos encierran todos los tesoros mundanos, puesto que
nos mueve a alcanzar las riquezas del cielo, menospreciando las terrenas. De ahí que San Pablo dijese: Todas las cosas… las tengo por basuras, a
fin de ganarme a Cristo. El Apóstol
miraba todas las cosas como basuras, en parangón con la gracia de Jesucristo. San Benito, en la flor de su juventud, dejo
las comodidades de la casa paterna y fue a vivir a una gruta, recibiendo de
limosna un trozo de pan del monje Román, que de esta suerte lo alimentaba por
caridad. San Francisco de Borja abandono
todas sus riquezas y fue a vivir como pobre a la compañía de Jesús. San Antonio Abad vendió todo su rico
patrimonio lo repartió a los pobres y se internó a vivir en el desierto. San Francisco de Asís dio al padre cuanto
tenia, aun la camisa, y vivió de limosna toda su vida.
Quien
quiera riquezas, decía San Felipe Neri, no se hará santo. Sí, porque el amor divino no cabe en el corazón
lleno de tierra. “¿Traes el corazón vacío?”,
se preguntaba como condición necesaria a los antiguos monjes cuando pedían ser
admitidos en compañía de los demás. Como
si quisieran preguntar: ¿Viene tu corazón vacío de los afectos terrenos? Si no es así, sábete que no podrá ser todo de
Dios. Ya el señor dijo: Donde está tu tesoro, allí estará también tu
corazón. El tesoro de cada uno es
aquello que mas aprecia y estima. Murió
en cierta ocasión un rico que se condenó lo que público desde el pulpito San
Antonio de Padua, y dijo, en prueba de ello, que fuesen a ver el lugar donde tenía
el dinero, pues allí encontrarían su corazón.
Fueron, en efecto, y hallaron el corazón de aquel infeliz, aún caliente,
en medio de su dinero.
Dios no
puede ser el tesoro del alma apegada a los bienes de la tierra, por lo que pedía
David: Crea, Dios, para mí un corazón
puro. Purificad, Señor, mi corazón de
los afectos terrenos para que yo pueda decir que solo vos sois roca de mi corazón
y parcela mía por siempre. Por lo
tanto, quien desee verdaderamente santificarse, arroje del corazón cuanto no
sea Dios. ¿Para qué tesoros, bienes ni
riquezas? ¿Para qué si no contentan el corazón y si los tenemos que dejar
luego, luego? No atesoréis tesoros sobre
la tierra, donde la polilla y el orín los hacen desaparecer; atesoraos más bien
tesoros en el cielo.
¡Ah!, y ¡cuán
inmensos son los bienes que Dios prepara en el cielo a quienes le aman! ¡Que
tesoro es la gracia de Dios y el amor divino para quienes le conocen! Riquezas y gloria me acompañan para
repartir bienes a mis amigos. Dios
contiene en sí mismo las riquezas y el premio, como decía Isaías. Dios solo es en el cielo todo el premio de
los bienaventurados y El solo basta para contentarlos plenamente. Pero, para amar mucho a Dios en el cielo, hay
que amarle antes mucho en la tierra. Con
la medida del amor con que terminemos la jornada de la tierra seguiremos amando
a Dios en la eternidad. Si queremos
estar seguros de no volvernos a separar de este bien supremo en la presente
vida, estrechémosle siempre más con los lazos de amor, repitiendo con la Esposa
de los Cantares: Encontré a quien ama mi
alma. Asílo y no lo suelto. Y ¿Cómo estrecha la esposa a su amado? Con
los brazos del amor, expone Guillermo, y san Ambrosio añade: “A Dios se le
sujeta con los lazos del amor” Dichoso,
pues, quien pueda decir con San Paulino: “¡Quédense con sus riquezas y mi reino
es Cristo!” Y con San Ignacio ¡prefiera
el amor y la gracia de Dios a todas las riquezas del mundo!” “No le da
pena-dice San Leonel estar en la indigencia al que posee todas las cosas en
Dios”.
Recuramos
siempre a la divina Madre y amémosla sobre todas las cosas después de Dios,
pues que ella nos asegura como la hace hablar la santa Iglesia que enriquece de
gracias a cuantos la aman.
Afectos y Súplicas
Amado Jesús
mío, inflamadme en vuestro santo amor, ya que para eso bajasteis a la
tierra. Cierto que, habiendo tenido la
desgracia de ofenderos, después de tantas luces y gracias especiales como me
habéis hecho, no merecía abrasarte en aquellas dichosas llamas en que arden los
santos, sino arder en las del infierno.
Pero, hallándome todavía fuera de aquella merecida cárcel, os oigo, que,
vuelto hacia mí, a pesar de mi ingratitud, me decías: Amaras al Señor tu Dios
con todo tu corazón. Gracias Dios mío por renovarme este suave precepto y ya
que mandáis que os ame, sí, quiero obedeceros y quiero amaros con todo mi
corazón. Señor en lo pasado fui un
desgraciado, un ciego al olvidarme del amor que me habéis profesado; pero ahora
que de nuevo me ilumináis y me dais a conocer cuánto habéis hecho por mi amor,
ahora que pienso que os hicisteis hombre por mí y que cargasteis con, mis
miserias, ahora que os veo tiritar de frio sobre la paja gimiendo y llorando
por mí, ¡oh divino Niño!, ¿Cómo podría vivir sin amaros?
Perdóname,
amor, mío cuantos disgustos os haya dado ¡Oh Dios! ¿Cómo es posible que,
sabiendo por la fe cuanto padecisteis por mí, os haya disgustado tanto? Estas
pajas que os punzan, este vil pesebre que os sirve de cuna, estos tiernos
vagidos que dais, estas amorosas lágrimas que derramas, me hacen esperar
firmemente el perdón y la gracia de amaros en lo que restare de vida. Os amo, Verbo encarnado; os amo divino
Niñito, y me consagro por completo a vos.
Por las penas que padecisteis en la gruta de Belén, recibid, Jesús mío,
a este mísero pecador que quiere amaros.
Ayudadme, dadme la perseverancia; todo lo espero de vos, ¡Oh María,
excelsa Madre de tan excelso Hijo, y la más amada de Él, rogadle por mí!
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